Abelardo de la Espriella capitaliza el antipetrismo y promete un giro radical para Colombia

La elección de Abelardo de la Espriella como nuevo presidente de Colombia supone una de las mayores sacudidas políticas de la derecha en el país desde la irrupción de Álvaro Uribe en 2002. Con casi 13 millones de votos y una diferencia de apenas 245.000 sufragios sobre el candidato izquierdista Iván Cepeda, el abogado y empresario consiguió canalizar el descontento acumulado durante los cuatro años de Gobierno de Gustavo Petro y convertir el antipetrismo en una mayoría electoral suficiente para alcanzar la Casa de Nariño.

Sin embargo, el estrecho margen de victoria también dibuja una compleja gobernabilidad. De la Espriella llega al poder con un fuerte mandato para el cambio, pero sin una mayoría social incontestable que le permita imponer unilateralmente las transformaciones radicales prometidas durante la campaña.

Su primer discurso como presidente electo pareció reflejar esa realidad. Frente al tono combativo, polarizador y beligerante que caracterizó buena parte de su campaña, De la Espriella optó por un mensaje institucional, conciliador y centrado en la reconstrucción nacional. Prometió gobernar para todos los colombianos, incluidos quienes no votaron por él; garantizó respeto a la separación de poderes y rechazó la persecución política contra sus adversarios.

Durante la campaña, De la Espriella se presentó como el gran antagonista del proyecto político del oficialista Pacto Histórico. El candidato de ultraderecha construyó su candidatura sobre una narrativa de rescate nacional frente al deterioro institucional, económico y de seguridad del país. El mensaje resultó especialmente eficaz en amplios sectores sociales preocupados por la inseguridad, la crisis sanitaria, la incertidumbre económica y la creciente polarización política.

El éxito electoral de la marca Defensores de la Patria responde, en gran medida, a su capacidad para encarnar simultáneamente varias demandas sociales. Por un lado, representó el voto de castigo contra el Gobierno de Petro, pero también ofreció una promesa de orden y autoridad por el deterioro de la seguridad. Al mismo tiempo, apeló a sectores conservadores mediante un discurso centrado en los valores tradicionales, la familia, el mérito individual y el rechazo a las agendas culturales identificadas con el progresismo.

De la Espriella no tiene mayorías en el Congreso

Más que una adhesión homogénea a un programa ideológico concreto, la victoria de De la Espriella parece expresar una amplia coalición coyuntural unida por el rechazo al petrismo. Como ocurrió con la elección de Petro en 2022, muchos de sus votantes no necesariamente comparten todas las propuestas del nuevo mandatario. Una parte importante acudió a las urnas para impedir la continuidad política del actual oficialismo, en lugar de respaldar íntegramente un proyecto de transformación ultraconservadora.

Ese dato puede resultar determinante para la gobernabilidad, toda vez que De la Espriella se negó a recibir el apoyo de los partidos tradicionales, que no de algunos de sus políticos y las casas familiares que mueven los hilos en la política regional, como la Costa Caribe. La campaña de De la Espriella estuvo marcada por una estrategia altamente emocional, apoyada en las redes sociales, la comunicación digital y una fuerte personalización del liderazgo. El ahora presidente electo logró presentarse como un outsider capaz de desafiar tanto al petrismo como a las estructuras tradicionales de la derecha colombiana.

De la Espriella, además, carece de una base propia de escaños en el Congreso, y deberá partir del apoyo de la bancada de Movimiento Salvación Nacional (MSN) que encumbró sus listas al Parlamento, así como mantener relaciones cordiales con el Centro Democrático (CD), cuyos militantes arrebató a la candidata Paloma Valencia en primera vuelta. También podría sumar a su favor las estructuras orgánicas del Partido Conservador, el Partido Liberal, el derechista Cambio Radical en su conjunto, los partidos evangélicos Justa Libres y Mira, así como un sector del Partido de la U.

Paradójicamente, aunque durante años mantuvo vínculos con diversos sectores del poder como el propio Uribe, la candidatura de De la Espriella terminó vehiculando el hartazgo ciudadano hacia el establishment. Su triunfo rompe además varias inercias históricas. Llega a la Presidencia sin depender orgánicamente de los partidos tradicionales, sin grandes compromisos con los aparatos políticos regionales y apoyado más por liderazgos mediáticos, influenciadores y figuras públicas que por maquinarias partidistas clásicas.

Restrepo, un superministro

Esa autonomía le concede una notable libertad de acción, pero también implique un elevado nivel de incertidumbre sobre el rumbo de su administración. El interrogante central es si De la Espriella gobernará desde la lógica del populismo de confrontación que impulsó su ascenso electoral o si optará por un ejercicio más pragmático y moderado del poder.

Las limitaciones institucionales apuntan hacia la segunda opción. Colombia afronta una delicada crisis fiscal, un Congreso fragmentado, una oposición robusta y unas instituciones judiciales con amplio margen de actuación. Además, la escasa diferencia electoral obliga al nuevo mandatario a administrar un país profundamente dividido.

La elección del economista José Manuel Restrepo como vicepresidente puede anticipar una gestión más tecnocrática y orientada a generar confianza económica e inversión internacional. Su anunciado protagonismo en áreas estratégicas como Hacienda, Infraestructura, Energía y Relaciones Exteriores apunta hacia una estructura de poder menos personalista de lo que algunos sectores anticipaban.

En cualquier caso, la victoria de De la Espriella confirma una tendencia que arrastra a América Latina bajo la influencia de EE UU y que también se materializa en Europa: el ascenso de nuevas derechas populistas capaces de capitalizar el malestar social, el desgaste de los partidos tradicionales y la polarización política. @mundiario