La escena tiene una fuerte carga simbólica. Mazloum Abdi, comandante de las Fuerzas de Siria Democrática (FSD), ha anunciado desde el Palacio del Pueblo de Damasco el final de la misión de la organización y su disolución como fuerza militar independiente. Con ello desaparece formalmente la principal estructura armada que durante más de una década sostuvo el proyecto de autogobierno kurdo en el noreste de Siria.
Abdi ha presentado la decisión como el comienzo de una nueva etapa: paz, estabilidad y construcción de una Siria unificada. Pero detrás de ese lenguaje institucional existe una transformación mucho más profunda. Rojava, como espacio de autonomía política y militar bajo dirección kurda, deja de existir en su forma anterior. Sus fuerzas, instituciones civiles y estructuras de seguridad pasan a formar parte del Estado sirio.
La cuestión central, por tanto, no es solamente por qué las FSD se disuelven. Es qué han conseguido conservar los kurdos al abandonar aquello que durante años les permitió ejercer un poder territorial propio.
Las FSD nacieron en 2015 y se convirtieron en el principal socio local de Estados Unidos en la lucha contra el Estado Islámico. La alianza permitió a los kurdos consolidar el control sobre amplias zonas del norte y este de Siria y construir una administración autónoma que llegó a gestionar seguridad, educación, servicios públicos y recursos estratégicos.
La derrota territorial del Estado Islámico no significó, sin embargo, la desaparición de las FSD. Al contrario: su control sobre un territorio rico en petróleo convirtió a la organización en uno de los actores fundamentales del complejo tablero sirio.
La caída de Bachar el Asad en diciembre de 2024 cambió radicalmente ese equilibrio. El nuevo poder de Damasco, encabezado por Ahmed al-Sharaa, tenía como una de sus prioridades reconstruir la autoridad central sobre un país fragmentado después de casi catorce años de guerra. La autonomía kurda se convirtió así en uno de los principales obstáculos para ese proyecto.
El acuerdo alcanzado en enero de 2026 estableció el camino para la integración de las instituciones militares y civiles de las FSD en el Estado sirio. El pacto contemplaba además la transferencia a Damasco de territorios estratégicos, la integración de las fuerzas de seguridad y la incorporación de representantes kurdos a las estructuras estatales.
Una decisión condicionada por el cambio militar
Las FSD habían disfrutado durante años del respaldo militar estadounidense, pero Washington terminó modificando sus prioridades después de la caída de Asad. Estados Unidos pasó a respaldar la consolidación del nuevo Estado sirio y dejó de considerar la autonomía kurda como un objetivo estratégico que justificara mantener indefinidamente una estructura militar separada.
Al mismo tiempo, las fuerzas de Damasco recuperaron importantes territorios que estaban bajo el control de las FSD, consolidando un pacto que llegó tras una ofensiva gubernamental en enero que modificó sustancialmente el mapa del noreste. Ante este nuevo escenario, los kurdos ya no negociaban desde la misma posición de fuerza que antes, al carecer del respaldo estadounidense como garantía militar.
Por eso la integración puede interpretarse simultáneamente como una negociación política y como el resultado de un cambio de correlación de fuerzas. Las FSD conservan parte de su estructura y representación dentro del nuevo aparato estatal, pero pierden la capacidad de actuar como ejército autónomo.
El Gobierno de Damasco ha intentado acompañar la integración territorial con concesiones sobre los derechos de la población kurda; uno de los cambios más importantes llegó en enero, cuando Al-Sharaa promulgó el Decreto 13 de 2026, el cual reconoce a los kurdos sirios como una parte esencial de la población del país y protege expresamente su identidad cultural y lingüística.
La orden presidencial autoriza por primera vez su enseñanza optativa y el desarrollo de actividades culturales tanto en escuelas públicas como privadas en las provincias con mayoría de población kurda, como Al-Hasakah. De manera complementaria, el decreto designó el 21 de marzo, fecha del festival de Newroz (el Año Nuevo kurdo), como día festivo nacional remunerado en todo el territorio de la República. A nivel civil, la ordenanza deroga los efectos del censo excepcional de Al-Hasakah de 1962 —aplicado en su momento por el régimen baazista—, restituyendo con efecto inmediato la ciudadanía siria plena a las familias que habían quedado registradas bajo la condición de apátridas de las categorías Ajanib (extranjeros) y Maktumeen (no registrados).
Esta reparación histórica es el núcleo del histórico Acuerdo de Integración del 29 de enero. Como resultado directo de estos consensos, el comandante de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), Mazloum Abdi, anunció oficialmente el 25 de agosto de 2026 el fin de su misión armada y la disolución total de la administración autónoma kurda (Rojava), completando la unificación institucional mediante la integración definitiva de sus brigadas combatientes y funcionarios civiles en el Ministerio del Interior y las fuerzas armadas del Estado sirio.
El acuerdo de integración contempla además la incorporación de personal y estructuras civiles de la antigua administración autónoma al aparato estatal. En el ámbito militar, las antiguas unidades de las FSD pasan a integrarse en brigadas del ejército sirio, mientras las fuerzas de seguridad locales quedan vinculadas al Ministerio del Interior.
Es una diferencia fundamental: los kurdos no desaparecen del nuevo Estado sirio; desaparece su Estado dentro del Estado.
El precio: autonomía por derechos
Durante años, el proyecto de Rojava aspiró a algo más que reconocimiento cultural. Su modelo descansaba en la posibilidad de administrar directamente un territorio, disponer de fuerzas de seguridad propias y mantener instituciones civiles autónomas.
La Agencia de Asilo de la Unión Europea señala que las medidas adoptadas reconocen derechos culturales y lingüísticos importantes, pero advierte de que ni el decreto presidencial ni el acuerdo de integración incorporan todavía esos derechos de manera constitucional, una de las principales demandas políticas kurdas.
Por tanto, el futuro de la comunidad kurda dependerá menos de la existencia de una administración autónoma y mucho más de cómo se materialicen esas garantías dentro del nuevo Estado. Aunque la promesa del acuerdo se basa en una integración con derechos, la gran incógnita radica en quién garantizará dichos derechos una vez que ya no exista una estructura autónoma capaz de ejercerlos directamente; de este modo, Damasco gana territorio, pero también asume una enorme responsabilidad.
Para Al-Sharaa, el acuerdo supone una victoria estratégica. El Gobierno recupera el control político sobre buena parte del noreste, incorpora fuerzas que durante años operaron fuera de su cadena de mando y obtiene acceso a recursos e infraestructuras estratégicas.
También refuerza la imagen de un Estado sirio que intenta recuperar el monopolio de la fuerza después de años de fragmentación.
Pero la integración no elimina automáticamente las tensiones. El propio proceso ha dejado asuntos delicados sobre la mesa: la representación política kurda, la estructura definitiva de las unidades militares integradas, el futuro de las combatientes de las FSD y, sobre todo, la traducción de las garantías culturales en derechos constitucionales.
Además, Turquía seguirá observando con atención el desenlace de la situación debido a los vínculos históricos entre sectores de las Fuerzas Democráticas Sirias (FSD) y el movimiento kurdo transfronterizo. De este modo, aunque las FSD desaparecen formalmente como organización independiente, su legado permanece intacto, pues no solo fueron una fuerza decisiva para derrotar territorialmente al Estado Islámico, sino que administraron con éxito una parte considerable del noreste sirio durante años.
Ahora sus antiguos combatientes formarán parte del ejército que antes consideraban un rival. Sus funcionarios pasarán a trabajar para ministerios de Damasco y sus instituciones serán absorbidas por el Estado central.
Mazloum Abdi ha definido el cambio como el tránsito de los campos de batalla a los de la construcción. La frase resume bien la apuesta kurda: renunciar a una autonomía que ya no podía garantizarse militarmente para intentar convertir los avances culturales y políticos obtenidos durante la guerra en derechos permanentes dentro de la nueva Siria. @mundiario
