La ruptura diplomática anunciada este jueves por Argelia con Emiratos Árabes Unidos marca un nuevo escalón en la creciente fractura geopolítica del Magreb. El Ministerio de Exteriores argelino ha acusado a Abu Dabi de desarrollar un número creciente de “acciones provocadoras y hostiles” y ha asegurado que se habían agotado “todos los medios posibles para preservar las relaciones bilaterales”. Argel no ha identificado públicamente un episodio concreto como detonante, una ausencia que resulta significativa porque apunta a una acumulación de conflictos más que a una crisis puntual.
El embajador emiratí fue convocado y recibió la comunicación formal de la ruptura, con un plazo de 48 horas. Además, Argelia anunció el cierre de su espacio aéreo a las aeronaves civiles y militares registradas en Emiratos, aunque los vuelos comerciales entre ambos países quedarán temporalmente exceptuados hasta finales de 2026. El paso no es meramente simbólico: en febrero Argelia ya había iniciado el procedimiento para cancelar el acuerdo de servicios aéreos firmado con Emiratos en 2013.
La respuesta inicial de Abu Dabi ha sido mucho más contenida. El Ministerio de Exteriores emiratí expresó su esperanza de que la decisión argelina sea temporal y subrayó los vínculos existentes entre ambos pueblos. Anwar Gargash, asesor diplomático del presidente emiratí, escribió en X que las relaciones entre Estados necesitan “racionalidad, comunicación y claridad en los intereses”, en lugar de “enigmas y señales que es necesario descifrar”. Aunque no mencionó expresamente a Argelia, el mensaje llegó inmediatamente después del anuncio argelino.
Para entender qué ocurre hay que mirar hacia el oeste. Argelia y Marruecos mantienen una rivalidad estratégica que se remonta décadas atrás y que alcanzó una nueva fase con la ruptura de relaciones diplomáticas entre ambos países en 2021. El Sáhara Occidental constituye uno de los principales escenarios de esa confrontación.
Argelia respalda al Frente Polisario y defiende el derecho de los saharauis a la autodeterminación, mientras Emiratos apoya la posición marroquí sobre el territorio. Reuters confirmó que Abu Dabi mantiene una posición favorable a la soberanía reclamada por Rabat e incluso dispone de un consulado en el Sáhara Occidental.
Esta diferencia convierte la relación entre los Emiratos y Marruecos en un asunto particularmente sensible para Argel. Abu Dabi se ha consolidado como uno de los principales socios económicos y estratégicos de Rabat, al financiar y participar en los proyectos de infraestructura y conectividad que afectan directamente al territorio disputado. El puerto de Dajla, en la costa atlántica del Sáhara Occidental, se integra en la estrategia marroquí para transformar el extremo sur del país en una plataforma logística hacia África occidental
Desde la perspectiva argelina, por tanto, el problema no es únicamente que Emiratos tenga relaciones estrechas con Marruecos. Es que esas relaciones contribuyen a reforzar económica y diplomáticamente la posición marroquí en un conflicto que Argel considera ligado a su propia seguridad regional.
Marruecos, Israel y el nuevo mapa regional: “Donde EAU pone pie, corre la sangre”
El segundo elemento es Israel. Emiratos normalizó sus relaciones con Israel en 2020 mediante los Acuerdos de Abraham, mientras Marruecos siguió posteriormente el mismo camino. Argelia, por el contrario, mantiene una posición contraria a la normalización con Israel y una política exterior históricamente muy vinculada a la causa palestina.
La convergencia entre Emiratos, Marruecos e Israel ha generado así un nuevo entramado estratégico en el norte de África. Para Abu Dabi se trata de ampliar alianzas políticas, económicas y de seguridad. Para Argel, ese mismo proceso puede interpretarse como una modificación del equilibrio regional en su entorno inmediato.
De ahí que la cuestión del Sáhara no pueda separarse completamente de la normalización árabe-israelí. Son expedientes distintos, pero confluyen en una misma realidad: Emiratos y Marruecos han profundizado una asociación que Argelia observa como contrapeso a su influencia.
La disputa geoestratégica tiene como epicentro el Sahel y Libia. Mientras Argelia considera esta franja su zona de seguridad nacional directa, la sucesión de golpes de Estado en Malí y Níger debilitó gravemente las alianzas tradicionales de Argel. Este vacío fue aprovechado por EAU para expandir su influencia financiera y diplomática en la región. Además, la brecha bilateral se profundizó por el firme alineamiento de Abu Dabi con Marruecos —rival histórico de Argelia— mediante la apertura de un consulado en el Sáhara Occidental, sumado al rechazo frontal de Argel a la normalización de relaciones emiratíes con Israel bajo los Acuerdos de Abraham.
En este escenario de máxima tensión cobra pleno sentido la retórica punzante del presidente argelino, Abdelmadjid Tebboune. Tebboune, quien previamente se había referido a EAU como un «microestado» desestabilizador, sentenció en una entrevista televisada que «donde ellos ponen el pie, corre la sangre», exigiendo abiertamente que se mantuvieran alejados de su frontera. La contundente frase sintetiza la doctrina de seguridad de Argel: la expansión de EAU no es una legítima competencia económica, sino una interferencia política y militar directa que dinamita los equilibrios de poder en el norte de África.
También Libia forma parte del desacuerdo. Argelia ha mantenido tradicionalmente una política de apoyo a una solución política y al Gobierno reconocido internacionalmente, mientras Emiratos ha mantenido vínculos con actores del este libio. Las diferencias entre ambos países no son nuevas, pero se han incorporado a una disputa regional mucho más amplia.
La acusación de injerencia interna
El último componente es probablemente el más delicado: Argelia acusa a Emiratos de interferir en sus asuntos internos. Tebboune ya había señalado anteriormente, sin nombrarlo directamente, a un Estado del Golfo con el que Argel mantenía malas relaciones y al que acusaba de intentar desestabilizar el país. Al mismo tiempo, insistía en que sus relaciones con Arabia Saudí, Kuwait, Omán y Qatar eran buenas. Varios expertos citados por los medios internacionales interpretaron entonces aquella referencia como una alusión a Emiratos.
La ruptura actual supone que aquellas advertencias han dejado de ser indirectas. Argelia afirma que las conductas emiratíes han superado “los límites de lo admisible o tolerable” y que las advertencias previas no produjeron cambios.
Lo que ocurre, por tanto, no parece responder a una disputa bilateral convencional. Se cruzan la rivalidad argelino-marroquí, el futuro del Sáhara Occidental y la lucha por influencia y poder en África.
La ruptura formaliza una separación que llevaba meses avanzando. Ahora queda por determinar hasta dónde llegará el deterioro: si permanecerá limitado al terreno diplomático y aéreo o si terminará afectando de forma más profunda a los intercambios económicos y a los equilibrios regionales. Por el momento, Argel ha hecho irreversible, al menos sobre el papel, una crisis que durante años había preferido expresar mediante advertencias, gestos y mensajes indirectos. @mundiario
