EEUU golpea el petróleo iraní y acerca el Golfo a una escalada imprevisible

La destrucción de cinco petroleros iraníes por fuerzas de Estados Unidos marca un salto cualitativo en la confrontación con Teherán: Washington ya no está limitándose a contener ataques militares, sino que golpea directamente una infraestructura que considera parte del sistema de financiación de la Guardia Revolucionaria. El Comando Central estadounidense (CENTCOM) presentó la operación como respuesta a dos intentos iraníes de atacar con misiles balísticos un buque de guerra norteamericano. Ninguno de los proyectiles alcanzó su objetivo y no hubo militares estadounidenses heridos, pero la represalia muestra que la lógica de disuasión está entrando en una fase mucho más agresiva.

Cuatro de los buques —M/T Kaviz, M/T Charminar, M/T Horizon 1 y M/T Riesco— fueron atacados en el golfo de Omán, mientras que el M/T Derya fue alcanzado cerca de la isla iraní de Kharg. La localización del último ataque resulta especialmente sensible porque Kharg constituye uno de los grandes centros de exportación petrolera de Irán. El CENTCOM asegura que las tripulaciones recibieron órdenes de abandonar las embarcaciones antes de que fueran atacadas y que posteriormente los cinco petroleros quedaron inutilizados.

La operación introduce además una nueva dimensión en la estrategia estadounidense. Washington sostiene que esos petroleros formaban parte de una red clandestina utilizada para transportar y comercializar crudo y generar recursos para la Guardia Revolucionaria y organizaciones vinculadas a ella. Si las sanciones económicas buscaban hasta ahora bloquear esos circuitos mediante bancos, restricciones comerciales y persecución financiera, atacar físicamente los barcos significa trasladar esa presión al terreno militar. La infraestructura energética pasa así de ser objeto de sanciones a convertirse directamente en objetivo de guerra.

El episodio tampoco es aislado. El 5 de septiembre, apenas tres días antes, las fuerzas estadounidenses habían destruido otros tres petroleros después de que la Guardia Revolucionaria intentara atacar un portaaviones y un destructor estadounidense, según la versión del CENTCOM. En menos de una semana, por tanto, ocho embarcaciones iraníes habrían sido destruidas dentro de una dinámica de ataque, represalia y nueva amenaza. La velocidad de esa secuencia es quizá más importante que cada operación individual porque reduce progresivamente el espacio político disponible para desescalar.

Según Infobae, imágenes infrarrojas y térmicas difundidas sobre la operación muestran los petroleros antes y después de los ataques y evidencian graves daños en sus estructuras. Pero detrás de esas imágenes existe una cuestión estratégica mayor: atacar barcos asociados al petróleo iraní significa actuar sobre uno de los recursos esenciales para la supervivencia económica del régimen. En un contexto de deterioro financiero y sanciones, cada interrupción de las exportaciones aumenta la presión sobre Teherán, pero también incrementa los incentivos para responder allí donde Estados Unidos resulta más vulnerable.

El estrecho de Ormuz vuelve a convertirse en el gran punto de riesgo

Teherán ya ha definido cuál podría ser esa respuesta. El jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas iraníes, Alí Abdolahi, advirtió de que nuevos ataques contra petroleros iraníes podrían desencadenar acciones contra instalaciones militares estadounidenses desplegadas en la región. La amenaza transforma el conflicto naval en una cuestión potencialmente regional: Washington mantiene fuerzas y bases en diferentes países de Oriente Próximo, de modo que una represalia iraní podría ampliar rápidamente la geografía de la confrontación.

Al mismo tiempo, el estrecho de Ormuz vuelve a demostrar por qué continúa siendo uno de los puntos estratégicos más delicados del planeta. La Guardia Revolucionaria asegura haber capturado cerca de su entrada un vehículo submarino estadounidense no tripulado. Irán lo presenta como un avanzado sistema de inteligencia obtenido mediante una operación militar, mientras Washington sostiene una versión completamente diferente: afirma que el aparato había sufrido una avería y que no contenía tecnología clasificada ni información sensible. Las versiones contrapuestas muestran que la guerra también se disputa en el terreno propagandístico.

La importancia del Golfo excede, sin embargo, la rivalidad bilateral. Cualquier escalada que afecte de forma sostenida a la navegación, a instalaciones petroleras o a las rutas de exportación podría generar consecuencias sobre los mercados energéticos internacionales. La amenaza no requiere necesariamente un cierre total de Ormuz: un aumento significativo del riesgo militar ya puede alterar costes de seguros, transporte y expectativas sobre el suministro. Por eso cada ataque contra un petrolero tiene una repercusión potencial que va mucho más allá del barco destruido.

Washington combina además la presión militar con una nueva ofensiva económica. Estados Unidos anunció sanciones contra 36 entidades e individuos vinculados al sector de la aviación iraní, incluidas compañías que presuntamente prestan apoyo a Mahan Air y redes financieras o de abastecimiento. La OFAC sostiene que el régimen utiliza parte de esa infraestructura para transportar armas, personal y cargamentos ilícitos. También aparecen empresas radicadas en Emiratos Árabes Unidos, Turquía, Malasia, Kazajistán y Reino Unido, lo que refleja el carácter internacional de las redes que Washington pretende desarticular.

La destrucción de cinco petroleros plantea así una pregunta mucho más importante que quién ganó este episodio concreto. Estados Unidos puede demostrar superioridad militar y capacidad para golpear activos iraníes; Irán, por su parte, puede recurrir a misiles, drones, fuerzas asociadas y amenazas contra bases o rutas marítimas para elevar el coste de esa presión. El peligro aparece cuando ambos creen que todavía pueden escalar sin provocar una respuesta incontrolable. El petróleo convierte además cada movimiento militar en una cuestión económica mundial. En ese equilibrio cada vez más estrecho entre disuasión y represalia se juega ahora algo mayor que cinco barcos: la posibilidad de que una sucesión de ataques calculados termine produciendo precisamente la guerra regional que ambos actores aseguran poder controlar. @Mundiario