Donald Trump ha convertido las elecciones legislativas de mitad de mandato en algo mucho más personal que una renovación del Congreso. Aunque su nombre no aparecerá en las papeletas, el presidente estadounidense ha recorrido el país en una intensa campaña para pedir a sus seguidores que voten como si estuvieran respaldándole directamente. Su objetivo es evitar una derrota republicana que podría debilitar su poder en Washington y abrir una nueva etapa de incertidumbre para el trumpismo.
Los sondeos, sin embargo, no ofrecen buenas perspectivas para la Casa Blanca. Los republicanos se encuentran aproximadamente ocho puntos por detrás de los demócratas en intención de voto nacional y las previsiones apuntan a que podrían perder la mayoría en la Cámara de Representantes. La posibilidad de que también se les escape el Senado, que hace unos meses parecía mucho más improbable, ha ganado terreno.
El desenlace del próximo martes será determinante para la segunda mitad del mandato presidencial. Una victoria demócrata podría bloquear buena parte de la agenda legislativa de Trump, multiplicar las investigaciones parlamentarias sobre su Administración y dar argumentos a quienes dentro del Partido Republicano empiezan a cuestionar su liderazgo.
El presidente ha protagonizado una campaña extraordinariamente intensa, con cerca de una treintena de mítines y decenas de horas de intervenciones públicas. En todos ellos ha repetido una misma petición: que sus simpatizantes actúen como si él también estuviera en las papeletas.
La estrategia tiene riesgos. Si los candidatos republicanos consiguen resistir, Trump podrá atribuirse el mérito de haber movilizado a su electorado y mantener intacta su influencia sobre el partido. Pero si se confirma la derrota que anticipan las encuestas, será difícil evitar que las miradas se dirijan hacia la Casa Blanca.
El desgaste presidencial se explica por una combinación de factores. Su popularidad atraviesa uno de sus momentos más bajos, la guerra en Irán sigue sin una salida clara, las dudas sobre la economía preocupan a los votantes y las actuaciones de la Administración contra la inmigración han generado una fuerte contestación.
Los demócratas ven una oportunidad para recuperar el Congreso
La oposición llega a estas elecciones con expectativas de conseguir una victoria importante. Su principal objetivo es recuperar la Cámara de Representantes, aunque también aspira a disputar varios escaños del Senado que hasta hace poco parecían difíciles de conquistar.
La estrategia demócrata combina candidatos de perfiles muy distintos. Algunos representan una corriente progresista, cercana a las posiciones de Bernie Sanders, mientras que otros han optado por mensajes más moderados para atraer a votantes desencantados con Trump, especialmente en territorios tradicionalmente republicanos.
Uno de los ejemplos es Abdul El-Sayed, candidato en Michigan, que aspira a convertirse en el primer senador musulmán de Estados Unidos. Otros aspirantes, como Adam Hamilton en Kansas, Josh Turek en Iowa o James Talarico en Texas, intentan conectar con electores de zonas conservadoras mediante discursos centrados en la economía, la religión y las preocupaciones cotidianas.
El desafío para los demócratas consiste en aprovechar el desgaste de Trump sin alimentar el temor de aquellos votantes que desconfían de las posiciones más progresistas del partido. La educación, los derechos de las personas trans y otros debates culturales siguen siendo cuestiones especialmente sensibles en numerosos distritos.
El voto anticipado y el temor a una disputa por los resultados
La participación puede convertirse en otro elemento determinante. Más de 51 millones de estadounidenses habían votado por anticipado hasta el sábado, una cifra que apunta a una movilización elevada antes de la jornada electoral.
Este comportamiento suele beneficiar a los demócratas, cuyos simpatizantes han recurrido tradicionalmente con mayor frecuencia al voto adelantado. La oposición espera que esa participación le permita llegar al martes con una ventaja suficiente para disputar los distritos más ajustados.
Sin embargo, también existe preocupación por la posibilidad de que Trump cuestione un resultado desfavorable. Durante la campaña se han producido advertencias y amenazas dirigidas a responsables electorales, además de mensajes que ponen en duda la limpieza del proceso. El temor es que una derrota republicana desemboque en una nueva batalla política y judicial sobre el recuento de votos.
El presidente ha mantenido durante años una posición muy crítica con el voto por correo y otras modalidades de sufragio anticipado, aunque en esta campaña ha animado a sus propios seguidores a utilizarlas para no perder oportunidades de participación.
Las elecciones del 3 de noviembre no decidirán quién ocupa la Casa Blanca, pero sí pueden determinar cuánto poder conserva su actual inquilino. El verdadero examen será comprobar si el trumpismo sigue siendo una fuerza dominante en Estados Unidos o si empieza a mostrar las primeras grietas de una etapa de desgaste. @mundiario
