Hay algo extraño en la velocidad con la que la historia de Marius Borg Høiby ha cambiado de escenario. Hace apenas unos días era el miembro más incómodo de la familia real noruega: condenado a cuatro años de prisión por delitos que incluyen dos violaciones y bajo arresto domiciliario con pulsera electrónica. Después apareció en el funeral de Harald V, rodeado de miembros de la familia real y sentado en un espacio reservado a los allegados. Y ahora llega el siguiente giro: el Tribunal de Apelación ha aceptado su recurso y habrá un nuevo juicio.
No significa que haya sido absuelto ni que la condena haya desaparecido. La apelación abre una nueva revisión judicial sobre las condenas recurridas, la pena y las indemnizaciones. Pero, desde el punto de vista de imagen, el momento no podría ser más significativo. Porque la monarquía noruega acaba de estrenar rey y necesita controlar cuidadosamente su relato. Y en ese relato Marius parece haber dejado de ser presentado únicamente como el hombre condenado que salpica a la familia real para recuperar otra etiqueta mucho más cómoda: el nieto, el hijo, el familiar que despide a su abuelo.
Primero, la familia; después, el tribunal
La operación, si realmente existe como estrategia de comunicación, no tendría por qué consistir en una conspiración ni en instrucciones secretas. Bastaría con algo mucho más sencillo: cambiar el encuadre.
Durante el funeral de Harald, Marius no fue presentado visualmente como un condenado. Fue presentado como un miembro de la familia. La propia cobertura de la jornada destacó su pertenencia al núcleo familiar, mientras la Casa Real defendía esa posición pese a que no tiene título, funciones oficiales ni lugar en la sucesión.
La imagen es poderosa. Frente a las cámaras aparecen Haakon, Mette-Marit, Ingrid Alexandra, Sverre Magnus y el resto de los familiares. Y entre ellos está Marius. El mensaje visual es mucho más sencillo que cualquier comunicado de Palacio: antes que cualquier etiqueta judicial, es familia.
El funeral perfecto para cambiar el relato
Harald V ofrecía además el escenario perfecto para esa transformación. El monarca era enormemente popular y su despedida reunió a reyes, príncipes, jefes de Estado y miles de ciudadanos. La ceremonia permitió proyectar una imagen de unidad, continuidad y emoción en torno a la nueva etapa de Haakon VIII.
En medio de semejante despliegue, Marius podía quedar convertido en una pieza secundaria de la historia: un nieto que acudía a despedir a su abuelo.
Y eso cambia radicalmente la conversación. Ya no se habla únicamente de la condena. Se habla de su infancia en el entorno de la Corona, de su relación con Harald, del vínculo con Mette-Marit y de la decisión de permitirle acudir al funeral pese a encontrarse bajo arresto domiciliario.
Es, en términos de comunicación, un terreno mucho más favorable para la familia real.
La Corona no puede borrar el problema, pero sí cambiar la fotografía
El gran problema de la familia real noruega es que Marius no es un miembro cualquiera. No tiene título ni obligaciones institucionales, pero es hijo de la actual reina consorte y creció dentro del entorno de la familia real desde el matrimonio de Mette-Marit con Haakon. Su situación genera precisamente una contradicción que resulta muy difícil de gestionar: la institución puede decir que no es un royal, pero tampoco puede fingir que es un desconocido.
De ahí que el funeral haya resultado tan revelador. La Corona no necesitaba convertirlo en príncipe. Tampoco podía hacerlo desaparecer de una despedida familiar de semejante importancia. La solución fue mucho más inteligente desde el punto de vista visual: colocarlo en el lugar de un familiar.
¿Lavado de imagen? La pregunta queda abierta
Hablar de una operación de lavado de imagen diseñada por la Corona sería ir demasiado lejos si no existen pruebas de que Palacio haya organizado deliberadamente una estrategia de este tipo.
Pero sí hay una secuencia que invita al análisis: autorización judicial para acudir al funeral, presencia junto a la familia, insistencia en su condición de familiar y, apenas un día después, aceptación de su recurso.
Durante unas horas dejó de ser el hombre condenado que cumple arresto domiciliario y volvió a ser el hijo de Mette-Marit y el nieto de corazón de Harald. Después, la noticia del nuevo juicio añadió una dosis de incertidumbre que permite reabrir completamente la conversación sobre su caso.
Puede ser una simple sucesión de acontecimientos. Puede ser una consecuencia natural de las circunstancias familiares y judiciales. O puede ser, al menos en parte, una manera muy hábil de ganar tiempo y recuperar humanidad para una figura que se había convertido en un problema reputacional para la Corona.
En comunicación institucional hay una regla sencilla: no siempre se puede elegir la noticia, pero sí se puede intentar decidir qué imagen queda en la retina. Y la última imagen de Marius Borg antes de que el nuevo juicio vuelva a ponerlo frente a los tribunales no fue la de un condenado.
Fue la de un miembro de la familia real despidiendo a su abuelo. Quizá sea casualidad.
Pero, para una monarquía que acaba de estrenar rey, la casualidad también tiene una puesta en escena bastante conveniente. @mundiario
