Bélgica vuelve a asomarse al abismo de una crisis política. El primer ministro, el nacionalista flamenco Bart De Wever, ha presentado este lunes su dimisión al rey Felipe después de que la negociación presupuestaria entre los cinco partidos que sostienen su Gobierno terminara nuevamente sin acuerdo. El monarca, sin embargo, no ha aceptado todavía la renuncia y se ha visto abocado a abrir una ronda de consultas con las formaciones de la coalición Arizona antes de tomar una decisión.
El desenlace deja en suspenso el futuro del Ejecutivo que De Wever logró construir tras las elecciones de 2024 y que comenzó a funcionar en febrero de 2025. La crisis no nace de una disputa baladí. El Gobierno necesita encontrar alrededor de 10.000 millones de euros entre recortes de gasto y nuevos ingresos para encauzar las cuentas públicas y cumplir sus objetivos de consolidación hasta 2029.
La negociación se rompió durante la noche, después de meses de enfrentamientos entre los socios sobre quién debe asumir el coste del ajuste. La nacionalista de derechas Nueva Alianza Flamenca (N-VA) de De Wever y el liberal francófono Movimiento Reformador (MR) han defendido una estrategia basada fundamentalmente en la reducción del gasto, incluida la contención de determinadas partidas sociales. En el otro lado, los socialistas flamencos de Vooruit y los centristas valones de Los Comprometidos (Les Engagés) han reclamado una mayor contribución de los patrimonios más elevados mediante nuevas medidas fiscales. Mientras, los democristianos flamencos (CD&V) han instado a tomar en cuenta la delicada crisis del país y han pedido reencauzar las negociaciones presupuestarias.
De Wever acudió por la mañana al Palacio Real para entregar su renuncia. Tras la reunión, el Palacio comunicó que el rey mantiene su decisión en suspenso y que comenzará a consultar desde este martes a los dirigentes de los partidos de la mayoría. El monarca tiene previsto recibir nuevamente al primer ministro el viernes. La fórmula deja abierta la posibilidad de que la crisis pueda reconducirse. El rey puede aceptar la dimisión, mantenerla en consideración o tratar de devolver a los partidos a la mesa de negociación. Si finalmente aceptara la renuncia, se abriría un nuevo escenario de Gobierno en funciones, con la posibilidad de una nueva negociación de coalición y, eventualmente, de elecciones anticipadas.
La Casa Real ha dejado claro, entretanto, que no desea que el bloqueo se prolongue. Felipe ha advertido del riesgo de una crisis política prolongada en un momento marcado por la incertidumbre geopolítica y las dificultades económicas. La apelación tiene un significado especial en Bélgica, donde la formación de Gobiernos federales puede convertirse en una auténtica prueba de resistencia institucional.
El rey Felipe intenta evitar otra crisis interminable
El Ejecutivo de De Wever es una coalición de cinco partidos conocida como Arizona, por la combinación de colores de las formaciones que la integran: los nacionalistas flamencos de N-VA, los democristianos flamencos de CD&V, los socialistas flamencos de Vooruit, los centristas francófonos de Les Engagés y el liberal francófono MR.
La fórmula ya nació después de una negociación prolongada. De Wever necesitó ocho meses para conseguir reunir una mayoría viable y convertir su victoria electoral en un Gobierno. Desde entonces, las diferencias ideológicas entre sus socios han aflorado especialmente en las cuestiones económicas, sociales y fiscales.
El presupuesto se ha convertido en el punto donde convergen todas esas tensiones. Para la N-VA y el MR, el problema fundamental es el crecimiento del gasto público y la necesidad de reducirlo. Para los socios situados más a la izquierda o en el centro de la coalición, cargar una parte mayor del ajuste sobre las rentas y patrimonios más elevados supone una alternativa necesaria para evitar que la consolidación recaiga principalmente sobre los servicios públicos.
Bélgica necesita cerrar las cuentas
La urgencia financiera explica por qué el fracaso de la negociación tiene una dimensión que va mucho más allá de la supervivencia política de De Wever. Bélgica afronta un déficit superior al 5 % del PIB y una deuda pública que ronda o supera el 110 % del PIB. La Comisión Europea prevé que la deuda alcance aproximadamente el 110 % del PIB este año. La subida del coste de financiación añade presión. De Wever ha advertido durante meses del riesgo de que el aumento de los intereses genere una especie de efecto bola de nieve, en el que el Estado tenga que endeudarse progresivamente para poder hacer frente al coste de su propia deuda.
El problema coincide, además, con la necesidad de aumentar el gasto en defensa en un contexto europeo marcado por la guerra de Ucrania y el deterioro del entorno de seguridad en el continente no solo por Rusia, sino por las tensiones en el seno de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Eso reduce todavía más el margen disponible para cuadrar unas cuentas que ya parten de una posición complicada.
El ajuste presupuestario no se desarrolla en un vacío político. Las medidas de contención del gasto y las reformas impulsadas por el Ejecutivo han provocado huelgas y movilizaciones sindicales durante los últimos meses. Las organizaciones de trabajadores han cuestionado especialmente las reformas laborales, de pensiones y de protección social. La tensión en las calles también incide sobre las negociaciones. Cualquier acuerdo que permita cumplir los objetivos fiscales debe ser posteriormente defendido ante una sociedad que ya ha demostrado una considerable capacidad de movilización contra la política de austeridad del Gobierno.
La coalición se encuentra así atrapada entre dos presiones. Por un lado, los mercados y las instituciones europeas reclaman una trayectoria creíble de reducción del déficit y estabilización de la deuda, pero los socios más progresistas del Ejecutivo de De Wever y los sindicatos cuestionan el reparto de los sacrificios que implica esa consolidación.
El fantasma del bloqueo vuelve a Bélgica
La crisis tiene además una dimensión propiamente belga. El país arrastra una larga tradición de Gobiernos de coalición complejos y negociaciones interminables, consecuencia de un sistema político fragmentado y de la convivencia de comunidades lingüísticas y territorios con intereses políticos diferentes. El antecedente más extremo se produjo entre 2010 y 2011, cuando Bélgica permaneció 541 días sin un Gobierno federal plenamente constituido. Incluso la formación del actual Ejecutivo de De Wever necesitó meses de negociaciones.
El rey Felipe no solo debe decidir qué hacer con la dimisión de De Wever; debe determinar si existe todavía espacio para recomponer la coalición antes de que el bloqueo presupuestario se convierta en una crisis institucional de mayor alcance.
El escenario en el corto plazo permanece abierto. El rey puede intentar que los cinco partidos retomen las conversaciones y alcancen un acuerdo, aceptar la dimisión de De Wever y explorar otra mayoría o dejar que el país se encamine hacia un nuevo proceso electoral. Por ahora, la prioridad de la Corona es ganar tiempo. @mundiario
