Trump advierte de que “toda una civilización morirá” si Irán no acepta un acuerdo

La guerra en Oriente Próximo ha entrado en una fase de máxima tensión tras las declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien lanzó una advertencia sin precedentes a Irán en la antesala del vencimiento de su ultimátum. “Una civilización entera va a morir esta noche”, afirmó, en un mensaje que sintetiza el endurecimiento del discurso estadounidense en paralelo a la intensificación de los bombardeos junto a Israel.

El mensaje no se limitó a una amenaza directa. Trump añadió: “No quiero que ocurra, pero probablemente pase así”, antes de abrir la puerta a un eventual cambio de escenario: “Ahora que tenemos total y completo cambio de régimen, en el que mentes distintas, más inteligentes, y menos radicalizadas se imponen, puede que algo revolucionariamente maravilloso pueda pasar, ¿QUIÉN SABE?”.

La combinación de advertencia extrema y ambigüedad estratégica refleja una dinámica ya conocida en esta crisis: presión máxima acompañada de margen para la negociación.

Mientras el tono político escalaba, la realidad sobre el terreno mostraba una intensificación de los ataques. Estados Unidos e Israel han centrado parte de sus operaciones en infraestructuras críticas dentro de Irán: puentes, líneas ferroviarias, carreteras estratégicas y sistemas eléctricos. Informes locales apuntan a impactos en ciudades como Kashan, Karaj o en rutas clave que conectan grandes núcleos urbanos como Tabriz y Teherán.

Además, cortes eléctricos y suspensión de servicios ferroviarios reflejan el impacto directo sobre la red civil. El ejército israelí confirmó haber completado una amplia oleada de ataques contra “infraestructuras”, sin detallar objetivos concretos. Paralelamente, las advertencias en farsi difundidas por Israel instaban a la población a evitar el uso de trenes: “Su presencia pone en riesgo su vida”.

Este tipo de operaciones sugiere una estrategia orientada no solo a debilitar capacidades militares, sino también a erosionar la logística interna del país, afectando movilidad, suministro y comunicaciones.

La isla de Jark: el centro del pulso energético

Uno de los focos clave de la ofensiva ha sido la Isla de Jark, infraestructura crítica para la economía iraní. Por este enclave transita aproximadamente el 90% de las exportaciones de crudo del país, lo que la convierte en un objetivo estratégico de primer orden.

Los bombardeos sobre Jark —los segundos desde el inicio del conflicto— han afectado instalaciones militares, aunque no directamente las petroleras. Esta distinción es relevante: atacar la capacidad exportadora total podría suponer un colapso económico inmediato, mientras que limitarse a objetivos militares mantiene cierto margen para la presión sin cerrar completamente la vía de negociación.

Medios estadounidenses como Axios apuntan a que Washington ha considerado incluso la posibilidad de ocupar la isla como palanca para forzar a Teherán a reabrir el Estrecho de Ormuz, punto clave por el que circula una parte sustancial del petróleo mundial.

El ultimátum gira precisamente en torno a Ormuz. Trump ha condicionado la evolución del conflicto a la reapertura total de este paso marítimo, advirtiendo de consecuencias de gran escala en caso contrario. “Tenemos un plan (…) en el que todos los puentes de Irán quedarán diezmados a las 12 de la noche de mañana, en el que todas las centrales eléctricas de Irán estarán fuera de servicio, ardiendo, explotando y no volverán a utilizarse nunca más”.

Estas declaraciones apuntan a una estrategia de disuasión basada en la amenaza de paralizar completamente la infraestructura civil del país, elevando el coste potencial de la resistencia iraní.

La respuesta iraní: energía y represalias regionales

Desde Teherán, la Guardia Revolucionaria de Irán ha respondido con advertencias igualmente contundentes. “Si el Ejército terrorista estadounidense cruza las líneas rojas, la respuesta irá más allá de la región”, señaló en un comunicado, añadiendo: “Actuaremos contra la infraestructura de Estados Unidos y sus socios para privar a Estados Unidos y sus aliados del petróleo y el gas de la región durante años”.

El mensaje introduce un elemento clave: la posibilidad de una guerra energética prolongada que afecte no solo a Irán, sino a toda la región del Golfo. Ataques a instalaciones en Arabia Saudí y acciones contra buques en la zona refuerzan esta dimensión, ampliando el conflicto más allá de los frentes directos.

La escalada actual combina tres niveles simultáneos: retórica extrema, ataques selectivos a infraestructuras y una batalla por el control de rutas energéticas globales. La amenaza de destrucción total convive con decisiones tácticas que evitan —por ahora— el colapso absoluto de la economía iraní, como demuestra el tratamiento diferenciado de objetivos en Jark. @mundiario