En el Parlamento blindado de China

En el interior del Gran Palacio del Pueblo, las hojas de papel suenan como la lluvia durante una tormenta: primero un orvallo, después el chaparrón que acaba con las últimas gotas distraídas. Pasar página se vuelve un estruendo cuando lo hacen a la vez los casi tres mil delegados de la Asamblea Nacional Popular, al compás de los discursos pronunciados por los mandatarios del Partido Comunista. En la cita política anual más importante de China, que reúne estos días en la capital al aparato legislativo del régimen, son muchos los folios a leer.

Este evento es conocido popularmente como «Lianghui», las Dos Sesiones, pues comprende las asambleas simultáneas del parlamento orgánico y un cuerpo consultivo independiente –de acuerdo a los parámetros de un sistema autoritario–, la Conferencia Político-Consultiva del Pueblo Chino. Ambas instituciones evalúan la acción de la Administración durante el curso precedente y debaten –ídem– las prioridades para el entrante. Ante la previsibilidad que caracteriza semejante rendición de cuentas, lo excepcional en esta ocasión sucede de puertas hacia afuera. Tras la conclusión de los Juegos Olímpicos de Invierno, las pistas de esquí en el extrarradio de Pekín acogen a los atletas paralímpicos y, más lejos aún, los misiles rusos que azotan Ucrania encubren la pandemia que asola al mundo desde hace dos años.

Agentes de seguridad custodian el acceso al Gran Palacio del Pueblo, frente a la plaza de Tiananmen

Jaime Santirso
De entre estos factores contextuales, ninguno es tan patente como el virus. Dicta el protocolo que los periodistas invitados a cubrir la cita deben acudir el día anterior a un hotel en el centro de la ciudad, presentando una prueba PCR negativa para realizar, a su vez, otra. Allí pasarán la noche en cuarentena, en espera del resultado. Por medio de estas medidas preventivas, las autoridades tratan de blindar a la cúpula de un país en el que todavía impera una estrategia de covid cero basada, en gran medida, en el aislamiento del resto del mundo.

Dicho hotel forma un recinto sellado, con todos sus accesos protegidos por vallas y guardias de seguridad. El vestíbulo está desierto, salvo por los sanitarios cubiertos de pies a cabeza con trajes EPI que toman muestras del mobiliario de modo compulsivo, bastoncillo en mano, y los recepcionistas enmascarados al otro lado del mostrador. A su espalda, una hilera de relojes muestra la hora en varias capitales del mundo, en el centro aquella que está pendiente de cada intervención en busca de algún gesto de apoyo: «Mosike», Moscú.

El Gran Palacio del Pueblo
A la mañana siguiente, el convoy accede a la plaza de Tiananmen hasta detenerse en su margen occidental, frente al Gran Palacio del Pueblo. Esta imponente construcción, inaugurada en 1959, cubre una superficie de 172.000 metros cuadrados, equivalente a 24 campos de fútbol. Su interior está repleto de salones y galerías que antes los corresponsales podían explorar a su antojo, pero la pandemia ha estrechado –quizá para siempre– el margen de acción. Ahora son conducidos a toda prisa por los inacabables pasillos, decorados con tintas clásicas e intrincados ejercicios de caligrafía, hasta la tercera planta del auditorio principal.

El Gran Palacio del Pueblo ocupa una superficie de 172.000 metros cuadrados, equivalente a 24 campos de fútbol

Jaime Santirso
Una enorme estrella roja preside la bóveda del solemne anfiteatro, con capacidad para diez mil personas. Las pantallas a ambos lados del estrado actualizan en tiempo real el recuento de los delegados asistentes, venidos de cada provincia del país, que van tomando asiento. La crisis sanitaria también les ha afectado: los representantes de Hong Kong, por ejemplo, han tenido que participar de manera telemática a causa del virulento rebrote que sufre el territorio.

El poder, en los detalles
Da inicio así una ceremonia en la que los detalles comunican más que las palabras. Los delegados se ponen en pie y dan palmas al son de una marcha militar, sin demasiado gracejo, para saludar la entrada de los miembros del Comité Permanente del Politburó, el estamento más alto en la jerarquía compartida de Gobierno y Partido Comunista. Encabeza la fila Xi Jinping, a quien separa una distancia que dobla a la del resto de dirigentes. Solo ellos no llevan mascarilla, y solo en el sitio del líder no hay una, sino dos tazas de té.

Se trata de una representación coreografiada al detalle, como las ruedas de prensa que estos días conceden el primer ministro Li Keqiang y el ministro de Exteriores Wang Yi, ambas a través de una pantalla –la pandemia, de nuevo–, donde las preguntas de los medios son enviadas de antemano para su estudio y selección.

Acto seguido comienzan los discursos. El primero lo pronuncia Li Zhansu, presidente del Comité Permanente de la Asamblea Nacional Popular y, como tal, tercera autoridad del Estado. «Priorizando entre el trabajo del Partido y el país (…) hemos avanzado más rápido en la formulación y revisión de leyes para proporcionar garantías legales de cara a la construcción de una nación socialista moderna», sentencia. Su proclama es interrumpida por vítores calculados y breves, apenas cuatro palmadas cada vez. Xi también aplaude, y nadie deja de hacerlo antes que él. Todas las prédicas colocan su nombre, como la estrella roja del techo, en el centro. «… bajo la guía del Pensamiento de Xi Jinping sobre el Socialismo con Características Chinas para una Nueva Era», concluye Li.

«El caos de Occidente»
Esta asamblea tiene lugar en un momento en que la cúpula del Partido Comunista considera probado el declive de Estados Unidos y la Unión Europea. «El contraste entre el gobierno ordenado de China y el caos de Occidente se ha vuelto más notable», sentenciaba Xi durante su intervención este domingo ante la Conferencia Político-Consultiva. La cita, que concluirá esta semana, afianzará el avance de China por la senda del autoritarismo, con una trascendental fecha programada para el próximo mes de octubre.

El Gran Palacio del Pueblo acogerá entonces el vigésimo Congreso del Partido Comunista, celebrado cada cinco años, en el que Xi comenzará un histórico tercer mandato que romperá la convención marcada por sus predecesores y le confirmará como el líder chino más poderoso desde Mao Zedong. Un sistema político que, ante el volátil escenario internacional, aspira a la homogeneidad absoluta a la hora de pasar página, para sortear así la tormenta que amenaza en las siguientes. Son muchos los folios a leer.

Acoso policial contra ABC
La Asamblea Nacional representa la cita política anual más importante en China, y las autoridades actúan en consecuencia. La noche previa al comienzo del evento, tres policías se presentaron en el domicilio particular del corresponsal de ABC en Pekín, con el propósito de incidir en la importancia de realizar «una cobertura equilibrada, contando no solo noticias malas, también buenas».

Este ejercicio de intimidación velada, con el propósito explícito de influir en el tono y contenido de su labor informativa, supone un preocupante avance en la creciente hostilidad hacia los medios internacionales presentes en el país. El pasado mes de noviembre la versión digital de ABC ya fue censurada por el Gobierno chino, como represalia por la publicación de un perfil sobre Xi Jinping.