El plan de Trump para Gaza choca con el muro de Netanyahu: ¿Quién cederá primero?

La Administración de Donald Trump ha decidido elevar la presión diplomática sobre Israel para intentar sacar del bloqueo el plan para la Gaza de la posguerra. La misión encargada a Jared Kushner, enviado del presidente estadounidense y miembro destacado de su equipo negociador, tiene un objetivo concreto: convertir los compromisos políticos en movimientos verificables y evitar que el alto el fuego quede atrapado en una disputa sobre quién debe actuar primero.

La ronda de contactos desarrollada entre Egipto e Israel durante los últimos días ha permitido al menos reactivar una vía de negociación que llevaba semanas prácticamente paralizada. Kushner se reunió el domingo con representantes de Hamás y posteriormente mantuvo durante unas tres horas conversaciones con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en Jerusalén. El resultado, sin embargo, está lejos de ser un acuerdo definitivo. Reuters señala que ambas partes mantienen sus principales exigencias, especialmente sobre el orden en que deben ejecutarse el desarme de Hamás y la retirada israelí.

Después de su encuentro con representantes de Hamás, Kushner sostuvo que la organización palestina había expresado disposición a avanzar hacia el desarme, pero subrayó que Washington necesita algo más que declaraciones. “Dijeron lo correcto”, afirmó el enviado estadounidense, aunque añadió que una organización como Hamás debe demostrar mediante acciones concretas que está dispuesta a cumplir sus compromisos.

La diferencia entre una declaración política y un proceso de desmilitarización verificable es enorme. El planteamiento estadounidense contempla que la entrega de armamento sea supervisada internacionalmente y que el control de Gaza pase progresivamente a una estructura tecnocrática palestina, mientras se prepara el despliegue de una Fuerza Internacional de Estabilización.

Kushner considera que los primeros pasos podrían producirse en unos 30 días, mientras que el cierre o inutilización de parte de la red de túneles podría comenzar en un plazo de entre 60 y 90 días si existe cooperación suficiente. Fuentes coincidentes con las negociaciones señalan que el plan pretende avanzar por fases y vincular el desarme con la retirada militar israelí.

El calendario es deliberadamente ambicioso y revela la urgencia de Washington, ya que cuanto más tiempo permanezca congelada la situación, más difícil resultará convertir el alto el fuego en una arquitectura política estable. Sin embargo, Netanyahu mantiene una posición sustancialmente distinta, puesto que el primer ministro israelí sostiene que no habrá retirada de las tropas ni reconstrucción de Gaza antes del desarme completo de Hamás.

Es una condición que modifica por completo la secuencia prevista por el plan estadounidense. Hamás, por su parte, exige que Israel retire primero sus fuerzas de amplias zonas de la Franja y ponga fin a las operaciones militares antes de iniciar el proceso de entrega de armas.

Es decir, ambas partes aceptan en términos generales la necesidad de llegar a una nueva situación, pero discrepan sobre el mecanismo para alcanzarla. Reuters describió precisamente ese punto como el principal bloqueo de las conversaciones: Israel exige el desarme antes de la retirada, mientras Hamás reclama primero una retirada israelí y el cese de los ataques.

La reunión Kushner-Netanyahu no produjo un avance decisivo. Pero sí consiguió algo políticamente relevante: Israel y la llamada Junta de Paz acordaron crear dos grupos de trabajo, uno dedicado a la desmilitarización y otro a cuestiones sanitarias e infraestructuras. El despacho de Netanyahu calificó las conversaciones de “profundas y constructivas”.

Washington necesita que Netanyahu también mueva ficha

Trump ha mostrado públicamente su deseo de que Israel reduzca la intensidad de sus operaciones en Gaza mientras se intenta poner en marcha el nuevo esquema. Kushner, además, llegó a Jerusalén después de haber hablado directamente con dirigentes de Hamás, una señal de que la Casa Blanca intenta actuar simultáneamente sobre los dos extremos del conflicto.

El problema es que la posición de Netanyahu tiene tanto una dimensión militar como política; por un lado, Israel mantiene que no puede aceptar una retirada que permita a Hamás reconstruir su capacidad armada, mientras que, por el otro, el Gobierno israelí afronta una fuerte presión interna ante unas elecciones previstas para este año, lo que convierte cualquier concesión sobre Gaza en una decisión especialmente delicada. En este escenario, la reunión tampoco produjo un compromiso firme de Netanyahu con la hoja de ruta estadounidense, ya que, tal como destacó Associated Press, aunque las conversaciones fueron calificadas de productivas, Israel no asumió formalmente el plan en su totalidad.

Por eso, el desafío de Washington no consiste únicamente en conseguir que Hamás entregue armas. Consiste en conseguir que Israel acepte que el proceso de desmilitarización pueda desarrollarse paralelamente a una retirada progresiva.

Kushner ha dejado claro que Washington no contempla una reconstrucción a gran escala mientras Hamás conserve su estructura militar. La lógica estadounidense es sencilla: resulta difícil movilizar grandes cantidades de capital internacional para reconstruir Gaza si persiste el riesgo de que las infraestructuras vuelvan a quedar integradas en una estructura armada.

Sin embargo, esa condición crea un círculo difícil de romper. Gaza necesita urgentemente agua potable, saneamiento, asistencia sanitaria e infraestructuras básicas, mientras que la reconstrucción de mayor alcance queda vinculada a una decisión política y militar todavía pendiente.

Por ello, la creación del segundo grupo de trabajo, dedicado a salud pública e infraestructuras, adquiere especial importancia. No significa que la reconstrucción general haya comenzado, sino que Washington e Israel intentan separar determinadas necesidades humanitarias inmediatas de la reconstrucción estratégica del territorio.

La Junta de Paz de Trump busca asumir el control de la transición

La Junta de Paz impulsada por Trump pretende supervisar el proceso, facilitar la transferencia de la administración de Gaza a un organismo tecnocrático palestino y garantizar el despliegue de una fuerza internacional de estabilización. La idea es evitar tanto la continuidad del Gobierno de Hamás como un vacío de poder después de una eventual retirada israelí.

El esquema, por tanto, pretende resolver simultáneamente tres problemas: seguridad, administración y reconstrucción; sin embargo, el éxito de cada uno de ellos depende estrictamente de los otros dos. La encrucijada radica en que, sin el desarme de Hamás, Israel no está dispuesto a retirarse, pero sin esa retirada israelí, la milicia palestina difícilmente aceptará entregar sus armas; a su vez, sin seguridad y una estructura política estable, los donantes internacionales tendrán pocos incentivos para financiar una reconstrucción a gran escala, siendo este el verdadero nudo de la negociación.

La previsión de Kushner de que haya avances en aproximadamente un mes debe interpretarse como un objetivo político, no como un calendario cerrado.

El encuentro de Jerusalén terminó sin un gran avance y Netanyahu reiteró que las tropas israelíes no abandonarán Gaza mientras Hamás no esté completamente desarmado. La dificultad aumenta porque, pese al alto el fuego, continúan las operaciones israelíes en Gaza. La Administración Trump intenta evitar una nueva escalada mientras construye el mecanismo político que debería sustituir al actual equilibrio militar. @mundiario