Cuba, los drones y el riesgo de una nueva escalada: la isla atrapada entre la supervivencia y la geopolítica

La nueva crisis entre Estados Unidos y Cuba alrededor de la supuesta adquisición de drones militares de Rusia e Irán revela mucho más que un simple episodio de tensión diplomática. En realidad, funciona como el síntoma visible de una transformación geopolítica más profunda: el regreso de Cuba al tablero estratégico de las grandes rivalidades internacionales en uno de los momentos más delicados de su historia reciente.

Las declaraciones del presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, reivindicando el “derecho absoluto y legítimo” de la isla a defenderse frente a una eventual agresión estadounidense, llegan en un contexto especialmente explosivo. La Habana no solo atraviesa una crisis económica devastadora; vive además una combinación de agotamiento institucional, deterioro energético y creciente dependencia exterior que condiciona cualquier movimiento político o militar.

El problema para Cuba es que la cuestión de los drones aparece precisamente cuando Washington vuelve a mirar al Caribe con una lógica de seguridad nacional propia de otras épocas. La información publicada por Axios, basada en fuentes de inteligencia estadounidenses, sobre posibles drones con capacidad militar vinculados a Irán y Rusia cerca de territorio norteamericano, conecta automáticamente con los viejos reflejos estratégicos de EE UU. Y en política exterior estadounidense, especialmente en años electorales, Cuba nunca es un asunto menor.

Cuba reivindica su derecho a defenderse mientras EE UU endurece la presión. La crisis energética y económica agrava la vulnerabilidad política de la isla

La Habana insiste en que no representa amenaza alguna y que no posee intenciones ofensivas contra Estados Unidos. Formalmente, el argumento cubano tiene base jurídica: cualquier Estado soberano puede desarrollar capacidades defensivas bajo el amparo de la Carta de Naciones Unidas. El problema no es únicamente legal. Es político, histórico y psicológico.

Para Washington, la combinación entre Cuba, Irán y Rusia activa todas las alarmas posibles. Más aún cuando la rivalidad global entre Washington, Moscú y Pekín ha entrado en una nueva fase de confrontación tecnológica y militar. La isla vuelve así a ocupar una posición simbólica desproporcionada respecto a su peso económico real.

Pero reducir la situación cubana a un simple pulso geopolítico sería ignorar la dimensión interna del drama. Cuba vive hoy probablemente el mayor deterioro estructural desde el llamado Período Especial posterior a la caída de la Unión Soviética. Los apagones de más de 24 horas se han convertido en una imagen recurrente de un país cuya infraestructura energética se encuentra al borde del colapso. Las centrales térmicas funcionan en condiciones críticas, el acceso a combustible depende cada vez más de aliados externos y la inflación erosiona salarios y pensiones hasta límites insoportables para millones de ciudadanos.

En ese contexto, la figura de Díaz-Canel aparece atrapada entre dos realidades contradictorias. Oficialmente, es el máximo dirigente político del país. Pero la percepción, tanto dentro como fuera de Cuba, es que el núcleo duro del poder continúa orbitando alrededor de la estructura construida durante décadas por Raúl Castro y las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Esa dualidad explica parte de las limitaciones del actual presidente para impulsar reformas profundas o redefinir el modelo económico.

La transición generacional que debía representar Díaz-Canel nunca terminó de consolidarse como un verdadero relevo político. Más bien ha funcionado como una administración de continuidad en medio de circunstancias extraordinariamente adversas: pandemia, endurecimiento de sanciones, colapso del turismo, emigración masiva y pérdida progresiva de capacidad productiva.

Tampoco puede ignorarse la responsabilidad histórica del sistema cubano en el deterioro actual. Durante décadas, la concentración absoluta del poder político y económico impidió la aparición de espacios autónomos de riqueza, iniciativa privada o pluralismo social capaces de amortiguar las crisis. El modelo priorizó la preservación del control estatal por encima de la apertura económica real. Y hoy esa decisión pesa enormemente sobre la vida cotidiana de los cubanos.

La política de sanciones ha contribuido decisivamente al aislamiento financiero cubano y ha agravado las dificultades de acceso a inversiones, crédito y comercio internacional

Ahora bien, también sería intelectualmente deshonesto ignorar el impacto del embargo estadounidense —o bloqueo, según la terminología utilizada desde La Habana— sobre la economía de la isla. La política de sanciones ha contribuido decisivamente al aislamiento financiero cubano y ha agravado las dificultades de acceso a inversiones, crédito y comercio internacional. A estas alturas, la discusión ya no debería centrarse en si el embargo afecta o no: la evidencia demuestra que sí lo hace. La verdadera cuestión es si décadas de presión han logrado los objetivos políticos perseguidos por Washington. Y la respuesta parece claramente negativa.

El endurecimiento impulsado por sectores republicanos próximos a Marco Rubio mantiene enorme influencia sobre la política hacia Cuba. El exilio cubano en Florida continúa siendo un factor electoral clave para el Partido Republicano y para cualquier aspiración presidencial futura dentro de ese espacio político. En ese contexto, la idea de una nueva Cuba sin estructuras heredadas del castrismo forma parte de un proyecto político mucho más amplio que trasciende la isla.

Mientras tanto, el presidente estadounidense Donald Trump vuelve a situar la confrontación con adversarios ideológicos como uno de los ejes de su discurso internacional. La presión sobre Cuba encaja perfectamente en esa narrativa. Sin embargo, el principal riesgo es que ambos gobiernos terminen atrapados por sus propias dinámicas internas. La Habana utiliza la amenaza externa como elemento de cohesión política y legitimación nacionalista. Washington recurre periódicamente al endurecimiento frente al régimen cubano como mensaje de firmeza geopolítica y doméstica. Entre ambos discursos queda una población exhausta, marcada por la emigración, la precariedad y la incertidumbre permanente.

Por eso las palabras de Díaz-Canel sobre un eventual “baño de sangre” no deberían interpretarse únicamente como retórica propagandística. La historia demuestra que cualquier escalada en el Caribe puede adquirir dimensiones imprevisibles. Y aunque hoy el escenario dista mucho de la Crisis de los Misiles de 1962, el deterioro acumulado en Cuba convierte cualquier error de cálculo en un factor potencialmente desestabilizador para toda la región.

Entre la resistencia y el agotamiento

La gran paradoja es que ni Estados Unidos parece capaz de provocar un cambio político estable mediante presión máxima, ni el régimen cubano parece tener herramientas para ofrecer prosperidad y esperanza a una sociedad cada vez más desgastada. Cuba continúa así suspendida entre la resistencia y el agotamiento, entre la soberanía reivindicada y la dependencia real, entre la épica revolucionaria y una crisis material que ya resulta imposible ocultar.

Y quizá ahí resida la verdadera tragedia de la isla: en que el debate sobre drones, amenazas militares o rivalidades geopolíticas termina eclipsando lo esencial. La vida cotidiana de millones de cubanos se ha convertido en una lucha constante por la electricidad, los alimentos, el transporte o el futuro. Ninguna estrategia internacional será sostenible mientras esa realidad siga agravándose. @mundiario