El aviso de la diplomacia europea ante la escalada en Ucrania y Oriente Medio

El mundo se está acostumbrando a vivir en crisis permanente, como quien aprende a dormir con sirenas de fondo. Pero que algo se repita no significa que sea normal. Eso es, en esencia, lo que ha querido subrayar Kaja Kallas, alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, en su intervención ante el Consejo de Seguridad de la ONU: la guerra de Ucrania y la escalada en Oriente Medio no son episodios aislados, sino señales de que el sistema internacional se está agrietando.

Su frase fue contundente. Para Kallas, ambos conflictos representan la mayor violación del derecho internacional desde la Segunda Guerra Mundial. No se trata solo de un juicio moral, sino de una alarma política: si las reglas dejan de aplicarse, el tablero global vuelve a parecerse peligrosamente al de los imperios del pasado.

Cuando las reglas se convierten en papel mojado

El derecho internacional no es un concepto abstracto reservado a juristas. Es el conjunto de normas que intenta impedir que un país invada a otro, que una potencia imponga su voluntad por la fuerza o que la población civil sea tratada como daño colateral inevitable. Es, en teoría, el cinturón de seguridad del mundo.

El problema, según Kallas, es que ese cinturón se está rompiendo. La invasión rusa de Ucrania en 2022 marcó un punto de inflexión porque cuestionó un principio básico: las fronteras no se cambian con tanques. Si eso se tolera, el mensaje para otros actores es sencillo y peligroso: quien tenga más poder militar puede reescribir la realidad.

Oriente Medio y la chispa que puede incendiar el planeta

En Oriente Medio, la situación añade otro elemento explosivo: la posibilidad de una escalada regional con impacto mundial. La implicación de Estados Unidos e Israel frente a Irán, junto con una tregua frágil, mantiene la zona como un polvorín. Y la geografía aquí no es un detalle menor.

El estrecho de Ormuz es uno de los pasos marítimos más estratégicos del planeta. Por ahí circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Un bloqueo naval o un cierre parcial no sería solo un asunto regional, sino un golpe directo a la economía global. Europa lo sabe bien, porque cada tensión en esa ruta se traduce en precios energéticos más altos y en mayor presión sobre hogares e industrias.

La propia presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ya ha advertido del sobrecoste multimillonario que provoca esta inestabilidad, empujando a Bruselas a buscar medidas de emergencia y acelerar la transición energética.

El mundo multipolar no garantiza paz

Kallas también lanzó un aviso incómodo: la multipolaridad, tan celebrada por algunos como alternativa al dominio de una sola potencia, no es automáticamente un camino hacia la estabilidad. Si no existen reglas compartidas, un mundo con varios centros de poder puede convertirse en una selva diplomática, donde cada actor prueba hasta dónde puede empujar sin consecuencias.

Y ahí está el verdadero miedo europeo. No es solo Ucrania, ni solo Oriente Medio. Es el precedente. Si Rusia logra imponer su ley, si Oriente Medio se descontrola y el mundo responde con parches, el futuro será un mapa dividido en zonas de influencia, con acuerdos frágiles y amenazas constantes.

Quizá lo más inquietante del mensaje de Kallas es que no habla de un riesgo lejano, sino de un cambio que ya está ocurriendo. Y cuando el derecho internacional se debilita, lo primero que se pierde no es la teoría, sino la vida cotidiana: la energía se encarece, las migraciones se disparan, la inseguridad se normaliza y la paz se convierte en un lujo. Si no se refuerzan las reglas comunes, el mundo no se ordenará solo: lo ordenará el más fuerte, y casi nunca lo hace con justicia. @mundiario