Hace exactamente 20 años, España descubrió en Saitama que podía ser campeona del mundo. El 3 de septiembre de 2006, la selección de Pepu Hernández derrotó a Grecia por 70-47 y conquistó el primer Mundial de su historia. No fue únicamente el mayor título conseguido hasta entonces por el baloncesto español. Aquel partido cambió definitivamente la dimensión de una generación que llevaba años avisando de que podía competir con cualquiera.
España llegó a Japón con muchísimo talento, pero todavía sin ese gran oro que separa a los buenos equipos de las selecciones históricas. El torneo terminó despejando cualquier duda. Nueve partidos y nueve victorias, desde el estreno ante Nueva Zelanda hasta una final que apenas tuvo suspense. Alemania, Serbia y Montenegro, Lituania o Argentina fueron cayendo por el camino hasta completar un Mundial perfecto.
La semifinal contra Argentina fue probablemente el momento más delicado. España ganó 75-74 ante la vigente campeona olímpica, pero perdió a Pau Gasol después de que el pívot sufriese una fractura parcial del quinto metatarsiano del pie izquierdo. El mejor jugador del equipo no podría disputar la final. A menos de 48 horas de enfrentarse a Grecia, el golpe parecía capaz de cambiar completamente el campeonato.
Ocurrió justamente lo contrario. España jugó probablemente su partido más completo cuando más necesitaba demostrar que era mucho más que Pau Gasol. Grecia llegaba de eliminar por 101-95 a Estados Unidos, pero nunca encontró la forma de entrar realmente en la final. La selección española terminó el primer cuarto 18-12 y alcanzó el descanso con un 43-23 que prácticamente había decidido el título.
Jorge Garbajosa y Juan Carlos Navarro terminaron con 20 puntos cada uno, Felipe Reyes aportó diez y Carlos Jiménez dominó el rebote con once capturas. Garbajosa convirtió seis triples y Navarro otros cuatro. Marc Gasol, con apenas 21 años, respondió desde el banquillo con siete rebotes y una defensa fundamental para contener el juego interior griego. El 70-47 final explicó mejor que cualquier discurso la superioridad española aquella mañana.
Pau contempló todo desde el banquillo. Había sido el gran referente durante el campeonato con 21,3 puntos y 9,4 rebotes de media, cifras que le permitieron ser elegido MVP pese a no disputar la final. Su ausencia terminó reforzando precisamente una de las características que acabarían definiendo a aquella generación: España tenía una superestrella, pero también tenía un equipo extraordinariamente profundo alrededor de ella.
Los nombres explican lo que vendría después. Pau y Marc Gasol, Navarro, Calderón, Garbajosa, Felipe Reyes, Rudy Fernández, Sergio Rodríguez, Carlos Jiménez, Álex Mumbrú, Berni Rodríguez y Carlos Cabezas formaron un grupo cuya influencia se prolongó durante más de una década. Algunos fueron desapareciendo y otros llegaron después, pero Saitama estableció el estándar competitivo de la selección española.
Los resultados posteriores permiten entender la verdadera dimensión de aquel oro. España conquistó después los EuroBasket de 2009, 2011, 2015 y 2022, volvió a ser campeona del mundo en 2019 y consiguió las platas olímpicas de Pekín 2008 y Londres 2012, además del bronce de Río 2016. FIBA sitúa precisamente el Mundial de Japón como el comienzo de esa etapa de dominio.
Veinte años después, Saitama sigue siendo el punto de partida. España ya había producido grandes jugadores y había conseguido medallas antes de 2006, pero aquella selección fue la primera que derribó la última barrera. Ganó un Mundial invicta, perdió a su mejor jugador antes de la final y respondió arrasando al rival que acababa de eliminar a Estados Unidos. Desde aquel 3 de septiembre, el baloncesto español dejó de aspirar a estar entre los mejores: empezó a acostumbrarse a ganar. @mundiario
