Israel investiga una “injerencia extranjera” tras el voto árabe que deja a Netanyahu ante el bloqueo

Israel ha cerrado unas elecciones legislativas que dejan un resultado tan cerrado como incierto. El primer ministro Benjamín Netanyahu conserva el liderazgo del bloque más votado, pero pierde la mayoría que le permitía gobernar con mayor comodidad. Mientras el general Gadi Eisenkot, exministro y líder del centrista Yashar!, se queda lejos de las expectativas de los sondeos, pero los partidos árabes emergen como una fuerza decisiva para cualquier alternativa al primer ministro.

Sobre ese escenario de bloqueo político ha irrumpido una investigación del Shin Bet, el servicio de seguridad interior israelí, sobre una posible “injerencia extranjera” en los comicios. La sospecha se centra en la eventual llegada de fondos procedentes de Qatar y otros dos países destinados a estimular la participación de los ciudadanos árabes. Sin embargo, las primeras informaciones de fuentes de seguridad apuntan a que se trata de una investigación puntual y que, por ahora, no existen indicios de una operación de una magnitud capaz de alterar el resultado electoral.

La controversia ha adquirido una dimensión política mayor porque coincide con el extraordinario crecimiento de la representación árabe. Los dos partidos árabes han pasado de sumar 10 escaños en las elecciones de 2022 a obtener 19 diputados en la nueva Knésset. Ese salto modifica el equilibrio parlamentario y ofrece a Eisenkot una posibilidad —aunque extremadamente complicada— de construir una mayoría alternativa.

Con el 99% de los votos escrutados y los resultados confirmados por la Comisión Electoral Central, el bloque que sostiene a Netanyahu obtiene 53 escaños, frente a los 48 del llamado bloque del cambio. Los partidos árabes suman los 19 restantes. El dato fundamental es que nadie alcanza los 61 diputados necesarios para controlar la Knésset.

Netanyahu puede presentar como una victoria el hecho de que el Likud siga siendo la formación más votada y de que su bloque conserve una ventaja sobre la oposición, a pesar del hundimiento de sus socios ultranacionalistas y ultraortodoxos. En una posición más compleja está Eisenkot, que necesita encontrar una fórmula para incorporar o, al menos, obtener el apoyo parlamentario de fuerzas árabes si quiere impedir que Netanyahu vuelva a formar Gobierno.

Durante la campaña, Eisenkot había rechazado expresamente determinadas fórmulas de cooperación con partidos no sionistas. Ambos líderes han quedado atrapados por sus propias promesas electorales. Netanyahu necesita ampliar su bloque, pero su oposición necesita a quienes había descartado como socios.

El voto árabe se convierte en el centro de la batalla

El extraordinario aumento de la participación árabe ha sido uno de los elementos más relevantes de las elecciones. Para el Likud, ese incremento requiere ser investigado porque podría haber estado impulsado por financiación extranjera. Para los partidos árabes, en cambio, se trata de un intento de Netanyahu de desacreditar su avance electoral y cerrar cualquier posibilidad de acuerdo con Eisenkot.

El presidente de la Knésset, Amir Ohana, llegó a calificar la investigación como una cuestión de extrema gravedad y sostuvo que países considerados enemigos de Israel podrían haber tratado de incrementar la fuerza parlamentaria de Ra’am y de la izquierdista Lista Conjunta.

El Likud fue todavía más lejos al denunciar que las elecciones habían sido “robadas” mediante supuestos sobornos, amenazas, violencia, falsificaciones y herramientas tecnológicas prohibidas para movilizar votantes. La Policía israelí afirmó que no existen pruebas que sustenten esas denuncias y destacó que la jornada electoral registró pocos incidentes que afectaran a la integridad del proceso, incluso en comparación con anteriores comicios.

Qatar rechaza las acusaciones

Doha ha negado categóricamente cualquier intervención en los comicios israelíes. El portavoz del Ministerio de Exteriores catarí, Majed al Ansari, rechazó que Qatar hubiera financiado actividades destinadas a influir en el resultado electoral. La acusación resulta especialmente sensible por el papel que el pequeño emirato ha desempeñado durante años como intermediario entre Israel y Hamás. El Gobierno qatarí acogió en Doha a parte de la dirección política del movimiento islamista y canalizó importantes cantidades de ayuda hacia Gaza desde 2018.

La relación con Netanyahu tampoco es sencilla. Parte de esa financiación qatarí llegó a Gaza durante sus gobiernos con el conocimiento y respaldo de las autoridades israelíes, en una estrategia destinada, entre otras cosas, a evitar un colapso económico de la Franja que pudiera desembocar en nuevas escaladas militares.

Al mismo tiempo, uno de los principales asesores de Netanyahu, Jonatan Urich, ha sido investigado por una supuesta relación comercial vinculada a Qatar. Ese antecedente añade combustible a una controversia que mezcla seguridad nacional, política exterior y lucha partidista.

Eisenkot tampoco puede celebrar el resultado

El resultado supone un golpe para Netanyahu, pero también contiene una advertencia para Eisenkot. Los sondeos previos habían alimentado expectativas mucho mayores para el bloque del cambio y el líder centrista se ha quedado lejos de construir por sí solo una alternativa.

Ahora necesita hacer algo que durante la campaña había presentado como políticamente difícil: negociar con fuerzas árabes. Los 19 escaños de Ra’am y la Lista Conjunta podrían permitirle alcanzar los números necesarios mediante un acuerdo de apoyo externo, abstención o cooperación parlamentaria. Pero cualquier fórmula de ese tipo tendría un coste político considerable para Eisenkot y podría provocar resistencias dentro de su propio campo.

Netanyahu afronta un problema inverso. Si quiere conservar el poder tendrá que ampliar una coalición que ya no alcanza por sí sola los 61 diputados. Y cualquier concesión a partidos situados fuera de su bloque natural puede tensionar a sus socios ultranacionalistas. @mundiario