La guerra de Yemen vuelve a colocar a Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos ante un problema que durante años intentaron administrar juntos y que terminó provocando una de sus mayores rupturas regionales. El avance de los hutíes hacia el sur, la presión sobre el estratégico estrecho de Bab el Mandeb y el debilitamiento de las fuerzas favorables al Gobierno reconocido internacionalmente han cambiado las prioridades de Riad: ahora necesita evitar que la fractura con Abu Dabi termine convirtiéndose en una ventaja decisiva para sus adversarios.
La cuestión ya no es únicamente militar. También es política. Arabia Saudí y Emiratos intervinieron conjuntamente en Yemen en 2015 para combatir a los hutíes y respaldar al Gobierno reconocido internacionalmente, pero con el paso de los años desarrollaron proyectos diferentes. Riad defendía la unidad territorial de Yemen como elemento esencial para su seguridad fronteriza; Abu Dabi estableció vínculos estrechos con las fuerzas sureñas partidarias de una mayor autonomía o incluso de la independencia.
Esa diferencia terminó estallando en enero de 2026, cuando las fuerzas del Consejo de Transición del Sur (STC), alineadas con Emiratos, fueron atacadas y derrotadas por fuerzas respaldadas por Arabia Saudí. El episodio provocó la salida efectiva de Emiratos del conflicto y convirtió la relación entre las dos potencias del Golfo en uno de los principales obstáculos para recomponer el frente anti-hutí.
La ofensiva hutí ha alterado rápidamente el mapa militar. Las fuerzas vinculadas al movimiento respaldado por Irán han avanzado por la costa del mar Rojo y han alcanzado posiciones próximas a Bab el Mandeb, uno de los principales puntos de estrangulamiento marítimo del planeta.
La importancia del estrecho supera con mucho las fronteras de Yemen. Bab el Mandeb conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y constituye una ruta fundamental para el comercio internacional y para los movimientos energéticos entre Europa, Oriente Próximo y Asia.
Para Arabia Saudí existe además una dimensión directa de seguridad. Los hutíes han atacado territorio saudí con misiles y drones y han amenazado rutas marítimas relacionadas con los intereses del reino. Durante la actual escalada, el movimiento ha declarado restricciones sobre determinados tráficos vinculados con Arabia Saudí y ha incrementado la presión sobre infraestructuras y rutas energéticas.
El avance hacia el sur ha tenido otro efecto colateral: las fuerzas que anteriormente contaban con apoyo emiratí han quedado expuestas, provocando un rápido retroceso de las Fuerzas de Resistencia Nacional dirigidas por Tareq Saleh, mientras los hutíes intentan consolidar sus posiciones y avanzar hacia Taiz. Esta escalada bélica ha tenido un costo humano devastador; de hecho, la Organización Mundial de la Salud ha contabilizado 838 muertos y 3.643 heridos entre el 6 de agosto de 2025 y el 26 de septiembre de 2026. Si bien esta cifra no diferencia entre combatientes y civiles, refleja con claridad la magnitud y gravedad de esta nueva fase de violencia.
¿Por qué Arabia Saudí necesita a Emiratos?
La respuesta se encuentra en la estructura de las fuerzas que combaten a los hutíes. El frente contrario a los rebeldes nunca ha sido completamente homogéneo. Incluye al Gobierno reconocido internacionalmente, fuerzas vinculadas a diferentes dirigentes locales y grupos sureños con objetivos propios.
Las unidades conocidas como Brigadas Gigantes, entrenadas y apoyadas durante años por Emiratos, figuran entre las fuerzas sureñas con mayor capacidad militar. Para Riad, recuperar algún grado de coordinación con Abu Dabi podría servir para evitar que estas unidades queden al margen de una estrategia común precisamente cuando los hutíes están intentando aprovechar las divisiones existentes.
Sin embargo, esto no significa que Arabia Saudí pretenda restaurar exactamente la alianza militar de 2015. De hecho, varios analistas citados por el Financial Times y otros medios internacionales han señalado que Riad probablemente no busca que Emiratos Árabes Unidos regrese de forma directa a la guerra, sino que gestione a las facciones sureñas para impedir que sus diferencias con el Gobierno reconocido internacionalmente debiliten el frente anti-hutí.
El obstáculo más complicado continúa siendo el STC, un grupo que defiende la independencia del antiguo Yemen del Sur, mientras que Arabia Saudí considera que la fragmentación del país podría crear un escenario de seguridad todavía más peligroso. Desde la perspectiva saudí, un Yemen dividido dejaría a los hutíes consolidando el control del norte y permitiría que una nueva entidad sureña mantenga relaciones propias con otras potencias regionales; para Riad, esto supondría lidiar con una frontera meridional más difícil de controlar y con un vecino fragmentado durante años.
Para los defensores de la causa sureña, en cambio, existe una pregunta diferente: ¿por qué deberían combatir para restaurar un Estado yemení unificado si ese Estado no ofrece ninguna garantía sobre el futuro político del sur? El exministro de Exteriores yemení Khaled Alyemany, partidario de la causa sureña, ha defendido precisamente ese argumento. A su juicio, las fuerzas sureñas necesitan un horizonte político para aceptar una guerra prolongada contra los hutíes.
La reunión de Riad abre una puerta
En este contexto adquiere especial importancia la reunión mantenida en Riad entre el príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman, y el vicepresidente emiratí, Sheikh Mansour bin Zayed Al Nahyan —hermano del presidente Mohamed bin Zayed—, un encuentro en el que también participó el ministro saudí de Defensa, el príncipe Khalid bin Salman. Según informó la agencia oficial saudí SPA, las conversaciones estuvieron centradas en el fortalecimiento de las relaciones bilaterales y en el análisis de los acontecimientos regionales.
La reunión supone una señal política significativa al constituir uno de los primeros contactos públicos de alto nivel desde que la disputa sobre Yemen se deterioró abiertamente. Si bien este encuentro no demuestra por sí solo que ambos países hayan resuelto sus diferencias, sí indica que el nuevo avance hutí ha creado un incentivo común para reducir la confrontación.
En paralelo, Washington ha presionado discretamente para que Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos superen sus diferencias y permitan establecer una estructura militar más coordinada que pueda incorporar a las Brigadas Gigantes. No obstante, cualquier arquitectura que implique a Israel resultaría mucho más compleja para Riad; de hecho, se ha planteado incluso la utilización de inteligencia y empresas privadas de seguridad israelíes, una opción especialmente sensible para Arabia Saudí debido a sus profundas implicaciones políticas y regionales.
Abu Dabi tampoco tiene necesariamente interés en repetir la intervención de 2015; de hecho, Emiratos Árabes Unidos retiró sus fuerzas tras la crisis con Arabia Saudí y ha desarrollado una política exterior mucho más orientada hacia sus propios intereses económicos y de seguridad. Sin embargo, este repliegue militar en Yemen no significa que haya perdido influencia sobre sus aliados locales, y es precisamente por eso que Riad necesita mantener un canal de comunicación abierto con Abu Dabi.
El mayor peligro para Arabia Saudí es que la guerra termine reproduciendo el problema que ha caracterizado al conflicto desde sus primeras fases: un enemigo relativamente cohesionado frente a un campo contrario fragmentado. De este modo, los hutíes podrían aprovechar las diferencias entre el Gobierno reconocido internacionalmente, los separatistas sureños y las distintas fuerzas locales, ya que si las disputas internas continúan, recuperar territorio se convertirá en una tarea mucho más difícil, incluso contando con superioridad aérea y apoyo financiero saudí.
El Parlamento del Gobierno reconocido internacionalmente ya ha aprobado una movilización general ante el deterioro de la situación; sin embargo, movilizar más combatientes no resuelve automáticamente los problemas de mando, objetivos políticos y coordinación territorial. De hecho, la experiencia de los últimos años demuestra que el conflicto yemení no se reduce a ganar o perder batallas, sino que cada avance militar modifica de manera directa el equilibrio entre los grupos que aspiran a controlar el país. @mundiario
