El pacto nuclear de Arabia Saudí a examen: ¿por qué Trump exige ahora reconocer a Israel?

Las alianzas en Oriente Próximo pueden caducar en horas. El reciente pacto nuclear de 30 años firmado por Donald Trump con Arabia Saudí prueba cómo una relación sólida puede tensionarse hasta el punto de provocar un terremoto en Riad. Lo que la Casa Blanca presentó como un mero avance comercial y tecnológico ha mutado en un agresivo tablero geopolítico: la energía atómica ha pasado a un segundo plano tras la exigencia de Washington de condicionar el acuerdo al reconocimiento de Israel mediante los Acuerdos de Abraham.

El presidente estadounidense sorprendió al afirmar que el acuerdo únicamente será aprobado si Arabia Saudí acepta establecer relaciones diplomáticas con Israel mediante su adhesión formal a los Acuerdos de Abraham, la iniciativa impulsada durante su primer mandato que permitió la normalización de las relaciones entre Israel y Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Marruecos y Sudán.

La declaración ha introducido un nuevo elemento de incertidumbre sobre un pacto que todavía necesita la aprobación del Congreso estadounidense y que, además, ya despertaba profundas interrogantes por su dimensión estratégica y por el debate sobre hasta dónde podía llegar el programa nuclear saudí.

Estados Unidos, y sobretodo Trump, llevan años intentando vincular el fortalecimiento de las relaciones con Arabia Saudí a una futura normalización con Israel. Esa fue precisamente una de las grandes apuestas de la Administración de Joe Biden antes de que los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023 y la posterior guerra en Gaza alteraran completamente el panorama regional.

Washington consideraba entonces que un acuerdo histórico entre el principal país árabe suní e Israel modificaría el equilibrio estratégico de Oriente Próximo durante décadas; sin embargo, aquellas conversaciones nunca llegaron a culminarse. Lo novedoso ahora no es el objetivo político, sino el procedimiento elegido por Trump, quien ha convertido públicamente esa aspiración diplomática en una condición expresa del acuerdo nuclear, algo que no figuraba en el anuncio inicial de Washington y que se interpreta como un cambio significativo en la negociación.

En otras palabras, la exigencia no nace ahora, pero sí cambia la forma en la que Estados Unidos pretende alcanzarla.

El silencio calculado de Riad

Ante las nuevas condiciones anunciadas por Washington, la reacción más llamativa de Arabia Saudí ha sido, paradójicamente, su silencio público. Los comunicados emitidos por el Gobierno saudí tras suscribir el acuerdo técnico se centraron exclusivamente en ensalzar los beneficios de su programa nuclear civil —como la diversificación energética, la adopción tecnológica y el blindaje de la cooperación bilateral con Estados Unidos—, omitiendo por completo cualquier mención a Israel, a los Acuerdos de Abraham o a una posible normalización diplomática.

Ese silencio parece responder tanto a la prudencia diplomática como a la enorme sensibilidad política del asunto.

Desde hace años, la posición oficial saudí permanece prácticamente inalterada: la normalización plena con Israel exige avances claros hacia la creación de un Estado palestino. Esa postura no solo responde a consideraciones diplomáticas, sino también al papel que desempeña Arabia Saudí como custodio de los principales lugares santos del islam y como una de las referencias políticas del mundo árabe.

Aceptar ahora una normalización sin avances en la cuestión palestina supondría un cambio de enorme trascendencia interna y regional.

La controversia no se limita únicamente al reconocimiento de Israel, sino que también existen interrogantes sobre el propio contenido del acuerdo nuclear. De hecho, cuando se anunció inicialmente, distintas informaciones apuntaban a que Arabia Saudí podría desarrollar determinadas capacidades relacionadas con el ciclo del combustible nuclear bajo supervisión estadounidense.

Posteriormente, Trump precisó que el programa sería exclusivamente civil y que no incluiría enriquecimiento de material, e insistió en que estaría destinado únicamente a fines energéticos y sometido a los estándares estadounidenses de no proliferación.

Esta aclaración también introdujo cierta confusión respecto a las expectativas generadas durante las negociaciones previas. Mientras que para Washington el mensaje pretende disipar cualquier sospecha sobre un posible uso militar del programa, para algunos analistas la cuestión seguirá siendo objeto de intenso debate mientras no se conozca el texto definitivo del acuerdo.

Más que energía, una negociación geopolítica

Mientras que los reportes de los medios estadounidenses e internacionales confirmaban que el «Acuerdo 123» firmado el miércoles abría la vía legal para que Arabia Saudí pudiera enriquecer uranio en su territorio (previo estudio técnico de dos años), Trump se contradijo públicamente en sus redes pocas horas después afirmando tajantemente en un mensaje: «¡No habrá enriquecimiento de material!».

Según recopilan Reuters y AP, el ministro de Energía saudí, el príncipe Abdulaziz bin Salman, firmó el pacto técnico bajo el entendimiento de que EE UU flexibilizaría sus estándares para dotarlos de capacidades de procesamiento. La declaración de Trump desmanteló unilateralmente el marco técnico negociado, dejando a la diplomacia de Riad sin comprender el cambio de postura tras meses de diálogo.

Mientras que Riad ha optado por la cautela, la reacción israelí ha sido exactamente la contraria. El primer ministro, Benjamín Netanyahu, saludó inmediatamente la condición anunciada por Trump y afirmó que la incorporación de Arabia Saudí a los Acuerdos de Abraham supondría «un avance histórico para la paz en Oriente Próximo»; un paso que, para el Gobierno israelí, representaría el mayor éxito diplomático desde la firma de los propios acuerdos en 2020.

Desde la perspectiva israelí, además, el debilitamiento del denominado eje liderado por Irán tras los recientes enfrentamientos militares abre una oportunidad para ampliar ese proceso de acercamiento regional.

Lejos de ser un simple proyecto energético, el acuerdo nuclear posee un trasfondo altamente geopolítico. Mientras que para Estados Unidos representa la oportunidad de afianzar su influencia sobre un aliado clave en Oriente Próximo —evitando que Riad recurra a tecnología nuclear de origen ruso o chino—, para el Gobierno saudí constituye un pilar de la estrategia de diversificación económica del príncipe heredero Mohamed bin Salmán, diseñada para mitigar la dependencia del crudo mediante inversiones masivas en industrias emergentes y energías alternativas.

Y para Israel, el acuerdo siempre ha estado ligado a una cuestión aún más importante: consolidar un nuevo equilibrio regional basado en el reconocimiento diplomático mutuo entre el Estado israelí y las principales potencias árabes.

Precisamente por esa convergencia de intereses, cualquier modificación de las condiciones altera todo el equilibrio de la negociación. La decisión de Donald Trump devuelve a la negociación una complejidad que parecía haberse reducido tras el anuncio inicial del acuerdo.

No porque la normalización con Israel sea una idea novedosa, sino porque vuelve a situarla como requisito imprescindible para avanzar en un proyecto que, hasta hace apenas unas horas, se presentaba principalmente como una iniciativa de cooperación tecnológica y energética.

Mientras el Congreso estadounidense deberá pronunciarse sobre el futuro del pacto, Arabia Saudí dispone ahora de escaso margen para responder de forma precipitada. El reino mantiene intacto su interés por desarrollar un programa nuclear civil y reforzar su relación estratégica con Washington, pero también continúa defendiendo públicamente que cualquier paso hacia la normalización con Israel exige avances sustanciales en la cuestión palestina. @mundiario