La escenografía de la histórica visita de Estado de tres días ha sido cuidadosamente calculada. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recibió personalmente a su homólogo chino, Xi Jinping, a pie de pista en la base aérea de Andrews —un gesto de deferencia inédito desde 1962—, para luego brindarle una recepción formal en la Casa Blanca con un desfile militar, 21 cañonazos de salva y el sobrevuelo de dos bombarderos B-1. En el marco de este encuentro, las dos superpotencias acordaron prorrogar por dos meses la tregua arancelaria que vencía en noviembre, con el objetivo de encauzar las negociaciones sobre el control de la inteligencia artificial, las tensiones en Taiwán y el impacto global de la guerra en Irán.
Este despliegue de boato institucional busca transmitir que, a pesar de la profunda rivalidad geopolítica, tecnológica y comercial, Washington y Pekín priorizan la estabilidad estratégica mutua antes de que la competencia degenere en una confrontación abierta.
Xi aprovechó el inicio de la reunión para fijar el marco político de la cumbre. «Los intereses de China y EE UU están profundamente entrelazados», afirmó, antes de reclamar una relación basada en la estabilidad estratégica, la comunicación y la cooperación. También defendió que ambos países deben competir, pero dentro de «límites razonables», sin convertir cada diferencia en una lucha en la que uno deba ganar y el otro perder.
China no renuncia a competir con Estados Unidos por la tecnología, el comercio, la influencia internacional o la capacidad militar. Lo que plantea es que esa competencia no desemboque en una dinámica de represalias que perjudique a las dos economías. Pekín necesita acceso a mercados, estabilidad financiera, tecnología y cadenas de suministro previsibles. Washington, por su parte, sigue dependiendo de China en sectores industriales, minerales estratégicos y manufacturas esenciales.ma de administrarla.
La expresión «intereses profundamente entrelazados» resume una contradicción central. China y Estados Unidos son competidores estratégicos, pero también mantienen una relación económica difícil de sustituir a corto plazo. Las decisiones de una potencia afectan inmediatamente a la otra, desde los aranceles y las tierras raras hasta los semiconductores, la inteligencia artificial, el transporte marítimo o los mercados financieros.
La tregua comercial alcanzada en 2025, cuya vigencia se encaminaba a expirar el 10 de noviembre, ha sido prorrogada durante dos meses, según anunció el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent. El acuerdo mantiene abiertas las conversaciones y limita, al menos temporalmente, el riesgo de una nueva escalada arancelaria. También se han abordado las restricciones chinas a la exportación de tierras raras, materiales esenciales para la electrónica, la industria automovilística, los semiconductores y determinados sistemas de defensa.
La prórroga no equivale a un acuerdo comercial definitivo. Persisten diferencias sobre el acceso a los mercados, las compras chinas de productos estadounidenses, los controles tecnológicos, la política industrial y la protección de sectores considerados estratégicos por Washington. Las conversaciones permiten ganar tiempo, pero no eliminan las causas estructurales de la disputa.
Para Xi, la estabilidad económica resulta especialmente relevante en un momento de dificultades internas relacionadas con el consumo, el sector inmobiliario y la confianza empresarial. Una guerra comercial abierta con Estados Unidos añadiría presión a una economía que necesita sostener el crecimiento y preservar sus mercados exteriores. La moderación bilateral puede ser, en este contexto, una herramienta de política económica.
Trump también tiene incentivos para evitar una ruptura inmediata. La inflación, el coste de los productos importados, la guerra de Irán y la proximidad de las elecciones legislativas de mitad de mandato condicionan el margen de maniobra de la Casa Blanca. Un entendimiento con Pekín podría ofrecer resultados comerciales concretos, aunque las diferencias sobre seguridad y tecnología seguirían intactas.
La inteligencia artificial, el punto de encuentro más inesperado
La inteligencia artificial ocupa un lugar central en la cumbre porque representa simultáneamente una oportunidad económica, un instrumento de poder nacional y un riesgo de seguridad. China y Estados Unidos compiten por el liderazgo en modelos avanzados, centros de datos, chips, talento, infraestructuras digitales y aplicaciones militares. Sin embargo, ambos gobiernos reconocen que determinados incidentes relacionados con sistemas cada vez más autónomos podrían generar consecuencias difíciles de controlar.
En los días previos a la cumbre presidencial en Washington, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, y el viceprimer ministro chino, He Lifeng, acordaron en Nueva York proponer a sus respectivos mandatarios la creación de un mecanismo de notificación de seguridad para la IA. Lejos de constituir un tratado internacional vinculante o un marco de regulación común, esta iniciativa se concibe con un alcance mucho más pragmático: establecer un canal de comunicación directa o «teléfono rojo» entre ambos negociadores para alertarse mutuamente ante incidentes de IA que escalen al nivel de amenaza para la seguridad nacional.
Este canal de emergencia busca abrir una vía rápida de transparencia en situaciones de riesgo crítico, tales como el despliegue de agentes de IA descontrolados, ciberataques automatizados transfronterizos o incidentes que involucren armas biológicas potenciadas por esta tecnología. Aunque la idea emula los mecanismos de enlace directo creados entre Washington y Moscú durante la Guerra Fría tras la crisis de los misiles, o la línea abierta de 2008 por la crisis financiera, la velocidad de la tecnología actual plantea retos inéditos. Un colapso provocado por IA en infraestructuras críticas, redes financieras globales o plataformas militares automatizadas puede ejecutarse en milisegundos y resultar extremadamente difícil de atribuir en sus fases iniciales, lo que reduce drásticamente el margen de maniobra de las superpotencias para contener una escalada imprevista.
Xi sostuvo que ambos países tienen la capacidad y la responsabilidad de desarrollar y gestionar la inteligencia artificial para el bien común, garantizando que su evolución permanezca bajo control humano. La declaración introduce una referencia a la seguridad, pero no debe confundirse con una aceptación de una regulación internacional amplia.
Trump y Xi coinciden en frenar nuevas reglas
El punto de mayor convergencia entre ambos dirigentes aparece precisamente en la oposición a imponer nuevas restricciones generales al desarrollo de la inteligencia artificial. Trump afirmó en su red social que la IA sería un asunto importante de la cumbre, pero añadió que quería «dejarla exactamente como está» y que esa era también la posición de China. Su argumento es que Estados Unidos debe impulsar el desarrollo tecnológico y evitar que una regulación excesiva reduzca su capacidad para competir con Pekín.
El presidente estadounidense ha insistido en que la principal salvaguarda debe situarse en el Departamento de Justicia y ha rechazado lo que denomina intentos de construir un sistema regulatorio global. Su enfoque prioriza la innovación, la velocidad de desarrollo y la posición de liderazgo estadounidense.
La coincidencia con Xi resulta significativa, aunque las razones de ambos gobiernos no son necesariamente idénticas. Washington teme que las restricciones frenen a sus empresas frente a China. Pekín, por su parte, busca ampliar sus capacidades tecnológicas y evitar que las normas internacionales se conviertan en instrumentos para limitar su desarrollo. Ambos pueden coincidir en rechazar una regulación externa demasiado estricta, incluso mientras mantienen modelos políticos y sistemas de control tecnológico muy diferentes.
La ausencia de nuevas reglas no significa, sin embargo, ausencia de riesgos. Empresas como OpenAI y Anthropic han reclamado cooperación internacional y mecanismos de seguridad ante la posibilidad de que los modelos avanzados aceleren ciberataques, faciliten usos biológicos peligrosos o actúen sobre infraestructuras críticas. La discusión se sitúa así entre dos objetivos que no siempre avanzan al mismo ritmo: desarrollar la tecnología con rapidez y garantizar que sus consecuencias puedan ser controladas.
La cordialidad de la cumbre no elimina los asuntos más delicados. Taiwán continúa siendo uno de los principales puntos de fricción. Washington mantiene vínculos de seguridad con la isla, mientras Pekín considera su integración una cuestión central de soberanía. Xi también busca que Estados Unidos reduzca o detenga sus ventas de armas a Taiwán, una demanda que choca con la política estadounidense en el Indo-Pacífico.
La guerra de Irán añade otra dimensión. Trump pretende que China utilice su influencia sobre Teherán, mientras Pekín procura evitar que el conflicto altere sus intereses energéticos y comerciales. La cuestión iraní puede formar parte de la negociación, pero no existe garantía de que ambos gobiernos compartan una misma interpretación sobre la estabilidad regional.
En el plano militar de la cumbre en el Despacho Oval, el presidente de China, Xi Jinping, defendió firmemente ante Donald Trump la necesidad de que las Fuerzas Armadas de ambas potencias mantengan un «diálogo de forma habitual» y optimicen con urgencia los canales de comunicación para la prevención de crisis. El líder del gigante asiático remarcó explícitamente en Washington que «es posible superar la trampa de Tucídides», la célebre tesis formulada históricamente a partir de la guerra del Peloponeso. Xi aludió a este postulado para advertir sobre el peligro existencial de caer en un choque armado inevitable cuando una potencia hegemónica (Estados Unidos) se ve desafiada por el ascenso de un competidor emergente (China).
En respuesta a los focos de fricción real en Taiwán y el respaldo militar norteamericano a Taipéi, el mandatario chino insistió en trazar una «línea roja» de coexistencia pacífica, instando a que la rivalidad bilateral se gestione como una «competencia sana» dentro de límites estratégicos estrictos, en lugar de mutar en una contienda destructiva donde una de las partes intente anular por completo a la otra. @mundiario
