Balaídos necesitaba una tarde de desahogo colectivo para purgar semanas de angustia acumulada. El inicio de curso venía siendo un terreno pantanoso para el Celta de Vigo, incapaz de sumar un solo triunfo en el casillero doméstico y todavía dolorido por el sonoro tropezón continental frente al modesto Omonia de Nicosia. La visita del Racing de Santander no se presentaba como un trámite, sino como una auténtica final de septiembre donde ya no había margen para la contemplación.
La tensión ambiental se palpó desde el pitido inicial. Lejos de imponer su autoridad desde la posesión, el conjunto de Claudio Giráldez arrancó atenazado, incómodo con la pelota y superado en los duelos individuales. El Racing olió las dudas celestes y se adueñó del ritmo durante los primeros compases, amenazando con amargar la velada a una grada que empezaba a impacientarse ante la falta de ideas.
Hacía falta una chispa que dinamitara el bloqueo mental, y esta llegó en el minuto 40. Una mano ingenua en el área cántabra abrió la puerta a la esperanza desde los once metros. Hugo González asumió los galones con pulso de cirujano para convertir la pena máxima, desatando un nudo en la garganta que tenía al banquillo y a la tribuna al borde del colapso.
El golpe dejó grogui al rival y desató la versión más vertical del cuadro vigués. Sin tiempo para que los santanderinos asimilaran el mazazo, Ilaix Moriba frotó la lámpara con una magnífica maniobra individual para doblar la renta antes del descanso. El ex del Barça, precisamente uno de los futbolistas a los que Giráldez había exigido un salto de madurez, dio un paso al frente para cambiar el signo del encuentro.
Con el 2-0 camino de los vestuarios, el fantasma de la zozobra se disipó para dar paso a un guion completamente distinto. La pizarra de Giráldez leyó el contexto a la perfección y apostó por refrescar el frente de ataque para castigar la desesperación ajena. El técnico dio entrada a Sergio Carreira, Borja Iglesias y Pablo Durán, inyectando una marcha extra que terminó por derribar definitivamente el muro defensivo del Racing.
La irrupción del banquillo y la confirmación de la pegada celeste
La reanudación confirmó que el conjunto visitante había capitulado anímicamente. El Racing se esfumó por completo del tapiz verde a partir del tercer tanto, una diana convertida por Miguel Román que desató la euforia en la grada. Los cántabros, sin capacidad de reacción ni solidez estructural, se convirtieron en un juguete en manos de un ataque vigués desatado.
En ese escenario a campo abierto emergió la figura voraz de Pablo Durán. El delantero gallego olió sangre y convirtió los minutos finales en su consagración particular con un doblete letal de oportunismo y pegada. Cada desajuste del Racing fue castigado con saña por un bloque que no levantó el pie del acelerador hasta certificar la manita.
El rotundo 5-0 supone un balón de oxígeno mayúsculo para el celtismo. Más allá de los tres puntos, que permiten escalar a la zona templada de la tabla y tomar distancia respecto al abismo del descenso, la goleada sirve para reconciliar al vestuario con su propuesta asociativa y validar el crédito de un entrenador que no dudó en señalar a los pesos pesados cuando peor pintaban las cosas.
Sin embargo, el marcador no debe nublar el juicio de la caseta. Antes de que el penalti abriera la lata, el Celta volvió a mostrarse vulnerable y espeso ante un recién ascendido. La contundencia en las áreas maquilla un tramo inicial que dejó sombras tácticas, recordando que el camino hacia la regularidad en la élite exige mucho más que chispazos de inspiración individual.
Vigo vibra con una victoria balsámica que calma las aguas justo antes del parón internacional de selecciones. Los pupilos de Giráldez ganan tiempo y serenidad para pulir errores en un otoño que no dará tregua en el calendario. La manita cura las heridas inmediatas, pero solo la continuidad dirá si este festival fue el punto de inflexión definitivo o apenas un paréntesis dorado en una temporada exigente. @mundiario
