La guerra de Yemen vuelve a concentrar buena parte de su tensión en dos puntos que pueden resultar determinantes para el futuro del conflicto. Los hutíes han intensificado su presión sobre Taiz y Marib, dos territorios que permanecen bajo control de las fuerzas vinculadas al Gobierno reconocido internacionalmente.
El movimiento tiene una lógica que va más allá de conquistar nuevas posiciones. Taiz representa una conexión estratégica entre distintas zonas del país y su cercanía al mar Rojo aumenta su importancia. La ciudad se encuentra a unos 100 kilómetros de Moca, localidad que los hutíes ya incorporaron a su ofensiva, y controla vías terrestres fundamentales hacia el sur.
Uno de los episodios más recientes refleja esa importancia. Los rebeldes consiguieron interrumpir temporalmente la carretera que comunica Taiz con Adén, otro de los principales centros de poder del Gobierno yemení. Las fuerzas gubernamentales respondieron con nuevos ataques aéreos, apoyados por Arabia Saudí.
Si los hutíes consolidan su presencia en esta zona, ganarían capacidad para dificultar los movimientos de sus adversarios y reforzarían su posición alrededor del corredor del mar Rojo. Ese factor adquiere todavía más relevancia después de los avances registrados en la costa.
Marib concentra el valor económico
La otra batalla tiene una dimensión diferente. Marib es especialmente importante por los recursos energéticos que se encuentran en su entorno. La región alberga buena parte de los principales yacimientos de petróleo y gas de Yemen, aunque las exportaciones permanecen paralizadas desde 2022 después de varios ataques contra infraestructuras petrolíferas.
Por eso, una eventual pérdida de Marib tendría consecuencias que irían mucho más allá del mapa militar. El Gobierno perdería uno de los principales activos económicos que todavía conserva y los hutíes aumentarían su capacidad para presionar en una futura negociación.
La cuestión económica es especialmente relevante en un país cuya estructura productiva ha quedado gravemente dañada por años de guerra. El control de los hidrocarburos podría proporcionar a los hutíes una herramienta adicional para negociar con el Gobierno y con Arabia Saudí.
Riad, que respalda militar y económicamente a las autoridades yemeníes, continúa enfrentándose además a ataques desde territorio controlado por los rebeldes. Arabia Saudí ha informado de la interceptación de misiles dirigidos contra distintas zonas del país, mientras que los hutíes han negado algunas de las acusaciones formuladas por las autoridades saudíes.
Una nueva escalada con consecuencias para la población
El deterioro actual supone también el regreso de una dinámica que parecía parcialmente contenida desde el alto el fuego de 2022. Aquel acuerdo redujo de manera considerable las operaciones militares, pero no resolvió las causas fundamentales del conflicto iniciado en 2014, cuando los hutíes tomaron Saná.
La reanudación de los combates ha tenido ya un coste humano elevado. Según la Organización Internacional para las Migraciones, cerca de 150.000 personas han sido desplazadas por la nueva oleada de enfrentamientos.
El problema es especialmente grave porque Marib y Taiz han recibido durante años a población que escapaba de otras zonas controladas por los hutíes. Una nueva ofensiva sobre estos territorios podría obligar a muchas familias a desplazarse otra vez.
La dimensión humanitaria se suma así a la militar y económica. Naciones Unidas calcula que millones de yemeníes sufren inseguridad alimentaria aguda y que una parte muy importante de los alimentos consumidos en el país procede del exterior.
La disputa por Taiz y Marib, por tanto, no se limita a decidir quién controla dos puntos del territorio. Su resultado puede modificar las rutas de comunicación, el acceso a recursos energéticos y la capacidad de cada bando para afrontar una eventual negociación. En un conflicto que lleva más de una década abierto, esas tres variables pueden resultar decisivas para la siguiente etapa de la guerra. @mundiario
