EE.UU entra en la red eléctrica de Venezuela: el giro que cambia la relación

La reconstrucción del sistema eléctrico venezolano se ha convertido en algo más que una cuestión de turbinas, apagones y líneas de transmisión: es una nueva pieza de la relación entre Washington y Caracas. Estados Unidos calcula que el acuerdo alcanzado con GE Vernova permitirá comenzar a estabilizar la red en un plazo de seis a doce meses, una expectativa ambiciosa para una infraestructura castigada durante años. Pero el verdadero significado está en quién participa de esa recuperación. Después de décadas en las que la energía venezolana fue sinónimo casi exclusivo de petróleo y confrontación política, una empresa estadounidense entra ahora en uno de los sectores más estratégicos del país.

La primera fase no pretende reconstruir desde cero el sistema eléctrico, sino recuperar aquello que Venezuela ya posee y no consigue utilizar a pleno rendimiento. El secretario de Energía estadounidense, Chris Wright, explicó que el objetivo inmediato será devolver activos existentes a condiciones operativas, estabilizar la red y ampliar las horas de servicio. Esa estrategia responde tanto a una lógica económica como temporal: rehabilitar infraestructura instalada puede ofrecer resultados mucho antes que emprender un gigantesco programa de nuevas centrales.

El símbolo de ese deterioro es Guri. El complejo hidroeléctrico, una de las infraestructuras fundamentales del país, estaría produciendo actualmente alrededor de la mitad de la electricidad para la que fue diseñado. Turbinas envejecidas y una red de transmisión deteriorada han reducido su capacidad operativa, convirtiendo su modernización en una prioridad. Recuperar Guri no resolverá por sí solo todos los problemas eléctricos venezolanos, pero permitiría atacar uno de los grandes cuellos de botella de un sistema cuya debilidad condiciona hogares, empresas y servicios públicos.

La electricidad tiene además una característica que convierte este acuerdo en una cuestión económica nacional: prácticamente ninguna recuperación productiva resulta sostenible sin ella. Venezuela puede aumentar su extracción petrolera, atraer inversiones o intentar reactivar su industria, pero una red sometida a interrupciones frecuentes introduce costes, incertidumbre y límites operativos. Durante años, los cortes han golpeado especialmente a las regiones situadas fuera de Caracas. Modernizar la red significa, por tanto, intervenir sobre una infraestructura que condiciona cualquier estrategia de crecimiento posterior.

El proyecto tampoco se detiene en las reparaciones. GE Vernova prevé incorporar un gigavatio de nueva capacidad durante los primeros 24 meses y añadir posteriormente otros cinco gigavatios en los cuatro años siguientes. El calendario revela dos velocidades: primero recuperar rápidamente lo que todavía puede salvarse y después ampliar estructuralmente el sistema. Si ambas fases avanzan como está previsto, Venezuela pasaría de gestionar una emergencia energética permanente a intentar construir capacidad adicional para acompañar una eventual recuperación económica.

De los apagones a una nueva diplomacia energética

El elemento más relevante aparece cuando el acuerdo se observa junto al resto de movimientos entre ambos países. La cooperación con GE Vernova incluye infraestructura eléctrica relacionada con la industria petrolera y proyectos con la Corporación Eléctrica Nacional, mientras Washington y Caracas avanzan paralelamente en acuerdos sobre hidrocarburos. La energía empieza así a funcionar como un terreno pragmático de acercamiento: allí donde durante años dominaron las sanciones, la confrontación y el aislamiento, aparecen ahora contratos, técnicos e inversiones.

Según Infobae, la visita de Wright a Caracas estuvo acompañada por varios entendimientos energéticos con empresas internacionales. El detalle importa porque sitúa la rehabilitación eléctrica dentro de una estrategia mayor y no como una operación empresarial aislada. Estados Unidos parece vincular la recuperación de la capacidad energética venezolana con un proceso de reapertura económica en el que el petróleo continúa siendo central, pero deja de ser el único componente. La red eléctrica aparece como la infraestructura necesaria para que el resto de las inversiones pueda funcionar.

También existe una dimensión geopolítica difícil de ignorar. Venezuela posee enormes recursos energéticos y durante años profundizó sus vínculos con potencias alejadas de Washington. La entrada de compañías estadounidenses en infraestructuras estratégicas modifica parcialmente ese equilibrio y crea intereses económicos compartidos que pueden influir en la relación bilateral. No significa que desaparezcan automáticamente las diferencias políticas, pero sí que ambas partes empiezan a construir espacios donde una ruptura futura tendría costes económicos más elevados.

La gran incógnita será si el plazo anunciado puede cumplirse. Décadas de deterioro no se revierten únicamente sustituyendo determinadas turbinas: una red eléctrica depende de generación, transmisión, distribución, mantenimiento, financiación, personal especializado y capacidad institucional. El objetivo de conseguir mejoras entre seis y doce meses deberá medirse no solo mediante megavatios recuperados, sino también por algo mucho más cotidiano para los venezolanos: cuántas horas de electricidad estable pueden recibir y cuántas regiones dejan atrás la incertidumbre de los cortes.

La recuperación eléctrica puede terminar siendo uno de los mejores indicadores para saber hasta dónde llega realmente el nuevo acercamiento entre Estados Unidos y Venezuela. El petróleo seguirá dominando los titulares, pero devolver estabilidad a la red tendría un impacto mucho más transversal sobre la vida diaria y la economía del país. Si Guri recupera capacidad y las inversiones anunciadas se materializan, no estaremos únicamente ante una reparación técnica: será la demostración de que la energía se ha convertido en el puente sobre el que Washington y Caracas intentan construir una relación diferente. @Mundiario