La decisión de Vladímir Putin de simplificar el acceso a la ciudadanía rusa para los habitantes de Transnistria ha provocado una inmediata reacción de alarma en Moldavia y Ucrania. Lo que Moscú presenta como una medida “humanitaria” ha sido interpretado en Chisináu como un nuevo episodio de la estrategia de “pasaportización” que el Kremlin ha utilizado durante años para reforzar su influencia sobre territorios separatistas y justificar posteriormente intervenciones políticas, militares o diplomáticas.
La medida afecta a la región separatista moldava de Transnistria, un enclave prorruso situado en la frontera con Ucrania que escapó al control de Chisináu tras la guerra de comienzos de los años noventa. Desde entonces, el territorio vive bajo protección militar rusa, con unos 1.500 soldados desplegados permanentemente y una dependencia económica casi absoluta de Moscú. Aunque ningún país miembro de la ONU reconoce formalmente su independencia, Transnistria funciona de facto como un Estado paralelo.
El nuevo decreto firmado por Putin elimina varios de los requisitos habituales para obtener la ciudadanía rusa. Los residentes de Transnistria ya no tendrán que demostrar residencia previa en Rusia, conocimientos del idioma o superar exámenes de historia y legislación rusa. El proceso podrá realizarse directamente a través de consulados y oficinas diplomáticas rusas.
La presidenta moldava, Maia Sandu, reaccionó con dureza y sugirió que detrás de la medida existe un cálculo militar relacionado con Ucrania. “Probablemente quieren a más gente para enviarla a la guerra de Ucrania”, afirmó durante una conferencia celebrada en Estonia. La mandataria moldava considera que Moscú intenta aumentar el número de ciudadanos rusos en el enclave para consolidar su capacidad de presión regional y reforzar un posible instrumento de movilización humana para la guerra.
Sandu fue todavía más lejos al advertir sobre el trasfondo político del decreto. “Probablemente sea una forma de volver a amenazarnos, porque a Rusia no le gustan las medidas que hemos estado tomando sobre la reintegración en los sectores económico y financiero. La población de la región de Transnistria tiene que pensárselo dos veces”. Sus declaraciones reflejan la creciente preocupación del Gobierno moldavo por el uso político que Rusia hace de las minorías rusófonas en el espacio postsoviético.
La reacción de Volodímir Zelenski fue igual de contundente. El presidente ucraniano sostuvo que la medida equivale a que “Rusia designe el territorio de Transnistria como si fuera propio”. Kiev considera que este tipo de decretos forman parte de una estrategia más amplia de legitimación territorial. El precedente preocupa especialmente porque Rusia utilizó mecanismos similares en Crimea, Donbás, Abjasia y Osetia del Sur antes o durante sus intervenciones militares.
La llamada “pasaportización” se ha convertido en una de las herramientas geopolíticas más características del Kremlin desde finales de los años 2000. Moscú concede ciudadanía rusa masivamente en territorios separatistas o zonas bajo influencia prorrusa y posteriormente utiliza la supuesta protección de esos ciudadanos como argumento político o militar. El temor de Moldavia es que Transnistria entre ahora en esa misma lógica.
La inquietud aumenta además por el contexto internacional. Hace apenas unos días, la Duma rusa aprobó una ampliación de las competencias de Putin para desplegar tropas en el extranjero con el objetivo de “proteger” ciudadanos rusos. En combinación con la expansión acelerada de pasaportes rusos en regiones separatistas, la señal preocupa tanto en Chisináu como en varias capitales europeas.
Moldavia observa la situación con especial sensibilidad porque su margen estratégico es limitado. El país aspira a entrar en la Unión Europea antes de 2030 y ha acelerado su aproximación a Occidente desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania. Sin embargo, sigue siendo extremadamente vulnerable en el plano energético, económico y militar. Además, comparte frontera con Ucrania y alberga en su propio territorio una región separatista respaldada por Rusia.
La guerra de Ucrania ha multiplicado esas tensiones. Desde 2022, Moldavia ha sufrido incidentes relacionados con misiles rusos que atravesaron su espacio aéreo, crisis energéticas derivadas de los recortes de gas ruso y campañas de desestabilización política atribuidas a sectores prorrusos. Chisináu interpreta que el movimiento de Putin sobre Transnistria forma parte de esa presión híbrida constante.
Paradójicamente, Maia Sandu asegura que la invasión rusa de Ucrania también ha provocado el efecto contrario entre muchos habitantes del enclave separatista. “Desde que empezó la guerra de Ucrania, la mayoría de los habitantes de la región ha obtenido la nacionalidad moldava porque se sentían más seguros teniendo la ciudadanía de la República de Moldavia y no la de Rusia”, declaró.
La afirmación refleja que parte de la población percibe la ciudadanía moldava como una garantía de estabilidad y acceso a Europa frente a la incertidumbre asociada al conflicto.
Mientras tanto, el Gobierno moldavo estudia posibles respuestas diplomáticas y políticas. El primer ministro Alexandru Munteanu reconoció que las protestas formales ante Moscú por anteriores incidentes —incluidas violaciones del espacio aéreo moldavo por drones rusos— no han tenido efecto alguno. La sensación en Chisináu es que Rusia sigue utilizando Transnistria como un mecanismo de presión permanente sobre el país.
La cuestión tiene además una dimensión simbólica importante. Durante décadas, Moldavia fue considerada parte natural de la esfera de influencia rusa. Pero el giro europeísta del actual Gobierno y el acercamiento a Bruselas han alterado ese equilibrio histórico. El Kremlin percibe ese movimiento como una pérdida estratégica en una región que considera fundamental para su seguridad y proyección política.
El decreto sobre Transnistria llega en un momento particularmente delicado para Rusia. La guerra en Ucrania se ha convertido en un conflicto prolongado de desgaste, y Moscú necesita mantener abiertas todas sus palancas de influencia regional. Moldavia teme que la ciudadanía rusa se transforme no solo en un instrumento político, sino también en un mecanismo de movilización indirecta para sostener el esfuerzo bélico ruso. @mundiario
