El corolario de este posicionamiento era una oposición frontal a cualquier control armamentístico. Por eso, cuando el presidente inició la firma de acuerdos de desarme con el líder soviético Mijail Gorbachov, Codevilla empezó a desmarcarse de la Casa Blanca y del núcleo del Partido Republicano, hasta el punto de llegar a la convicción de que la política exterior estadounidense estaba ‘controlada’ por la ‘élite progresista’, conformada por los principales medios, la opinión dominante en las grandes universidades y en los ‘think-tank’ más relevantes. La conjunción de estas fuerzas, según Codevilla, acababa haciendo mella en las cúpulas del Gobierno y de los dos grandes partidos, sofocando la acción diplomática de Washington.
Este ataque incendiario hacia el establishment hizo de Codevilla un verso suelto en el debate político-intelectual conservador. Su inevitable aislamiento, pese a conservar su puesto docente en Stanforrd, Georgetown y por último en Boston, no le disuadió para ir paulatinamente trasladando su crítica hacia el plano interior. La culminación de tan original como arriesgado itinerario fue la publicación de ‘The ruling class: how they corrupted America and what we can do about it’, una obra –ampliación de un artículo previo publicado en ‘The National Review’– en el que desarrolla con brillantez el concepto, hoy muy extendido, de la cada vez mayor distancia entre gobernantes y gobernados. Para Codevilla, la línea divisoria ya no es el dinero, sino la identidad, ya sea ésta racial o sexual. «En la cima se sientan los que dominan el ‘canon social’ de juicios sobre el bien y el mal; el resto quedó descartados por ‘atrasados’ y ‘racistas’». El libro fue publicado en 2010, año en que el movimiento ‘Tea Party’ –visceralmente hostil a Barack Obama, pero también a los republicanos blandos– alcanzó su apogeo gracias, entre otros factores, al marco doctrinal estructurado por Codevilla. Pero no era más que el ensayo general de la revuelta de la América de clase media, blanca, heterosexual y cristiana, que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca. Como suele ocurrir a menudo, el diseñador intelectual quedó algo desconcertado por la práctica del poder de su pupilo. Pero nadie la quita el ser uno de los inspiradores de la mayor convulsión política y sociológica vivida por Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial.

