Cisma nórdico por Ucrania: una llamada a Putin fragmenta el bloque más fiel a Kiev

La guerra de Ucrania ha abierto una diferencia política entre cuatro países nórdicos que, hasta ahora, habían mantenido posiciones muy próximas en su respaldo a Kiev. El presidente finlandés, Alexander Stubb, y el primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre, hablaron por teléfono con Vladímir Putin para reclamar el fin de la invasión rusa y promover negociaciones capaces de conducir a un acuerdo estable. La iniciativa provocó una respuesta crítica de sus homólogos de Dinamarca y Suecia, Mette Frederiksen y Ulf Kristersson, que cuestionaron tanto la oportunidad del contacto como la falta de coordinación con los demás socios europeos.

Stubb describió la conversación como «franca y sustancial» y defendió la necesidad de mantener un canal directo con Moscú. «El desenlace de esta guerra tendrá un impacto directo en nuestra seguridad y en la del conjunto de Europa. Poner fin a la guerra requiere conversaciones directas», afirmó. Støre, por su parte, explicó que ambos dirigentes habían subrayado la importancia de la desescalada y el coste humano y material del conflicto.

La singularidad de la llamada no reside únicamente en que dos dirigentes europeos hayan hablado con Putin, sino en que lo hayan hecho mientras persisten profundas discrepancias sobre las condiciones de una paz aceptable. También evidencia una cuestión estratégica: cómo puede Europa influir en el desenlace de la guerra si las principales iniciativas diplomáticas avanzan bajo el impulso de Washington y sin una posición europea plenamente coordinada.

Helsinki y Oslo precisaron que sus mandatarios actuaron como «representantes» de sus respectivos países y no en nombre de la Unión Europea. Aunque los responsables europeos conocían de antemano la intención de realizar dicho contacto, eso no significa que existiera un mandato común ni un acuerdo de todos los gobiernos sobre su contenido. En este contexto, la reacción más contundente llegó de la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, quien expresó su escepticismo ante una iniciativa que, según sostuvo, no había sido coordinada con los demás socios; su argumento central es que Rusia continúa atacando Ucrania y que no existen señales suficientes para concluir que el Kremlin esté dispuesto a aceptar una salida negociada en condiciones compatibles con la seguridad europea.

«No sé qué creen esos dos países que pueden conseguir con esto», afirmó Frederiksen, que defendió la necesidad de mantener la unidad continental. La primera ministra estableció además un paralelismo con anteriores iniciativas diplomáticas unilaterales, como el viaje del entonces primer ministro húngaro, Viktor Orbán, a Moscú, una referencia que refleja el temor de que las gestiones individuales permitan al Kremlin explotar las diferencias entre sus adversarios.

La objeción danesa no implica necesariamente un rechazo absoluto a cualquier diálogo con Rusia. Su preocupación se centra en las condiciones políticas del contacto: quién negocia, con qué objetivos y con qué coordinación respecto a Ucrania y los demás países europeos. Desde esa perspectiva, una conversación sin resultados verificables podría conceder a Moscú una oportunidad diplomática sin obtener a cambio compromisos concretos.

El primer ministro sueco, Ulf Kristersson, adoptó un tono menos duro, pero compartió parte de las reservas. «Mi impresión es que todo el mundo quiere la paz salvo Putin», señaló, al tiempo que reconoció que las conversaciones capaces de acercar a Rusia a una paz aceptable para Ucrania serían positivas. Su advertencia se centró en el riesgo de que los contactos terminen dividiendo la posición europea. También el primer ministro polaco, Donald Tusk, pidió a sus interlocutores prudencia y vigilancia. Las reacciones muestran que la controversia va más allá de una diferencia entre vecinos: afecta al modo en que los gobiernos europeos pretenden combinar el apoyo militar a Kiev, las sanciones contra Moscú y la búsqueda de una salida negociada.

Finlandia y Noruega alegan razones de seguridad geográfica

La decisión de Stubb y Støre se entiende, en parte, por la posición geográfica de sus países. Finlandia comparte una extensa frontera terrestre con Rusia, mientras Noruega limita con territorio ruso en el extremo norte. Para ambos gobiernos, la evolución de la guerra no es una cuestión exclusivamente relacionada con el futuro de Ucrania, sino un factor que afecta de forma directa a su defensa, a la seguridad del mar Báltico y a la estabilidad del norte de Europa.

Esa proximidad puede explicar el interés en disponer de información directa sobre las intenciones del Kremlin y en evitar que las decisiones sobre el futuro del conflicto se adopten sin tener en cuenta las preocupaciones de los países más expuestos. Sin embargo, la geografía no elimina las diferencias sobre la estrategia diplomática. Precisamente por su cercanía a Rusia, Finlandia y Noruega también tienen incentivos para evitar que una negociación produzca un acuerdo que deje sin resolver los riesgos de seguridad a largo plazo.

Ambos dirigentes insistieron en que su conversación no suponía un abandono del respaldo a Ucrania; de hecho, tras hablar con Putin, contactaron con el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, quien agradeció el apoyo y la información recibida. Según los mensajes difundidos por los participantes, el objetivo era contribuir a los esfuerzos diplomáticos «sin negociar a espaldas» de Kiev, bajo la premisa de que abrir un canal con Moscú no equivale por sí mismo a aceptar las condiciones rusas. De este modo, la cuestión decisiva será si el contacto permite obtener compromisos concretos o si, por el contrario, se limita a intercambiar posiciones que ya eran conocidas.

El resumen difundido por el Kremlin no apuntó a un cambio sustancial en la postura rusa. Según la versión de Moscú, Putin sostuvo que una paz duradera exige tener en cuenta «plena e incondicionalmente los intereses legítimos de la Federación Rusa». El comunicado también responsabilizó a las políticas de la Unión Europea y de la OTAN de prolongar las hostilidades, una interpretación que los gobiernos occidentales rechazan.

El ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, afirmó posteriormente que la conversación no había aportado novedades sobre el conflicto y sostuvo que los países europeos buscaban recuperar protagonismo en el proceso negociador. En consecuencia, la distancia entre las posiciones sigue siendo considerable; mientras Rusia mantiene sus exigencias de seguridad y sus condiciones para terminar las hostilidades, Ucrania defiende su soberanía y reclama garantías que impidan una nueva agresión. Las conversaciones, por tanto, se desarrollan sobre una base en la que todavía no existe un acuerdo público acerca de los términos fundamentales para alcanzar la paz.

La llamada puede servir para transmitir mensajes y aclarar prioridades, pero no constituye por sí sola un avance negociador. Para medir su eficacia será necesario comprobar si se traduce en compromisos sobre el cese de los ataques, mecanismos de verificación, garantías de seguridad o un calendario de conversaciones.

EE UU impulsa nuevas negociaciones y Europa teme quedar al margen

La iniciativa de Finlandia y Noruega también se produce en un contexto de mayor actividad diplomática estadounidense. La Administración de Donald Trump ha impulsado contactos destinados a acercar a las partes, mientras los gobiernos europeos tratan de conservar influencia sobre una negociación cuyo resultado afectará directamente a su seguridad.

La llamada estuvo precedida por contactos diplomáticos en Oslo con el enviado estadounidense Steve Witkoff. También se enmarca en los preparativos de una nueva ronda de conversaciones entre representantes de Ucrania, Estados Unidos y Rusia, prevista para noviembre en Abu Dabi, de acuerdo con los anuncios citados por las partes. Moscú indicó que esa cita se centraría especialmente en las medidas de seguridad para Rusia y Ucrania después de un cese completo de las hostilidades.

El temor europeo es que Washington y Moscú alcancen entendimientos que después condicionen las decisiones de Kiev y de los países que han sostenido su defensa. Ante ese escenario, abrir una vía propia puede interpretarse como un intento de evitar la irrelevancia diplomática. Pero actuar por separado también entraña el riesgo de transmitir mensajes contradictorios y reducir la capacidad de negociación colectiva.

Bruselas mantuvo una posición prudente. La Comisión Europea señaló que tomaba nota del contacto y reiteró su apoyo a los esfuerzos para alcanzar una paz justa y duradera con Ucrania. Esa reacción refleja una diferencia entre respaldar el objetivo general de negociar y aprobar cada iniciativa concreta utilizada para conseguirlo.

La disputa entre Finlandia, Noruega, Dinamarca y Suecia no demuestra por sí sola que el bloque nórdico haya abandonado su posición común frente a Rusia. Los cuatro países continúan figurando entre los socios que respaldan a Ucrania y defienden medidas de presión contra Moscú. Lo que ha quedado expuesto es una discrepancia sobre el método: unos consideran necesario explorar canales directos para influir en el proceso; otros temen que esos contactos debiliten la unidad que ha sustentado la respuesta europea. @mundiario