Milei cierra la puerta a flexibilizar su plan económico antes de 2027

Javier Milei ha convertido la continuidad de su programa económico en una cuestión política de cara a 2027: no habrá una flexibilización destinada a reducir resistencias ni un giro expansivo para mejorar las perspectivas electorales. En el cierre del encuentro Vientos de Cambio: Avanza la Libertad en Argentina y las Américas, celebrado en Buenos Aires, el presidente respondió con un tajante “no” a quienes reclaman cambios en las políticas monetaria y fiscal. El mensaje revela una estrategia que pretende transformar las próximas presidenciales en un plebiscito sobre la profundidad de las reformas emprendidas desde su llegada al poder.

El planteamiento supone también reconocer el riesgo político del camino elegido. Milei admitió que su propuesta contiene incertidumbre, pero defendió que corresponde a los argentinos decidir en las urnas si quieren mantenerla. Su razonamiento combina economía y construcción ideológica: para el mandatario, una transformación duradera necesita una “batalla cultural”, capacidad política y, finalmente, resultados de gestión. Esa secuencia explica por qué el Gobierno intenta presentar la estabilidad macroeconómica no solo como un objetivo técnico, sino como la demostración práctica de su proyecto.

El núcleo de ese proyecto continúa siendo el equilibrio fiscal. Milei recordó que recibió un déficit del Tesoro equivalente, según sus cifras, a cinco puntos del PIB y reivindicó haber alcanzado rápidamente el déficit financiero cero. También atribuyó a su ministro de Economía, Luis Caputo, la eliminación del déficit cuasifiscal sin recurrir a mecanismos traumáticos como un plan Bonex o restricciones sobre los depósitos. Es la narrativa sobre la que el Ejecutivo ha construido buena parte de su legitimidad económica: ordenar las cuentas públicas sin regresar a los instrumentos utilizados durante anteriores crisis argentinas.

Pero la discusión económica argentina está entrando en una etapa diferente. Reducir desequilibrios macroeconómicos puede ser condición necesaria para estabilizar el país, pero el debate se desplaza progresivamente hacia la actividad, el empleo, la competitividad empresarial y la capacidad de crecimiento. Esa tensión quedó expuesta durante la misma jornada por las críticas procedentes de la Unión Industrial Argentina y la respuesta de Caputo, quien defendió que su responsabilidad consiste en representar los intereses de los 48 millones de argentinos y no los de determinados empresarios.

La posición presidencial consiste precisamente en resistir la tentación de responder a esas presiones mediante estímulos fiscales o monetarios. Milei sostiene que utilizar determinadas herramientas supondría regresar a prácticas que considera responsables de la decadencia económica argentina. Su frase —“al populismo no se le gana haciendo populismo”— sintetiza una concepción que coloca la disciplina económica y determinados principios sobre propiedad y libertad por encima de la conveniencia electoral inmediata.

El discurso, sin embargo, ya no puede separarse de 2027. Milei planteó una elección prácticamente binaria entre la continuidad de las “ideas de la libertad” y el regreso al modelo anterior, endureciendo incluso su retórica al afirmar que una derrota significaría que la sociedad habría decidido “suicidarse”. Más allá de la provocación verbal, el mensaje anticipa una campaña en la que el Gobierno buscará confrontar modelos económicos antes que disputar únicamente nombres, alianzas o liderazgos.

En esa construcción electoral ocupan un lugar central los resultados sociales que Milei atribuye a su administración. El presidente aseguró que su Gobierno sacó a 14 millones de personas de la pobreza y utilizó esa afirmación para cuestionar el tratamiento político de sus logros frente al que, en su opinión, habría recibido una administración peronista. La utilización de esos datos no es secundaria: el oficialismo necesita demostrar que el ajuste inicial y la disciplina fiscal pueden traducirse en mejoras sociales si quiere ampliar su legitimidad más allá de quienes respaldaron el programa por razones ideológicas.

La promesa de futuro es todavía más ambiciosa. Milei sostiene que una reelección y la continuidad de las reformas podrían permitir a Argentina crecer a ritmos anuales del 7% u 8% y convertirse, en tres décadas, en una de las grandes potencias mundiales. Se trata de una proyección política más que de una certeza económica: mantener semejantes tasas durante periodos prolongados exigiría inversión, productividad, estabilidad institucional y capacidad exportadora, además de equilibrio macroeconómico. El verdadero examen de su programa estará precisamente en demostrar si la estabilización puede convertirse en crecimiento sostenido.

También aparece otro rasgo de la estrategia libertaria: la decisión de no retroceder frente al conflicto. Milei comparó la resistencia sufrida por su reforma laboral con las protestas que afrontó Mauricio Macri después de la reforma previsional y estableció una diferencia deliberada entre ambos gobiernos: mientras el expresidente acabó retrocediendo políticamente, él asegura haber decidido “acelerar más”. Esa comparación pretende presentar a su administración como una ruptura no solo con el peronismo, sino también con experiencias anteriores de centroderecha que, según su lectura, no consiguieron sostener las reformas ante la presión social.

La gran apuesta de Milei consiste, por tanto, en llegar a 2027 sin abandonar el núcleo de su programa y convencer a los argentinos de que los costes y tensiones del proceso forman parte de una transformación de largo alcance. El equilibrio fiscal puede ofrecer al Gobierno una poderosa credencial, pero las elecciones probablemente medirán algo más complejo: si la estabilización se convierte en inversión, empleo, mejores ingresos y crecimiento perceptible. Al negarse a flexibilizar su política, Milei eleva la apuesta. Ya no promete únicamente haber evitado otra crisis argentina; pretende demostrar que su modelo puede construir la etapa que viene después. @mundiario