Por: Héctor E. Contreras.
La mayoría de la gente en el mundo, cuando llega a la edad entre los 10 y 12 años, en su mente se propone lo que desea ser cuando llegue a la edad mayor. En otras palabras, lo que ha de ser en el porvenir. Nuestro Señor Jesucristo, en sus propósitos de ser el que había de SER, nos dejó un mensaje contundente en cuanto a lo que hemos de ser, seguir o proponernos. Trazar una meta es algo fundamental en la vida humana y nos conduce a fijar, primeramente, lo que deseamos ser y luego, fijar nuestros ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe, Hebreos 12:2.
“Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús” y “Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos, ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo”, II-Pedro 1:2 y 8. La frase con que comienza esta carta armoniza con la de I-Pedro 1:2, que nos dice: “elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser saciados con la sangre de Jesucristo”. ¿Cuál es la frase o palabra? “Conocimiento”, es un término importante de esta carta en su sentido estricto. La palabra griega empleada en este pasaje es: “epignosis”, la cual indica conocimiento religioso o moral, según su uso en el NT. Las frecuentes referencias a tal palabra o idea, revelan un esfuerzo por cierta forma de gnosticismo, una filosofía religiosa esotérica, que es algo que está oculto a los sentidos y a la ciencia y solamente es perceptible o asequible por las personas iniciadas; también es incomprensible o difícil de entender. En otras palabras, para este tipo de personas, es la que hace énfasis en que el conocimiento era la vía para llegar a Dios. El mensaje de Pedro es que el verdadero conocimiento se halla en Dios por medio de Jesucristo su Hijo y su Palabra Santa, que es la Biblia.
Nuestro Dios, por medio de Pedro, en su segunda carta nos sigue diciendo: “Como todas las cosas que pertenecen a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia”, II-Pedro 1:3-4. La devoción hacia Jesucristo suple lo que necesitamos para alcanzar la piedad. Una ferviente devoción nace de la irrenunciable entrega a la Palabra de Dios, que es la única fuente del pensamiento cristiano. Cualquier otra fuente que se utilice, a la larga puede contaminar nuestra mente. Es entender y conocer que, la integridad del pensamiento es un resultado de descansar en Dios y su Palabra, convirtiéndolo entonces en nuestra guía para trazar nuestra línea a seguir.
El verso cuatro comienza con las palabras: “Por medio de las cuales”, se refiere a las mencionadas “gloria y excelencia” del verso 3. La vida encarnada de Cristo puso a disposición de la humanidad sus preciosas y grandísimas promesas. Es posible que estas promesas influyeran en la de su Segunda Venida y el establecimiento de un nuevo cielo y una nueva tierra, y la entrada al reino de Cristo, pero también recomendaban aceptar “en Cristo” “todas las promesas de Dios” y es lo que nos enseña el apóstol Pablo cuando escribió: “Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, que entre vosotros ha sido predicado por nosotros, por mí, Silvano y Timoteo, no ha sido Sí y No; mas ha sido Sí en él; porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios”, II-Corintios 1:19-20. El propósito de las promesas es que podamos compartir una profunda unión en el espíritu con Cristo y, por lo tanto, las bendiciones y beneficios de tal relación. Las promesas son también un incentivo para vivir sabiamente apartados para Dios, porque para ser partícipes de su plenitud ahora, así como de la gloria futura, debemos renunciar a la corrupción que hoy hay en todo el mundo. Cada hombre y mujer de este tiempo, debe estar unido a Cristo para poder trazar su línea a seguir, apoyado siempre en la Palabra de Dios.
“El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”, Juan 10:10.
Jesucristo trata de darnos a entender que, al darnos por entero a Dios, el mismo Dios se entrega totalmente a nosotros. Es el gran mensaje de la Biblia, inherente al “ser total” de Dios, a su propia persona, que es el concepto de un bienestar y prosperidad basados en la Biblia. La real posibilidad de salud para tu ser completo, que es cuerpo, mente, emociones, relaciones y que tus necesidades materiales sean atendidas. Por encima de todo, la prosperidad divina da frutos de vida eterna. Te invito a que reflexiones acerca de esto. ¿A qué otras cosas se puede aspirar? En su declaración Jesús dijo que venía para dar vida; no tan solo existencia ordinaria, sino vida en plenitud, abundancia y prosperidad. Jesucristo, mi amigo, es la línea trazada para alcanzar grandes metas, logros y propósitos en tu vida. El otro, Satanás, es todo lo contrario, viene solamente a rebatar, matar y destruir. La línea está claramente trazada. Por un lado está Dios ofreciendo bondad, vida y “mucho” más de lo que es necesario para la vida; y por el otro, el enemigo de tu alma, el cual viene para privarte de las bendiciones de Dios, a oprimir tu cuerpo por medio de la enfermedad, accidentes y a destruir todo aquello que amas y aprecias. El primer paso para que puedas experimentar la total prosperidad, es creer que ése es el mayor deseo de Dios para tí. El segundo paso, es someter tus propios deseos a los de Dios.
La Biblia dice: “Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible”, Mateo 17:19-20. Dios tiene una manera de llenar tu necesidad, de resolver tus problemas. Todo depende de cómo tu fe se convierte en una semilla. Cuando siembras una semilla, Dios cambia la naturaleza de esa semilla de modo que llegue a ser una planta hermosa y próspera. El poder de la vida surge en esa tierna y joven planta, de tal manera que aun una gruesa capa de tierra no puede impedir que brote y crezca. Jesus dice que nuestra fe en Dios es como una semilla. Cuando ponemos nuestra fe en acción, esto es, cuando la depositamos en Dios por medio de Jesucristo, toma una naturaleza totalmente nueva; se convierte en un milagro en potencia. ¿Cuál es el monte que debes remover en tu vida, en tu corazón? ¿La soledad, la pérdida de un trabajo, la enfermedad, una relación rota, dificultades en tu hogar? ¿Alguna otra cosa?
¡Levántate! ¡Sal de ese hueco que te agobia! ¡Jesús te muestra el camino, la línea para que lo logres! Primero, Dios te dice que posees una medida de fe:
“Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno”, Romanos 12:3.
Esta fe está dentro de tí. En segundo lugar, Dios dice que esta fe cobra vida por “el oír la palabra de Dios”. “Así que la fe es por el oír la palabra de Dios”, Romanos 10:17. Y en tercer lugar, Dios dice que puedes poner en acción tu fe para lograr que tus necesidades sean resueltas. ¿Cómo? Te preguntas; simple, es algo que debes hacer como un acto de fe. Siembras la pequeñísima semilla de mostaza de tu fe en una acción como la señalada en Mateo 17:20 que antes fue citada y entonces, cuando tu fe ya ha sido sembrada y está creciendo, háblale a tu monte y observa cómo Dios actúa en tu vida.
“Y Amasías dijo al varón de Dios: ¿Qué, pues, se hará de los cien talentos que he dado al ejército de Israel? Y el varón de Dios respondió: Jehová puede darte mucho más que esto. Entonces Amasías apartó el ejército de la gente que había venido a él en Efraín, para que se fuesen a sus casas; y ellos se enojaron grandemente contra Judá, y volvieron a sus casas encolerizados”, II-Crónicas 25:9-10. Amasías hizo un acuerdo económico con soldados israelíes, ofreciéndoles una paga por pelear para él. Pero antes de entrar en batalla, Amasías los envió de regreso con el dinero, debido a la advertencia del profeta. A pesar de que le costó caro, sabiamente se dio cuenta de que el dinero no valía la ruina que podía originar la alianza. ¿Qué hubieras hecho tú? El dinero nunca debe ser un obstáculo para tomar decisiones correctas. La bendición de Dios no tiene precio, vale mucho más que cualquier cantidad de dinero que pueda causarte un mal mucho mayor de lo que piensas alcanzar.
Dios tiene recursos ilimitados y lo bueno es que los pone a tu disposición. En la economía humana, la ley de la oferta y la demanda regula el precio a pagar por los bienes y servicios.
En momentos de exceso de suministros, los precios bajan; en tiempos de carestía, los precios suben. La economía humana es fluctuante. Sin embargo, la economía divina no tiene variación alguna. Dios siempre suple de acuerdo a nuestras necesidades. Nunca podremos superar la generosidad de Dios. ¡No importa lo que le demos, nos multiplicará siempre! Existe una línea, una meta, un propósito a seguir; esta es Jesucristo el Señor, quien nos dice con sus propias palabras que Él es el Camino.
Que la gracia de Dios Padre, del Hijo y del Espíritu Santo esté en cada vida




