El devastador efecto del doble terremoto en La Guaira: una ciudad construida sobre la vulnerabilidad

La secuencia sísmica registrada el 24 de junio, con magnitudes de 7,2 y 7,5, supuso un episodio poco habitual por su intensidad y su carácter encadenado. Más allá del epicentro localizado en el interior del país, la energía liberada se propagó de forma especialmente agresiva hacia el norte, alcanzando con fuerza la franja costera.

En esa zona se encuentra la falla de San Sebastián, un sistema tectónico donde interactúan la placa del Caribe y la Sudamericana. Aunque los epicentros se situaron en el estado de Yaracuy, la ruptura se extendió a gran escala, generando un efecto de “arrastre sísmico” que amplificó el impacto en áreas más alejadas.

El hecho de que dos terremotos se produjeran en un intervalo tan corto agravó el daño estructural. Muchas edificaciones ya debilitadas por el primer evento no pudieron resistir la segunda sacudida, lo que multiplicó los colapsos en cadena.

El papel del suelo: cuando el terreno multiplica el daño

Uno de los factores más determinantes en la magnitud de los derrumbes fue la naturaleza del subsuelo en distintas zonas de La Guaira. No se trata de un terreno homogéneo: conviven áreas rocosas con otras formadas por sedimentos blandos acumulados durante siglos.

En localidades como Caraballeda, la presencia de cuencas profundas con materiales poco consolidados actuó como amplificador del movimiento sísmico. Este tipo de suelo no solo transmite la energía, sino que puede intensificarla, generando oscilaciones más prolongadas y destructivas en los edificios.

En contraste, otras zonas con base rocosa experimentaron un comportamiento diferente, lo que explica por qué el daño no fue uniforme. A ello se suma un fenómeno conocido como resonancia, que ocurre cuando la frecuencia del suelo coincide con la de las estructuras, provocando vibraciones extremas.

El resultado es una combinación especialmente peligrosa: suelos inestables, edificaciones heterogéneas y una transmisión desigual de la energía sísmica.

Construcción, normas y un riesgo acumulado durante décadas

El tercer elemento clave apunta a la calidad de las construcciones y al cumplimiento de las normativas antisísmicas. Venezuela cuenta desde los años setenta con regulaciones específicas para edificaciones resistentes a terremotos, pero su aplicación ha sido irregular en distintos periodos y regiones.

Expertos del ámbito geológico y de la ingeniería han señalado que, tras eventos anteriores como los deslaves de finales del siglo XX, muchas reconstrucciones pudieron haberse realizado sin controles estrictos de materiales o sin estudios de suelo adecuados.

En algunos casos documentados tras el reciente seísmo, equipos de rescate internacionales han observado estructuras con materiales de baja resistencia o configuraciones constructivas inadecuadas, lo que habría contribuido al colapso total de ciertos edificios.

La combinación de normativa insuficientemente aplicada, crecimiento urbano acelerado y falta de supervisión técnica ha creado un escenario de alta vulnerabilidad estructural.

Las consecuencias del desastre en La Guaira van más allá de la emergencia inmediata. El episodio abre un debate de fondo sobre la planificación urbana en zonas sísmicas, la actualización de las normativas de construcción y la necesidad de evaluaciones estructurales exhaustivas en regiones de riesgo elevado. La reconstrucción no solo será física, sino también institucional y técnica. @mundiario