La tensión entre Irán, Estados Unidos e Israel vuelve a situarse en un punto crítico. El líder supremo iraní, Mojtaba Jameneí, ha ordenado a las Fuerzas Armadas responder de forma «inmediata, eficaz y sin límites geográficos» ante cualquier nueva amenaza o ataque. La advertencia, difundida el 31 de octubre por los canales oficiales iraníes, llega cuando distintos medios estadounidenses apuntan a que Washington podría reanudar sus operaciones militares contra la República Islámica a partir del 4 de noviembre, un día después de las elecciones de mitad de mandato.
No existe, por ahora, una confirmación oficial de que el presidente Donald Trump haya decidido atacar. El secretario de Estado, Marco Rubio, aseguró que la Administración no había tomado una decisión y que prefería resolver la crisis por medios pacíficos, aunque recordó que Estados Unidos conserva la capacidad de actuar militarmente. La distancia entre esa declaración y los preparativos que describen fuentes regionales constituye uno de los elementos centrales de la incertidumbre.
La advertencia de Jameneí no debe interpretarse únicamente como una amenaza de represalia convencional. Su formulación apunta a ampliar los posibles escenarios de respuesta, incorporar nuevos objetivos y evitar que Washington e Israel puedan considerar una operación limitada como una acción sin consecuencias fuera del territorio iraní.
La expresión utilizada por el líder supremo tiene una dimensión tanto militar como política. En el plano operativo, sugiere que Teherán no limitaría necesariamente sus represalias a Israel o a las bases estadounidenses situadas en Oriente Próximo. De hecho, la actualización de la lista de objetivos ordenada por Jameneí —que según el comunicado oficial incluiría activos «materiales e inmateriales» de Estados Unidos e Israel— deja abierta una definición amplia de los posibles blancos, una categoría que puede abarcar desde instalaciones militares e infraestructuras logísticas hasta activos energéticos e intereses vinculados a ambos países. Sin embargo, dado que el comunicado no identifica objetivos concretos ni establece que Irán haya decidido atacar territorio europeo, conviene distinguir entre la capacidad de proyectar una amenaza a mayor distancia, la intención real de utilizarla y una operación militar efectivamente planificada.
Teherán dispone de antecedentes que explican por qué la advertencia se toma en consideración. Durante la guerra iniciada el 28 de febrero por los bombardeos estadounidenses e israelíes, Irán lanzó miles de drones y misiles contra Israel, bases estadounidenses en países de la región y objetivos energéticos. También disparó un misil contra la base de Diego García, en el océano Índico, situada a unos 4.000 kilómetros de territorio iraní. El lanzamiento, aunque no logró alcanzar su objetivo, mostró que la capacidad de alcance iraní constituye un factor que los gobiernos europeos tampoco pueden ignorar.
La amenaza, no obstante, no demuestra por sí sola que Teherán tenga capacidad para ejecutar ataques eficaces contra cualquier punto del planeta. El alcance de un sistema de armas no equivale automáticamente a precisión, disponibilidad operativa o capacidad para superar las defensas de un adversario. La advertencia parece perseguir, sobre todo, un efecto disuasorio: hacer que Washington y Tel Aviv calculen las consecuencias de una nueva ofensiva más allá de sus objetivos inmediatos.
El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), con sede en Washington, interpreta las declaraciones de Jameneí como parte de un intento de disuadir a Estados Unidos e Israel de reanudar los ataques. La lectura encaja con la estrategia iraní de presentar cualquier nueva operación como el comienzo potencial de una confrontación regional más extensa.
La preparación militar y el mensaje de Mojtaba Jameneí
La reunión del 31 de octubre con los principales mandos militares añade relevancia a las palabras del líder supremo. Según el comunicado publicado en su portal oficial, en el encuentro participaron el jefe del Estado Mayor, general Alí Abdolahi; el comandante de la Guardia Revolucionaria, Ahmad Vahidi; y el jefe del Ejército, general Amir Hatami. Durante la sesión, los responsables castrenses informaron sobre el estado de preparación de las fuerzas desplegadas en las costas del golfo Pérsico, el estrecho de Ormuz, el mar de Omán y las fronteras noroccidentales y surorientales. Asimismo, Abdolahi aseguró que la fabricación de municiones y armamento de reconocimiento, apoyo y combate se ha multiplicado, un dato que coincide con otras informaciones difundidas por medios estatales, las cuales atribuyen a los mandos un incremento de hasta siete veces en la producción de material bélico.
Estas cifras proceden de fuentes oficiales iraníes y no cuentan, en la información facilitada, con una verificación independiente. Su difusión, sin embargo, cumple una función política: transmitir que el país ha aprovechado el periodo de interrupción de las hostilidades para reponer arsenales y reforzar su capacidad defensiva.
También resulta significativo que Jameneí no haya aparecido públicamente desde que asumió el liderazgo supremo el 8 de marzo, después de la muerte de su padre, Alí Jameneí, en los primeros bombardeos del 28 de febrero. La comunicación del régimen se articula así mediante declaraciones escritas, reuniones oficiales y mensajes de sus responsables políticos y militares. En un momento de incertidumbre sobre la cadena de mando y la situación interna del país, la difusión de estas reuniones busca proyectar continuidad institucional y control militar.
La posibilidad de una nueva ofensiva estadounidense tras las elecciones del 3 de noviembre ha ganado espacio en las informaciones de los últimos días, especialmente después de que MSNOW —citando a tres altos funcionarios de países árabes del Golfo— informara que Washington advirtió a sus aliados regionales que los ataques podrían comenzar tan pronto como el día 4.
Según estas fuentes, la operación sería «breve pero intensa»; sin embargo, la Administración Trump no ha confirmado dicho calendario. Al respecto, una fuente de la Casa Blanca declaró al medio que no comentaría planes militares sensibles que «pudieran o no existir», mientras que el Rubio insistió en que el presidente todavía no ha tomado una decisión definitiva.
Los países del Golfo observan la situación con preocupación. Sus gobiernos mantienen vínculos de seguridad con Washington, pero también conocen las consecuencias de convertirse en plataformas desde las que se lancen ataques contra Irán. Según MSNOW, algunos aliados podrían incluso oponerse al uso de sus bases militares para una nueva ofensiva, ante el riesgo de recibir represalias iraníes.
El portavoz militar iraní Mohammad Akraminia reforzó ese mensaje al advertir de que una nueva aventura militar estadounidense podría hacer que «las llamas de la guerra» se extendieran por una zona geográfica mucho mayor. El ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, también amenazó con una respuesta contundente contra quienes dañaran a la población iraní.
Más allá de los misiles y las bases militares, el estrecho de Ormuz continúa siendo uno de los puntos decisivos de la crisis. Por esa vía marítima transita una parte fundamental del comercio mundial de petróleo. Su bloqueo o una interrupción prolongada del tráfico tendría consecuencias inmediatas sobre los mercados energéticos, los costes del transporte y las economías dependientes de las importaciones de hidrocarburos.
Irán ha condicionado la reapertura del estratégico paso marítimo a una serie de exigencias dirigidas a Washington, entre las que destacan el levantamiento del bloqueo naval a sus puertos, la liberación de activos congelados, la retirada de sanciones y el cese de las hostilidades en Oriente Medio. Asimismo, Teherán plantea que los buques atraviesen la zona siguiendo una ruta acordada con Omán y bajo un mecanismo de gestión iraní.
En este contexto, según reporta Heraldo, el ministro Araghchi, ha señalado que su país podría aceptar una reapertura en un plazo de dos días —en contraste con los siete contemplados en una propuesta anterior—, una reducción de tiempos en la que se trabaja activamente con la mediación de Qatar. Sin embargo, dado que esta posibilidad sigue estrictamente vinculada a las demandas políticas y económicas formuladas por Irán, no se trata de una decisión incondicional ni de una garantía de normalización inmediata para el tráfico marítimo global.
Qatar intenta mantener abierta la negociación
La actividad diplomática continúa pese al endurecimiento del discurso militar. Una delegación qatarí llegó a Teherán para mantener contactos con las autoridades iraníes, después de más de doce horas de conversaciones previas y de intercambios con Washington. Qatar intenta recuperar el papel de mediador y evitar que la interrupción de las hostilidades desde el 1 de septiembre desemboque en una nueva guerra abierta.
La posible carta enviada por el vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, al responsable iraní de seguridad nacional, Mohsen Rezaei, se ha convertido en otro elemento de la negociación. Rezaei aseguró que el tono de la comunicación había cambiado y la calificó de señal positiva. Araghchi confirmó que Teherán había estudiado la misiva, aunque advirtió de que sería un error utilizarla únicamente para generar expectativas o confusión.
La interpretación estadounidense es menos clara. Donald Trump restó importancia a la carta y sostuvo que su autorización estaba relacionada con explorar la entrada de más suministros médicos en Irán. Esa diferencia entre las versiones refleja que todavía no existe un marco negociador compartido ni garantías de que los contactos puedan transformarse en un acuerdo.
En paralelo, Arabia Saudí y Egipto han expresado su preocupación por una segunda fase de la guerra. El viceministro saudí de Exteriores, Waleed ElKhereiji, defendió en el foro de seguridad de Manama el deseo regional de recuperar la paz. Su homólogo egipcio, Badr Abdelatty, advirtió de que una nueva ronda sería «más peligrosa, más destructiva» y no conduciría a ninguna solución.
La incógnita es hasta dónde estaría dispuesto a llevar esa estrategia. Una respuesta contra bases estadounidenses, objetivos israelíes o infraestructuras energéticas regionales ampliaría el conflicto, mientras que una acción contra intereses situados fuera de Oriente Medio supondría un salto cualitativo. La referencia a Europa y al sur del Cáucaso forma parte de las interpretaciones sobre el alcance de la amenaza, pero no existe en los comunicados citados una lista pública que confirme operaciones concretas en esos territorios. @mundiario
