El secreto nuclear de Assad: Siria estuvo a un paso de producir plutonio

La caída de Bashar al Assad no solo abrió los archivos políticos de una dictadura, sino que está permitiendo reconstruir uno de los capítulos más inquietantes de la proliferación nuclear en Oriente Próximo. El Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) ha confirmado que el reactor construido clandestinamente en Deir Ezor estaba técnicamente configurado para producir material fisible susceptible de utilizarse en armas nucleares. La revelación no demuestra que Damasco hubiera tomado la decisión definitiva de fabricar una bomba, pero confirma algo igualmente relevante: el régimen había desarrollado en secreto una infraestructura capaz de acercarlo peligrosamente a esa posibilidad.

Rafael Grossi, director general del OIEA, ha sido especialmente cuidadoso al separar capacidad técnica de intención política. El organismo puede determinar para qué servía potencialmente un reactor, pero no reconstruir con certeza las decisiones que Assad habría adoptado después. Grossi sostiene que, por sus características, la instalación era muy eficaz para obtener material fisible directamente aprovechable en un programa armamentístico. Al mismo tiempo, ha evitado afirmar que Siria hubiera decidido fabricar una bomba. Esa distinción resulta fundamental para comprender el alcance real del hallazgo.

Lo que sí alimenta las sospechas es el secreto. Las actividades no fueron declaradas ante el organismo internacional encargado de supervisar el uso pacífico de la energía nuclear. Para Grossi, esa ocultación constituye por sí misma una preocupación de proliferación. El reactor se encontraba además prácticamente terminado: únicamente faltaba cargar el combustible para ponerlo en funcionamiento. El proyecto había alcanzado, por tanto, un grado de madurez mucho mayor del que durante años pudo verificarse desde el exterior.

Deir Ezor arrastra una historia que explica buena parte de las tensiones actuales. Israel atacó el emplazamiento en septiembre de 2007 mediante la denominada Operación Orchard y reconoció públicamente la operación once años después. Su argumento fue que pretendía impedir que Siria completara un reactor con potencial militar. Tras el bombardeo, el régimen de Assad demolió buena parte de las instalaciones y mantuvo durante años una cooperación insuficiente con los inspectores internacionales. En 2011, el OIEA ya había concluido que probablemente se trataba de un reactor secreto semejante a instalaciones norcoreanas.

La conexión norcoreana añade otra dimensión al caso. El OIEA había reunido indicios de que el proyecto fue construido con apoyo de Corea del Norte, un país que convirtió el desarrollo nuclear clandestino en una pieza central de su estrategia de supervivencia. Esa posible transferencia tecnológica demuestra uno de los mayores problemas del régimen internacional de no proliferación: no basta con vigilar instalaciones declaradas cuando Estados dispuestos a operar fuera del sistema pueden intercambiar conocimientos, tecnología y componentes lejos de la supervisión internacional.

La caída de Assad abre las puertas que permanecieron cerradas durante años

El cambio decisivo llegó después de diciembre de 2024. Con Assad fuera del poder, el nuevo Gobierno de transición encabezado por Ahmed al Shara permitió finalmente que los inspectores internacionales accedieran a antiguos emplazamientos sospechosos. Una misión dirigida por el propio Grossi visitó Deir Ezor en agosto y encontró una infraestructura de refrigeración compatible con un reactor refrigerado por gas y moderado por grafito. Casi dos décadas después del bombardeo israelí, la investigación comenzó así a sustituir las sospechas por evidencias técnicas obtenidas directamente sobre el terreno.

El descubrimiento más sorprendente, sin embargo, apareció fuera del propio reactor. Las nuevas autoridades sirias notificaron al OIEA la existencia de un cuarto emplazamiento nuclear que tampoco había sido declarado. Allí se localizaron 73 toneladas de uranio natural metálico, de las cuales 55 correspondían a barras de combustible revestidas. Los inspectores tuvieron que derribar muros y atravesar pasadizos estrechos para acceder a un material almacenado en cajas dispersas por las instalaciones. La escena ilustra hasta qué punto la herencia nuclear siria permaneció físicamente escondida incluso después de la caída del régimen.

La prioridad ahora es impedir que ese material desaparezca o termine integrado en otro circuito clandestino. Las 73 toneladas se encuentran ya sometidas a las salvaguardias del OIEA y bajo vigilancia mediante cámaras. Grossi ha evitado exigir que el uranio salga de Siria y considera que su destino corresponde al nuevo Gobierno. Para el organismo, la cuestión inmediata es más elemental: conocer permanentemente dónde se encuentra cada cantidad de material nuclear y evitar cualquier desviación.

Según Infobae, expertos en seguridad nuclear advierten de que el uranio natural metálico localizado no puede utilizarse directamente para fabricar una bomba. Sin embargo, podría convertirse en materia prima de un programa clandestino que, mediante procesos adicionales, terminase obteniendo plutonio apto para uso militar. Esa diferencia técnica resulta esencial: Siria no tenía almacenadas decenas de toneladas de material listo para construir armas, pero sí poseía recursos que adquieren una importancia completamente diferente cuando se analizan junto a un reactor secreto diseñado para producir material fisible.

El caso sirio deja así una lección que trasciende a Assad. Durante casi veinte años, la comunidad internacional conoció indicios importantes sobre Deir Ezor, pero la guerra, el hermetismo del régimen y la imposibilidad de realizar inspecciones limitaron la capacidad de determinar qué había ocurrido realmente. Hoy, cuando Oriente Próximo vuelve a debatir sobre proliferación, Irán y seguridad nuclear, Siria recuerda que el problema no empieza cuando un Estado consigue una bomba, sino mucho antes: cuando instalaciones, materiales y conocimientos avanzan fuera de la supervisión internacional. La apertura de estos emplazamientos no cierra el misterio nuclear de Assad; permite, por primera vez, comprender hasta dónde llegó. @Mundiario