Emiratos Árabes Unidos acelera su pulso regional tras el ataque a la central nuclear de Baraká

El ataque con drones contra una instalación vinculada a la central nuclear de Baraká ha situado a Emiratos Árabes Unidos en el centro de una crisis regional que va mucho más allá de la seguridad energética. Mientras Abu Dabi recibe el respaldo de sus aliados y endurece su discurso frente a Irán, también profundiza su distanciamiento estratégico con Arabia Saudí en ámbitos clave como la energía, Yemen, Sudán y el equilibrio geopolítico del Golfo Pérsico. En plena guerra regional y con el estrecho de Ormuz parcialmente bloqueado, el liderazgo de Mohamed bin Zayed busca consolidar a Emiratos como una potencia hegemónica autónoma, capaz de competir con Riad por la dirección política y económica de Oriente Próximo.

La ofensiva con drones que provocó un incendio en un generador eléctrico asociado a la central nuclear de Baraká ha abierto una nueva fase de tensión en el Golfo Pérsico. Aunque no hubo víctimas ni fuga radiológica, el trasfondo del ataque ha sido enorme. Golpear, aunque sea indirectamente, una de las mayores infraestructuras nucleares civiles del mundo supone cruzar una línea especialmente sensible en una región marcada por la volatilidad militar y energética.

El incidente ha permitido a Emiratos Árabes Unidos presentarse ante sus socios internacionales como víctima de una amenaza que trasciende las disputas locales. El respaldo inmediato de países como Arabia Saudí, Qatar, Baréin, Egipto o Jordania, junto con la condena expresada desde Europa y Pakistán, ha reforzado la imagen de Abu Dabi como un actor central para la estabilidad regional. También ha puesto de relieve hasta qué punto el Golfo teme que el conflicto entre Irán, Israel y EE UU termine arrastrando a toda la región.

Sin embargo, detrás de las declaraciones diplomáticas y de las muestras de solidaridad existe una realidad mucho más compleja, Emiratos está utilizando esta crisis para reforzar su propio proyecto geopolítico y acelerar una estrategia de autonomía regional que cada vez choca más abiertamente con Riad.

Baraká y el nuevo tablero del Golfo

La central nuclear de Baraká simboliza mucho más que la apuesta energética emiratí. Representa el salto tecnológico y político de un país que en apenas dos décadas ha intentado transformarse de potencia petrolera secundaria en un actor con influencia global. La instalación, una de las mayores del planeta por capacidad de generación, forma parte de la narrativa de modernización que impulsa Mohamed bin Zayed.

Por eso el ataque tiene un fuerte impacto estratégico. No sólo porque amenaza una infraestructura crítica, sino porque cuestiona la capacidad de Emiratos para blindar su territorio en un contexto regional cada vez más militarizado. La reacción oficial emiratí ha sido inmediata y contundente. Aunque Abu Dabi no ha acusado formalmente a Irán, buena parte de su discurso apunta hacia Teherán o hacia milicias aliadas. El lenguaje empleado por figuras cercanas al poder, como Anwar Gargash, refleja una voluntad de endurecer el relato regional porque Emiratos intenta consolidarse como el principal dique de contención frente a la expansión iraní.

Ese posicionamiento no es nuevo. Desde hace años, Abu Dabi mantiene una política exterior mucho más agresiva y sofisticada que la de otras monarquías del Golfo. Ha intervenido en conflictos regionales, ha desarrollado redes de influencia económica y militar y ha reforzado sus vínculos con Israel tras los Acuerdos de Abraham.

El distanciamiento con Arabia Saudí deja de ser silencioso

La gran transformación geopolítica del Golfo no es únicamente la confrontación con Irán. También es la creciente rivalidad entre Emiratos y Arabia Saudí, dos países que durante años actuaron como aliados inseparables. Durante la década pasada, Mohamed bin Zayed y Mohamed bin Salman proyectaron una imagen de coordinación absoluta. Ambos lideraron la ofensiva contrarrevolucionaria tras las primaveras árabes, respaldaron al presidente egipcio Abdelfatah al Sisi y lanzaron conjuntamente la guerra en Yemen contra los hutíes apoyados por Irán.

Pero esa alianza comenzó a fracturarse cuando sus prioridades estratégicas dejaron de coincidir. Arabia Saudí, especialmente tras el desgaste de la guerra yemení y el impacto económico de la inestabilidad regional, optó gradualmente por explorar una vía de distensión con Irán. La mediación china que permitió restablecer relaciones diplomáticas entre Riad y Teherán en 2023 evidenció ese giro.

Emiratos, en cambio, tomó otro camino. Abu Dabi profundizó su cooperación con Israel y consolidó una política regional mucho más confrontativa con Teherán. El ataque a Baraká vuelve a colocar esa estrategia en primer plano. La salida emiratí de la OPEP ha sido interpretada por numerosos analistas como el símbolo más visible de esa ruptura estratégica. Ya no se trata sólo de diferencias tácticas, sino de una competencia abierta por el liderazgo económico y político del Golfo.

Yemen, Sudán y el choque de modelos regionales

Las diferencias entre Riad y Abu Dabi se reflejan especialmente en los conflictos regionales. En Yemen, Emiratos pasó de combatir junto a Arabia Saudí a respaldar a facciones separatistas del sur enfrentadas indirectamente con aliados saudíes. El conflicto dejó de ser una operación conjunta y se convirtió en un escenario de competencia por áreas de influencia.

En Sudán ocurre algo parecido. Mientras Arabia Saudí apuesta por sostener estructuras estatales relativamente estables, Emiratos ha sido acusado de apoyar a actores armados vinculados al comercio de oro y a redes económicas paralelas. Ambos países buscan ampliar su influencia, pero mediante estrategias distintas.

La rivalidad también tiene una dimensión económica. Emiratos ha construido durante años un modelo basado en el comercio global, las finanzas, la logística y la inversión internacional. Arabia Saudí intenta ahora replicar parte de esa fórmula con los megaproyectos impulsados por Mohamed bin Salman y la agenda Vision 2030. La competencia por atraer capital, empresas y peso diplomático es cada vez más visible. @mundiario