UN CLAMOR DESDE LO MÁS PROFUNDO DEL ALMA

Por: Héctor E. Contreras.

hector.contreras26@gmail.com

Salmo 69:1-3.

El profeta Isaías escribió: Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido”, Isaías 53:3-4. Ocho siglos antes de Cristo, Isaías se refirió de una forma increíblemente certera a los hechos de la crucifixión; pero más importante aún, habló del propósito de la cruz. Cristo cargó algo más que nuestros pecados en su sufrimiento y muerte. La paga del pecado es muerte, pero Cristo no tenía que sufrir como lo hizo para expiar nuestras faltas. Ciertamente, la expiación de nuestros pecados constituye nuestra mayor necesidad, pero Dios, al enviar a su Hijo a sufrir y morir, proveyó más que una forma de escapar al juicio: Dispuso el inmediato inicio de una vida abundante, según lo declara el mismo Jesús en Juan 10:10.

El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado. Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; Y consoladores, y ninguno hallé. Me pusieron además hiel por comida, Y en mi sed me dieron a beber vinagre”, Salmo 69:20-21. Esta profecía se cumplió cuando Jesús, estando en la cruz, casi al morir: Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que se cumpliese la Escritura: Tengo sed. Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu”, Juan 19:28-30. Algunos eruditos de la Biblia han dicho que la vasija de vinagre era un vino barato que los soldados romanos bebían mientras esperaban que muriera el crucificado. Hasta ese momento, un sistema complicado de sacrificios se ofrecía por los pecados. El pecado separa al hombre de Dios y solo mediante el sacrificio de un animal, o un sustituto, la gente podía recibir el perdón de su pecado y llegar a obtener limpieza delante de Dios. 

Pero la gente pecaba continuamente, de modo que eran necesarios sacrificios frecuentes. Jesús, sin embargo, fue el sacrificio final y perfecto por el pecado. La palabra consumado es la misma que se traduce: cancelado”. Jesús vino a consumar la salvación que provenía de Dios. Jesús vino a pagar la deuda total de nuestros pecados. Con su muerte, el complejo sistema sacrificial terminaba de una vez y para siempre, porque Jesús cargó con todos nuestros pecados. Ahora podemos acercarnos con libertad a Dios y escapar de la muerte que lleva consigo el pecado. ¡Gloria a Dios por Jesucristo!

“Sálvame, oh Dios, Porque las aguas han entrado hasta el alma. Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie; He venido a abismos de aguas, y la corriente me ha anegado. Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido; Han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios”, Salmo 69:1-3. Un grito de angustia en un mar de problemas. Quizás suframos severamente debido a nuestra devoción por Dios, pero eso debe hacernos esperar con ilusión el día de gran gozo cuando el mal y la justicia se erradiquen para siempre. El salmo 69 es uno de los más citados en el Nuevo Testamento y a menudo se aplica al ministerio y sufrimiento de Jesús. Fue el mismo Jesús que dijo: Pero esto es para que se cumpla la palabra que está escrita en la ley: Sin causa me aborrecieron”, Juan 15:25. Y entonces David nos dice: “Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza los que me aborrecen sin causa; Se han hecho poderosos mis enemigos, los que me destruyen sin tener por qué. ¿Y he de pagar lo que no robé?”, Salmo 69:4. 

“Porque me consumió el celo de tu casa; Y los denuestos de los que te vituperaban cayeron sobre mí”, Salmo 69:9. Este verso describe el celo que David sentía por Dios. Cristo mostró gran celo cuando lanzó a los cambistas fuera del templo, Juan 2:14-17. David lloró hasta quedar físicamente exhausto, con la garganta seca y los ojos hinchados. Llora hasta no poder más y aún así seguía confiando en que Dios lo salvaría. Cuando nos sintamos devastados por la muerte o por la tragedia, no necesitamos desmayar, ni desesperar, ya que podemos volvernos a Dios y rogarle que nos ayude y nos salve. Las lágrimas seguirán corriendo, pero no no serán en vano. 

“Pero yo a ti oraba, oh Jehová, al tiempo de tu buena voluntad; Oh Dios, por la abundancia de tu misericordia, Por la verdad de tu salvación, escúchame”, Salmo 69:13. ¡Cuántos problemas enfrentó David! Se burlaron de él, lo escarnecieron, lo humillaron e hicieron objeto de la murmuración de toda la ciudad. Pero aún así, tuvo el valor de orar al Señor. Cuando nos vemos completamente humillados, somos tentados a apartarnos de Dios, a renunciar a todo y a dejar de confiar en él. Cuando tu situación parezca desesperada, debes determinar que sin importar cuán malas se vuelvan las cosas, tú debes confiar en él. Dios escuchará tu oración y te rescatará aunque te sientas como David cuando exclamó: Sálvame Dios, Porque las aguas han entrado hasta el alma”. ¡Alabado sea el Señor! Él te da las fuerzas para decir que puedes continuar. No te canses de clamar al que todo lo puede por medio de Cristo Jesús. 

“Clama  a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces”, Jeremías 33:3. Dios prometió a Jeremías que, si lo llamaba, no sólo le contestaría, sino que le revelaría “cosas grandes y ocultas”, las cuales no podrían conocerse de otra manera. Las promesas de Dios son para ti hoy. No importa el torrente de problemas que te abaten, sólo debes ir delante de Dios en el nombre de Jesucristo y de seguro obtendrás la victoria final.

Que la gracia de Dios Padre, de su Hijo Jesucristo y la comunión del Espíritu Santo, esté en cada vida, desde ahora y para siempre. ¡Amén!

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