EL CASERIO

Por : Pantaleon Viola

Poseían una magnífica hacienda tan fértil como grande era, que comenzaba colindando con un riachuelo de alegres aguas, porque el terreno era ligeramente descendiente. Pero justo en las proximidades del caserío, el terreno se nivelaba, formándose un remanso, que proporcionaba una gran piscina natural – un charco grande – usado de barneario por toda esa comunidad, que la componían tres hermanas con sus esposos, multiplicadas esas tres familias troncales como por 8, que comprendían hasta la cuarta generación a partir del tarabuelo, como todos le llamaban al progenitor y alrtífice de esa gran hacienda.
Jorge tenía una manifiesta predilección por el tarabuelo y su entorno. Ya con doce años, los sábados, después de completar las tareas asignadas los viernes, se le permitía montar a caballo y atravesar la hacienda hasta llegar dos horas después a «pasársela de oro» -como èl decía- acompañando al tarabuelo. Que tenía su refugio en la casona que los vió a todos nacer, en la parte alta. Nunca quiso descender al valle, que comprendía el 75% de la enorme hacienda. Se la pasaban buscando huevos en los matorrales de hierba de Guinea, recogiendo frutas sin cultivar en los montes, y haciéndose rodear de aves domésticas, jugando a quien atrapará con más rapidez los pollos que ya se creían gallos, tirándoles granos de maíz alrededor de ellos. Siempre ganaba el tarabuelo, que tenía unos reflejos de gato cazador.
Jorge se quedaba hasta el domingo con el tarabuelo y «la viejita, la tercera mujer que existió en su vida. «La señora» había muerto de unos setenta años. Pasados cinco años, las hijas le animaron a aceptar una compañera, preocupadas al verlo tan cilencioso y retraido, de modo que como todos decían, no se parecía a èl. Le tocó a una buena mujer que había servido en la casa por años, y considerada como una madre para todos. Siendo casi de la edad de la «señora, murió 5 años después, a los 84. Luego èl mismo se ocupó de buscarse otra mujer. Alegando que no era ningún inválido. Esta tercera mujer tenía unos 70 años, y al integrarse a la familia, fue acogida con agrado por todos.
A eso de las tres, ya Jorge tenía que irse, no a voluntad, porque como èl mismo decía: El estar por los Montes compartiendo con el tarabuelo, era su felicidad.
En su estadía ese fin de semana, se había sentido doblemente feliz , porque le había ganado al Tarabuelo en la búsqueda de huevos de Guinea. A parte del trato de príncipe con el que era regalado por todos, especialmente por las trabajadoras del servicio doméstico.
Siempre le sucedía igual: sentía un vacío en lo profundo de su ser cada vez que tenía que despedirse de aquel ambiente…sentía una mágica atracción por el tarabuelo ; platicaban como dos sabios adultos…

….Tarabuelo, porquè no bajas a vivir con nosotros al llano?
…bajar? Las aguas bajan y arrastran toda clase de impurezas: Restos de reptiles y otros animales, tierras y hojarazcas.
….Para tomar agua pura, al brotar de sus fuentes, hay que estar en las alturas.

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