La cumbre de la OTAN en Ankara no es diplomacia rutinaria; es la consolidación de Turquía como el socio más incómodo y a la vez más indispensable de la Alianza. Mientras las delegaciones de los 32 países debaten presupuestos militares y el desgaste en Ucrania, el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan opera bajo una doble realidad: proyectar liderazgo global hacia afuera, mientras ejecuta un silencioso estado de excepción hacia adentro.
Para que los líderes euroatlánticos se reúnan en paz, Ankara ha tenido que dejar de funcionar como una ciudad normal: la capital está sometida a restricciones excepcionales, cientos de detenciones y un amplio operativo destinado a impedir cualquier protesta que pueda empañar el encuentro
La preparación de la cumbre ha transformado Ankara en una ciudad prácticamente blindada. Más de 56.000 policías y gendarmes han sido desplegados para garantizar la seguridad de los jefes de Estado y de Gobierno de los 32 países de la OTAN, así como de representantes de Ucrania y varios Estados socios. Las principales avenidas permanecen fuertemente vigiladas, numerosas calles han sido cerradas al tráfico y se ha prohibido el acceso de vehículos pesados al centro urbano.
Las autoridades también han suspendido manifestaciones, concentraciones, festivales, conferencias de prensa y otros actos públicos durante los días de la cumbre. Incluso parte de la actividad administrativa ha quedado paralizada mediante permisos extraordinarios para miles de funcionarios, reduciendo al mínimo la circulación de personas en la capital.
Paralelamente, las operaciones policiales se han intensificado. En los días previos al encuentro, cientos de personas fueron detenidas tanto durante protestas como en redadas realizadas en distintos puntos del país. Entre los arrestados figuran activistas, abogados, periodistas, académicos y miembros de partidos de izquierda, investigados por presuntos delitos de “terrorismo” o pertenencia a organizaciones ilegales.
Diversas organizaciones sociales y sindicatos consideran que estas actuaciones buscan impedir cualquier movilización crítica con la OTAN o con el Gobierno durante la celebración de la cumbre. Desde algunos sectores también se ha denunciado que la capital vive una situación similar a un estado de excepción de facto debido a las limitaciones impuestas sobre la actividad pública.
Este blindaje incomodó al secretario general, Mark Rutte, quien recordó superficialmente que “la democracia implica manifestarse libremente”. Sin embargo, la queja no pasará de los micrófonos: para la OTAN, el valor geográfico de Turquía pesa más que sus derivas autoritarias.
Al tiempo que subrayó la importancia de que los medios de comunicación puedan acceder a los trabajos de la Alianza. De cara al evento, la OTAN rechazó las acreditaciones de prensa de diversos reporteros y medios de comunicación, principalmente medios turcos críticos con el gobierno de Erdogan. Ante esta situación, organizaciones globales de libertad de prensa —como el Instituto Internacional de Prensa (IPI)— emitieron reclamos formales exigiendo transparencia.
La Alianza Atlántica centraliza las credenciales, pero aclaró que para eventos organizados fuera de su sede en Bruselas se rige estrictamente por la “evaluación» y directrices del país anfitrión respecto a los periodistas locales. Sin embargo, el contexto político ha quedado prácticamente al margen de la agenda oficial de la cumbre. Para la mayoría de los aliados pesa más el valor estratégico de Turquía dentro de la OTAN que las controversias sobre derechos y libertades.
Y esa importancia estratégica explica buena parte del protagonismo que Ankara ha adquirido en los últimos años.
Desde su incorporación a la OTAN en 1952, Turquía ocupa una posición geográfica única entre Europa, Oriente Próximo y Asia. Controla el acceso al mar Negro mediante el Convenio de Montreux, dispone del segundo ejército más numeroso de la Alianza y se ha convertido en un actor esencial tanto para la seguridad energética como para la gestión de conflictos regionales y de los flujos migratorios hacia Europa.
La guerra en Ucrania ha reforzado todavía más ese papel. Turquía ha actuado como intermediario en distintas negociaciones, mantiene abiertos canales de diálogo con Moscú y Kiev y, al mismo tiempo, ha incrementado el peso de su industria de defensa, especialmente gracias a la producción de drones y otros sistemas militares que han adquirido notoriedad internacional.
Erdogan pretende aprovechar esta cumbre para consolidar esa imagen de socio indispensable. El Gobierno turco defiende que la futura arquitectura de seguridad europea debe seguir girando en torno a la OTAN y que aliados como Turquía, Reino Unido o Noruega deben desempeñar un papel central aunque no formen parte de la Unión Europea.
Otro de los pilares de esa estrategia pasa por el aumento del gasto militar. Turquía aspira a elevar progresivamente su inversión en defensa hasta acercarse al objetivo del 5 % del PIB fijado por la OTAN para la próxima década. Paralelamente, impulsa el crecimiento de una industria armamentística que ya cuenta con miles de empresas y que el Gobierno considera uno de los principales activos del país dentro de la organización.
No es casualidad que el Foro de la Industria de Defensa se incorpore por primera vez al programa oficial de la cumbre. Ankara quiere demostrar que el futuro de la OTAN no dependerá únicamente del número de soldados disponibles, sino también de la capacidad industrial, tecnológica y logística de sus miembros.
En ese contexto, la imagen que Turquía proyecte durante estos días adquiere un enorme valor político. El Gobierno busca transmitir eficacia organizativa, capacidad militar y liderazgo regional ante unos aliados que necesitan cada vez más cooperación para afrontar un entorno internacional marcado por la guerra en Ucrania, las tensiones en Oriente Próximo y la creciente rivalidad entre las grandes potencias.
Precisamente por ello, las estrictas medidas de seguridad y las detenciones previas han generado un intenso debate. Para el Ejecutivo turco, representan actuaciones necesarias para garantizar el normal desarrollo de una cita internacional de máxima relevancia. Para organizaciones de derechos humanos y parte de la oposición, evidencian el endurecimiento del control político interno coincidiendo con un evento que sitúa nuevamente a Turquía en el centro del escenario internacional. @mundiario
