La campaña presidencial de Colombia se acerca al ecuador. A menos de dos semanas de la segunda vuelta electoral, la confrontación entre los candidatos de la izquierda radical Iván Cepeda y el ultraderechista Abelardo de la Espriella ha dejado de centrarse exclusivamente en propuestas, modelos de país o estrategias de gobierno para desplazarse hacia un terreno mucho más sensible, la seguridad y la lacra de la violencia política.
Las acusaciones cruzadas sobre supuestos autoatentados representan un episodio excepcional incluso para los estándares de una campaña caracterizada por la dureza del discurso público. Primero fue Cepeda quien aseguró que recibió información según la cual desde el entorno de De la Espriella se estaría preparando un supuesto “montaje” destinado a fabricar un “autoatentado controlado” para disparar sus simpatías entre el electorado.
“Ante esta circunstancia, anuncio que pondré en conocimiento de este hecho a la Fiscalía General de la Nación para que adelante las verificaciones del caso”, ha dicho el candidato del Pacto Histórico, para después indicar que trasladará esos reportes a la Unidad Nacional de Protección (UNP), para que refuerce la seguridad de su rival de ser necesario.
Poco después, el candidato ultraconservador respondió afirmando que a su equipo había llegado exactamente la misma información, aunque apuntando en dirección contraria. “A nuestra campaña ha llegado la misma información: que estás preparando un autoatentado. Por responsabilidad, no he querido especular ni convertir rumores en noticias, porque con la seguridad no se juega y porque Colombia ya ha pagado un precio demasiado alto por la violencia política”, ha reprochado De la Espriella sobre Cepeda, a quien acusó de estar desesperado y de recurrir a “cualquier estrategia” para desviar la atención “del debate de fondo”.
Dos aspirantes a la Presidencia, en las antípodas ideológicas, denuncian la posibilidad de una maniobra violenta sin aportar públicamente evidencias verificables y remiten la cuestión a las autoridades. Más allá de la veracidad o falsedad de las informaciones que dicen haber recibido, el rifirrafe en redes sociales apunta a que la desconfianza se ha instalado en el corazón de la disputa política colombiana.
El aniversario del asesinato de Uribe Turbay
La gravedad del momento no puede entenderse sin el contexto histórico del país. Colombia arrastra una memoria colectiva traumatizada por asesinatos de candidatos, atentados contra líderes políticos y campañas electorales condicionadas por amenazas. Esa experiencia histórica convierte cualquier referencia a posibles ataques en un asunto especialmente delicado.
Además, el intercambio se produce apenas un año después del asesinato del precandidato Miguel Uribe Turbay, un hecho que dejó una profunda huella en la historia colombiana contemporánea y reforzó la percepción de vulnerabilidad de quienes participan en la vida política. Desde entonces, la seguridad de los candidatos ha adquirido una relevancia inédita. Equipos de protección reforzados, escudos antibalas, sistemas antidrones y protocolos extraordinarios se han convertido en parte habitual de la campaña.
En este contexto, las acusaciones mutuas tienen un impacto que trasciende a los propios candidatos. Alimentan la sensación de que la contienda electoral se desarrolla bajo una atmósfera de sospecha permanente, donde cualquier incidente puede convertirse inmediatamente en un elemento de confrontación política.
La situación también refleja una tendencia observable en numerosos procesos electorales contemporáneos: la creciente dificultad para separar la lucha política de la batalla narrativa. Mientras tanto, la campaña sigue avanzando en medio de una creciente polarización. La discusión pública corre el riesgo de quedar absorbida por las acusaciones, dejando en segundo plano los debates sobre economía, seguridad, empleo, reformas sociales o política exterior que deberían ocupar el centro de una elección presidencial.
La segunda vuelta del próximo 21 de junio decidirá quién gobernará Colombia durante los próximos años. Sin embargo, el desarrollo de estos últimos días también pondrá a prueba algo igualmente importante: la capacidad de las instituciones, los partidos y los propios candidatos para preservar un clima democrático en el que las diferencias se resuelvan exclusivamente en las urnas y no bajo la sombra permanente de la violencia. @mundiario
