El dilema de Trump: Putin exige cortar la ayuda y Ucrania responde con drones

La guerra de Ucrania vuelve a mostrar una paradoja cada vez más difícil de ignorar: cuanto más se habla de negociación, mayor parece ser la intensidad de las operaciones militares. La breve tregua vinculada a la visita de los enviados estadounidenses Steve Witkoff y Jared Kushner a Moscú y Kiev no ha desembocado en las bases para un eventual alto el fuego duradero. Por el contrario, Rusia ha reanudado sus ataques con fuerza sobre territorio ucraniano y Kiev ha demostrado que también puede golpear a miles de kilómetros de sus fronteras.

El episodio más significativo es el ataque con drones contra instalaciones energéticas de Yamalia-Nenetsia, en el extremo norte de Rusia. Según las informaciones disponibles, los aparatos recorrieron más de 3.000 kilómetros hasta alcanzar la zona de Novi Urengói, uno de los grandes centros gasísticos rusos. El alcalde de la ciudad confirmó un ataque contra una instalación industrial y un incendio provocado por la caída de restos, aunque no precisó cuál fue exactamente la infraestructura alcanzada. La empresa ucraniana Fire Point, por su parte, afirmó que sus drones habían recorrido más de 3.300 kilómetros y logrado impactos dentro del objetivo.

La importancia militar y económica del episodio es mayor que el daño concreto que pueda haber causado. Yamalia-Nenetsia concentra una parte esencial de la producción gasística rusa y constituye una pieza estratégica de la economía energética del país. Si Kiev consigue convertir estos ataques de larga distancia en una campaña sostenida, Moscú tendrá que dedicar recursos adicionales a proteger instalaciones situadas muy lejos del frente.

No es un fenómeno aislado. Ucrania ya había alcanzado la refinería de Omsk, a unos 2.500 kilómetros de sus posiciones, y ha incrementado los ataques contra refinerías, depósitos, puertos e instalaciones energéticas rusas. Novorossiysk, en el mar Negro, sufrió esta misma semana un ataque masivo de drones que causó cuatro muertos y 29 heridos, según las autoridades locales.

La respuesta rusa está siguiendo una lógica similar de presión sobre la retaguardia. Moscú ha intensificado los ataques contra Kiev, infraestructuras logísticas y puntos fronterizos. En la capital ucraniana, los bombardeos con drones provocaron una nueva víctima mortal y numerosos heridos, mientras que un ataque contra el paso fronterizo de Starokozache, cerca de Moldavia, dejó dos civiles muertos y tres heridos.

La consecuencia es que la guerra está dejando de ser únicamente una disputa por kilómetros de territorio en el frente oriental. Las dos partes están intentando deteriorar la capacidad económica, energética, logística y militar de la otra. Los drones de largo alcance han transformado el mapa estratégico: una instalación situada a miles de kilómetros de la línea de combate puede convertirse en objetivo, y una frontera que parecía alejada del conflicto puede quedar expuesta en cuestión de horas.

Putin pide a Trump que deje de apoyar a Ucrania

La tregua temporal de ataques aéreos sobre Moscú y Kiev durante la misión diplomática estadounidense tuvo un valor marcadamente político. Al pactar una suspensión recíproca de bombardeos por tres días, Rusia y Ucrania demostraron una capacidad coyuntural para congelar la intensidad de sus operaciones aéreas ante incentivos diplomáticos directos, sin que esto signifique una disposición real a transformar la medida en un alto el fuego permanente.

Los enviados especiales de la Casa Blanca, Steve Witkoff y Jared Kushner, se reunieron primero en Moscú con Vladímir Putin antes de trasladarse en tren a Kiev para mantener un encuentro con Volodímir Zelenski y los consejeros de seguridad de Alemania, Francia y el Reino Unido. Aunque Washington calificó las deliberaciones de «sustanciales» y orientadas a estructurar una propuesta trilateral, la delegación abandonó la región sin un acuerdo decisivo y bajo la advertencia de que la resolución requerirá concesiones territoriales de ambas partes.. 

Moscú mantiene sus exigencias territoriales y sostiene que deben resolverse las que denomina “causas profundas” del conflicto. Kiev, en cambio, reclama un alto el fuego sobre las líneas actuales y garantías de seguridad occidentales que impidan una nueva ofensiva rusa en el futuro. El Donbás continúa siendo uno de los principales obstáculos, junto con el futuro de Ucrania respecto a la OTAN y las condiciones de cualquier eventual acuerdo.

El Kremlin ha delineado con precisión las condiciones que considera indispensables para destrabar el conflicto. Tras la llamada telefónica de una hora sostenida el pasado 8 de septiembre, el asesor presidencial de Asuntos Internacionales, Yuri Ushakov, confirmó que Putin expuso directamente a Donald Trump un análisis detallado del frente y las acciones concretas que la Casa Blanca debería adoptar si desea acelerar el cese de las hostilidades. El eje de la postura rusa radica en que Washington detenga por completo el flujo de asistencia a Kiev.

Esta exigencia adquiere una profunda relevancia política en la actualidad: aunque la Administración Trump busca reconfigurar el esquema de apoyo directo y exige que Europa reembolse la ayuda previa, Ucrania sigue sosteniéndose operativamente gracias al millonario paquete coordinado por la OTAN y al suministro estratégico de inteligencia militar estadounidense para ataques de largo alcance. Por ende, el verdadero dilema no estriba únicamente en el volumen de los fondos, sino en si Trump usará este engranaje de presión para forzar una negociación trilateral en sedes alternativas como Abu Dabi.

La Casa Blanca tampoco ha cerrado la puerta. Los enviados estadounidenses pretenden reactivar las conversaciones trilaterales y se han planteado nuevas reuniones, posiblemente con participación europea. El problema es que la diplomacia avanza mientras los ejércitos continúan actuando como si el desenlace dependiera todavía del campo de batalla.

Una guerra de desgaste con nuevas armas

La tecnología está modificando esa ecuación. Ucrania no necesita alcanzar la superioridad aérea convencional para amenazar instalaciones situadas en el interior de Rusia. Los drones de largo alcance permiten atacar objetivos energéticos y militares que anteriormente quedaban fuera de su capacidad operativa.

Rusia, entretanto, conserva una capacidad muy superior para lanzar oleadas de misiles y drones contra las ciudades ucranianas. La presión sobre las defensas antiaéreas de Kiev será especialmente importante durante los próximos meses, mientras Ucrania intenta ampliar sus reservas de interceptores y sus aliados europeos incrementan la ayuda militar.

Por eso, la pregunta ya no es únicamente quién controla una determinada localidad del frente. También importa quién puede soportar durante más tiempo el coste económico de una guerra que golpea fábricas, puertos, centrales energéticas, aeropuertos, depósitos y redes logísticas a cientos o miles de kilómetros del campo de batalla.

La mediación de Estados Unidos conserva margen porque sigue siendo el único actor con capacidad para hablar directamente con Moscú y Kiev y para influir de forma decisiva sobre el apoyo occidental. Pero la reciente secuencia deja una conclusión estrictamente política: mientras Rusia considere que puede mejorar su posición mediante la presión militar y Ucrania crea que los ataques en profundidad pueden elevar el coste para Moscú, los incentivos para detener unilateralmente las operaciones seguirán siendo limitados. @mundiario