El Sevilla decidió rebelarse contra el miedo. Cuando el partido parecía escaparse y Nervión empezaba a mirar al descenso con los ojos del pánico, apareció el orgullo. El de siempre. Ese que convierte al Sánchez-Pizjuán en un lugar donde las derrotas nunca terminan de sentirse definitivas. Los goles de Castrín y Akor Adams dieron la vuelta al tanto inicial de Dolan y firmaron un 2-1 que mantiene vivo a un equipo que se resiste a aceptar cualquier idea de rendición.
La pancarta en Gol Norte resumía perfectamente el estado emocional del sevillismo: “Ni retirada ni rendición”. Y el equipo salió al césped exactamente con esa energía. Más intensidad que fútbol, más ansiedad que claridad, pero con la necesidad transformada en motor competitivo. El Espanyol, también atrapado en una dinámica asfixiante, respondió con el mismo nerviosismo. Durante muchos minutos el encuentro fue una batalla emocional antes que un partido de fútbol.
El inicio ya fue extraño, con diez minutos de retraso por problemas técnicos en el VAR, como si hasta la tecnología percibiera la tensión que envolvía la noche sevillana. El equipo de García Plaza intentó golpear primero y tuvo ocasiones claras, especialmente un taconazo de Maupay y varias llegadas de Vargas, pero el encuentro avanzaba a trompicones, lleno de errores y pérdidas impropias de un contexto tan delicado.
El Espanyol, mientras tanto, comenzó a encontrar espacios entre la precipitación sevillista. Edu Expósito rozó el gol y Odysseas volvió a convertirse en uno de esos porteros que sostienen temporadas enteras con intervenciones silenciosas. El conjunto perico esperaba su momento y terminó encontrándolo en la segunda mitad, cuando Dolan apareció dentro del área para castigar otro momento de fragilidad defensiva del Sevilla. El golpe parecía definitivo.
Nervión volvió a empujar desde el abismo
Pero este Sevilla lleva semanas sobreviviendo desde el límite emocional. Alexis Sánchez entró para darle pausa y fútbol a un equipo acelerado por la angustia. Aunque un gol suyo fue anulado por fuera de juego, el chileno terminó siendo decisivo desde la inteligencia competitiva y la calma que aportó en los momentos más caóticos. Porque cuando el fútbol desaparece, la experiencia pesa más que nunca.
El empate de Castrín simbolizó exactamente lo que estaba siendo el partido: un acto de supervivencia. El central irrumpió en el área con fe, fuerza y determinación para marcar un gol más emocional que táctico. Un tanto de los que nacen del orgullo antes que de la estrategia. Nervión explotó porque entendió inmediatamente lo que significaba aquel empate: seguir respirando.
Y cuando el partido ya parecía dirigirse hacia un empate insuficiente para ambos, apareció Akor Adams. El delantero nigeriano, relegado al banquillo durante gran parte de las últimas jornadas, necesitó apenas unos minutos para cambiar la noche. Recibió en la frontal y golpeó con precisión junto al palo izquierdo de Dmitrovic. El Sánchez-Pizjuán pasó del miedo absoluto al delirio en cuestión de segundos. Así funciona el fútbol cuando se juega al borde del precipicio.
La victoria no salva todavía al Sevilla, pero sí cambia el estado de ánimo de un equipo que parecía condenado hace apenas unas semanas. El calendario sigue siendo feroz y los rivales que vienen exigen casi heroicidades. Pero Nervión recuperó algo que vale tanto como los puntos: la sensación de que todavía puede pelear. El Espanyol, en cambio, se mete de lleno en una pesadilla inesperada tras encadenar 18 partidos sin ganar. Y en esta Liga donde todos tiemblan, el Sevilla eligió seguir luchando mientras el miedo empezaba a cambiar de acera. @mundiario
