La crisis entre Estados Unidos e Irán ha entrado en una fase crítica tras expirar oficialmente el plazo este 17 de agosto de 2026. El Memorando de Entendimiento de Islamabad, firmado el 17 de junio por los presidentes Donald Trump y Masoud Pezeshkian con la mediación de Pakistán y Qatar, abrió una ventana de 60 días para intentar transformar el frágil alto el fuego de la guerra iniciada en febrero de 2026 en una paz permanente. Sin embargo, el periodo ha concluido en un absoluto estancamiento diplomático.
Mientras Washington acusa a Teherán de utilizar la tregua para rearmar a sus aliados y reconstruir infraestructura militar daña por los bombardeos, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores iraní, Esmaeil Baghaei, afirmó que el plazo de 60 días «carece de relevancia». Teherán sostiene que las negociaciones nucleares ni siquiera llegaron a iniciarse de manera formal debido a las continuas violaciones del acuerdo por parte de EE UU, que mantuvo el bloqueo naval y no liberó los 24.000 millones de dólares en fondos congelados que se habían prometido.
La tensión se concentra ahora en el estrecho de Ormuz. Irán exige la soberanía total sobre el tránsito del canal, lo que provocó que Donald Trump amenazara con declarar la crucial vía marítima comercial como «territorio estadounidense» y advirtiera con bombardear Omán si interfiere en las rutas de navegación. Con los precios del petróleo de Texas y Brent bajo presión, ambos países han dado por enterrado el memorando sin activar extensiones, dejando la región a las puertas de una reanudación inminente de las hostilidades a gran escala.
Y el problema es que Ormuz no es un asunto secundario. Por sus aguas circulaba antes de la guerra aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado comercializados internacionalmente. Su reapertura, por tanto, se ha convertido en una pieza central de la negociación y en una herramienta de presión que Irán intenta utilizar para mejorar su posición frente a Estados Unidos.
Teherán sostiene ahora que ha alcanzado un entendimiento con Omán sobre las rutas que deberán utilizar los barcos para atravesar el estrecho y que ambas partes trabajan en una declaración conjunta. El anuncio puede parecer técnico, pero tiene una evidente dimensión estratégica: Irán intenta demostrar que existe una alternativa negociada para gestionar Ormuz sin aceptar necesariamente las condiciones planteadas por Washington.
Irán cambia el tono y amenaza con volver a la ofensiva
El mensaje iraní es cada vez más contundente. Un alto funcionario iraní citado por Reuters ha advertido de que, si la diplomacia fracasa, las fuerzas iraníes pasarán a una posición «plenamente ofensiva». La advertencia incluye específicamente el estrecho de Ormuz. Teherán afirma que está dispuesto a adoptar decisiones difíciles y que podría ejecutar una respuesta militar “oportuna y precisa” para romper el bloqueo naval estadounidense si no se cumplen las condiciones que considera esenciales para continuar negociando.
La amenaza no significa necesariamente que Irán haya decidido abandonar definitivamente la vía diplomática. Más bien revela la lógica con la que Teherán parece afrontar esta nueva fase: negociar desde una posición de fuerza y elevar el coste de cualquier ruptura de las conversaciones.
El Gobierno iraní reclama que Estados Unidos cumpla íntegramente las disposiciones del memorando de junio como condición previa para continuar avanzando hacia un acuerdo definitivo. Washington, en cambio, considera que aquel entendimiento no puede interpretarse como una autorización permanente para que Teherán controle las condiciones de navegación en Ormuz.
Irán comparte el control geográfico de Ormuz con Omán y considera que el punto quinto del memorando de junio le permite participar decisivamente en la gestión del tránsito. Estados Unidos rechaza esa interpretación. La disputa terminó contribuyendo al deterioro de la tregua. Según la versión iraní, algunos buques intentaron atravesar el estrecho por rutas no autorizadas y Teherán reaccionó contra ellos. Trump declaró posteriormente que el acuerdo había terminado.
El supuesto acuerdo con Omán sobre un mapa de rutas de navegación puede proporcionar a Teherán un elemento adicional de negociación. Si ambos países consiguen establecer un mecanismo operativo para el tránsito, Irán podría presentar la reapertura del estrecho como una cuestión que puede resolverse mediante un acuerdo regional, sin necesidad de aceptar un marco impuesto por Washington.
El presidente estadounidense ha rechazado públicamente la posibilidad de ampliar el memorando de junio. Su posición continúa siendo que Irán quiere llegar a algún tipo de acuerdo, pero no está dispuesto a aceptar las condiciones que Washington considera necesarias. La expiración formal del plazo, sin embargo, no significa que las negociaciones hayan desaparecido automáticamente. El propio memorando contemplaba mecanismos para prolongar el periodo si ambas partes así lo decidían. El problema es que actualmente no existe voluntad política suficiente para activar esa posibilidad.
Trump se encuentra así ante una situación complicada: la tregua ha evitado por ahora una reanudación generalizada de las hostilidades, pero tampoco ha producido el acuerdo definitivo que pretendía conseguir.
El petróleo Brent, que llegó a superar los 126 dólares por barril durante el conflicto, se situaba el lunes alrededor de los 91 dólares. En Estados Unidos, el precio medio de la gasolina ha superado los cuatro dólares por galón, frente a menos de tres dólares antes de la guerra.
La Casa Blanca tiene, por tanto, un incentivo evidente para conseguir una solución sobre Ormuz. Pero cualquier concesión a Irán puede ser interpretada como una pérdida de capacidad de presión después de una guerra que Washington inició junto con Israel el 28 de febrero.
El canal con la Guardia Revolucionaria revela otro problema
La dificultad de las negociaciones no reside únicamente en las diferencias entre Washington y Teherán, sino también en una cuestión fundamental: quién tiene realmente la capacidad para garantizar el cumplimiento de un acuerdo iraní. Al respecto, informaciones de medios estadounidenses han señalado la existencia de contactos indirectos entre la Administración Trump y sectores relacionados con la Guardia Revolucionaria Islámica, una organización que ha adquirido un mayor peso durante el conflicto.
Este problema es especialmente relevante porque Estados Unidos necesita asegurarse de que cualquier compromiso alcanzado por los negociadores iraníes sea respetado por las estructuras militares que tienen capacidad efectiva para actuar en el estrecho de Ormuz. El propio Jared Kushner, enviado especial de Trump, ha reconocido que las conversaciones entre Estados Unidos y diferentes sectores del Gobierno iraní son actualmente particularmente intensas.
En este contexto, la posición de Omán es especialmente delicada, ya que Mascate ha desempeñado tradicionalmente un papel de intermediario entre Washington y Teherán. Actualmente, el país intenta negociar de manera directa con Irán un mecanismo para ordenar el tránsito por el estrecho de Ormuz; al respecto, el anuncio iraní de que ya existe un entendimiento sobre el mapa de rutas supone un avance significativo, aunque todavía no equivale a un acuerdo definitivo, dado que Teherán asegura que queda por completar el denominado «paquete», el cual incluye el mapa de navegación y una declaración conjunta.
Mientras tanto, Washington exige garantías de que el estrecho quede abierto bajo unas condiciones aceptables para Estados Unidos; sin embargo, Trump ha reaccionado con una dureza extraordinaria hacia Omán, llegando a amenazar con bombardear el país si considera que este se interpone en sus objetivos. Esta amenaza introduce una dificultad añadida, dado que Omán es precisamente una de las naciones que puede contribuir a construir una salida diplomática, y convertir a Mascate en parte del conflicto podría clausurar uno de los pocos canales de comunicación indirecta que todavía permanecen abiertos.
Teherán llega a esta fase tras meses de severas dificultades económicas, marcadas por una inflación elevada, la depreciación de la moneda, escasez energética, sanciones internacionales y los daños en infraestructuras y producción provocados por la guerra. De hecho, tres funcionarios iraníes citados por Reuters han expresado su preocupación ante el riesgo de que nuevas sanciones profundicen estas complicaciones financieras, alimenten nuevamente el malestar social y deterioren todavía más la legitimidad del régimen. @mundiario
