La conmemoración del 25º aniversario del 11-S dejó una imagen cargada de simbolismo. Mientras Estados Unidos recordaba a las casi 3.000 víctimas de los atentados de 2001, Donald Trump utilizó su intervención en el Pentágono para justificar el conflicto con Irán que comenzó hace más de seis meses. El presidente no acudió a la ceremonia de la Zona Cero de Nueva York, rompiendo con el patrón seguido por sus predecesores en aniversarios especialmente señalados.
Trump centró buena parte de sus palabras en las víctimas del ataque contra el Pentágono y en quienes sobrevivieron a aquella mañana que cambió la historia estadounidense. En ese recinto murieron 184 personas después de que el vuelo 77 de United Airlines impactara contra el edificio: 59 viajaban a bordo y otras 125 trabajaban allí.
Sin embargo, el momento políticamente más significativo llegó cuando el presidente trasladó el recuerdo del terrorismo de hace un cuarto de siglo al escenario bélico actual. Trump defendió que Estados Unidos debe impedir que Irán consiga desarrollar un arma nuclear y presentó la guerra como una continuación de aquella lucha contra el terrorismo iniciada tras los atentados.
La comparación resulta especialmente relevante porque conecta dos etapas muy diferentes de la política exterior estadounidense: la respuesta militar posterior al 11-S y la estrategia actual de la Casa Blanca frente a Teherán.
Una contradicción que vuelve al centro del debate
La defensa de la guerra adquiere mayor peso por el historial político del propio Trump. Durante su campaña, el republicano convirtió las llamadas “guerras eternas” de Irak y Afganistán en uno de los principales ejemplos de lo que Estados Unidos debía dejar atrás.
Aquellas intervenciones se prolongaron durante años, provocaron enormes pérdidas humanas y tuvieron un coste económico estimado en 8 billones de dólares, según el proyecto Costs of War de la Universidad Brown.
Ahora, Trump sostiene que Estados Unidos no tiene otra alternativa que continuar combatiendo y que la victoria es el único desenlace posible. El cambio de discurso abre una cuestión de fondo: hasta qué punto la actual Administración está reproduciendo precisamente la lógica militar que el presidente prometió superar.
Un conflicto que ya amenaza al comercio mundial
La guerra tampoco se limita al enfrentamiento entre Washington y Teherán. El escenario regional se ha complicado con la tensión en el estrecho de Ormuz y la actividad de las milicias hutíes en Yemen, aliadas de Irán.
La posible pérdida de control sobre Bab el Mandeb añade presión a las rutas marítimas que conectan el océano Índico con el Mediterráneo a través del mar Rojo. Una escalada en ambos puntos estratégicos podría tener consecuencias que vayan mucho más allá de Oriente Próximo, afectando al transporte internacional y a las cadenas de suministro.
En ese contexto, el discurso de Trump durante el aniversario del 11-S adquiere una dimensión que trasciende el homenaje. El presidente aprovechó una fecha asociada a la mayor transformación de la política exterior estadounidense del siglo XXI para presentar su guerra como una cuestión de seguridad nacional.
El recuerdo de las víctimas quedó así acompañado por una pregunta inevitable: si Estados Unidos aprendió algo de las guerras posteriores al 11-S, ¿por qué vuelve a apostar ahora por la misma herramienta? @mundiario

