La visita del ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, a Pekín marca un punto de inflexión en la guerra que estalló tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán. Aunque China había mantenido hasta ahora una posición prudente, basada en declaraciones diplomáticas y respaldo indirecto a las conversaciones impulsadas por Pakistán, el deterioro de la situación en el estrecho de Ormuz y el impacto global de la crisis energética han empujado a Pekín a involucrarse de forma mucho más visible.
El viaje de Araghchi a China no ocurre en un momento cualquiera. Llega apenas unos días antes de la reunión prevista entre Xi Jinping y Donald Trump en Pekín para este 14 y 15 de mayo, una cita que originalmente había sido aplazada precisamente por el conflicto en Oriente Próximo. Ahora, el futuro de la guerra, la estabilidad del mercado energético y la apertura del estrecho de Ormuz amenazan con convertirse en uno de los temas centrales del encuentro entre las dos mayores potencias del planeta.
Durante meses, China evitó involucrarse directamente en la guerra. Pekín apostó por mantener abiertas las relaciones con todos los actores regionales mientras defendía públicamente el “cese inmediato” de las hostilidades. Sin embargo, el bloqueo iraní de facto sobre el estrecho de Ormuz ha alterado el equilibrio.
El estrecho representa uno de los corredores marítimos más sensibles del mundo: por allí transitaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y gas licuado global. Para China, principal comprador del crudo iraní y socio comercial dominante de los países del Golfo, cualquier interrupción prolongada amenaza directamente su estabilidad económica y manufacturera.
Por eso, el mensaje lanzado por el canciller chino, Wang Yi, fue especialmente significativo. Pekín afirmó que “la situación regional se encuentra en un nodo crítico entre la guerra y la paz” y reclamó un “cese urgente y total de las hostilidades”. Además, expresó su preocupación por restablecer el “tránsito normal y seguro” a través de Ormuz.
La declaración no solo refleja inquietud diplomática. También deja entrever que China considera que el conflicto amenaza intereses estratégicos propios.
Trump presiona a Pekín para forzar conversaciones con Teherán
La administración estadounidense ha comprendido que China posee una capacidad de influencia sobre Irán que ningún otro actor internacional tiene actualmente. El propio secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, pidió públicamente que Pekín presione a Teherán para reabrir el estrecho.
Scott Bessent, secretario del Tesoro, fue todavía más directo al afirmar: “A ver si [China] da un paso al frente con algo de diplomacia”.
Washington necesita resultados rápidos. El cierre parcial de Ormuz ha disparado los precios del petróleo, ha alterado las cadenas de suministro y amenaza con afectar la economía estadounidense en pleno año electoral. Trump intenta combinar presión militar y negociación: suspendió temporalmente la operación naval “Proyecto Libertad” para facilitar un posible acuerdo con Irán, pero mantiene intacto el bloqueo sobre los puertos iraníes.
En paralelo, la Casa Blanca continúa endureciendo la presión económica sobre China por sus compras de petróleo iraní. El representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, confirmó que el tema estará sobre la mesa en la reunión entre Trump y Xi.
Washington considera que las importaciones chinas son un salvavidas financiero esencial para Teherán. De ahí las sanciones contra empresas como Hengli Petrochemical, una de las mayores refinerías privadas chinas.
Pekín responde al desafío estadounidense
China no ha permanecido inmóvil frente a esa ofensiva económica. El Ministerio de Comercio chino activó recientemente por primera vez el llamado “estatuto de bloqueo” aprobado en 2021, diseñado precisamente para neutralizar sanciones extraterritoriales estadounidenses.
La decisión ordena a empresas chinas sancionadas por comerciar con petróleo iraní que no reconozcan ni cumplan las restricciones impuestas por Washington.
El movimiento tiene un enorme simbolismo político. No se trata únicamente de proteger negocios energéticos. China está enviando un mensaje claro: no aceptará que Estados Unidos determine unilateralmente cómo deben operar las empresas chinas ni condicionará completamente su relación con Irán.
Para Teherán, el respaldo político chino es crucial. El ministro Abbas Araghchi aseguró en Pekín que Irán busca una “solución integral y permanente” mediante “negociaciones pacíficas”, aunque advirtió que defenderá “con firmeza la soberanía nacional y la dignidad del pueblo”.
Las declaraciones revelan la delicada posición iraní. Por un lado, el régimen necesita aliviar la presión económica y evitar una escalada militar mayor. Por otro, intenta no aparecer como una potencia derrotada ante Estados Unidos e Israel.
China ofrece a Irán algo que pocos pueden darle actualmente: respaldo diplomático internacional, capacidad de mediación y un mercado energético gigantesco que sigue comprando petróleo iraní incluso bajo sanciones. @mundiario
