La guerra de Irán ha dejado de ser únicamente un desafío militar para convertirse también en un enorme problema presupuestario y político para la Administración de Donald Trump. La comparecencia del secretario de Guerra, Pete Hegseth, ante el Comité de Asignaciones del Senado reflejó con claridad esa nueva realidad: el Pentágono ya no solo necesita justificar la evolución de las operaciones sobre el terreno, sino explicar por qué solicita decenas de miles de millones de dólares adicionales para mantener una campaña cuyo coste no deja de crecer.
La sesión estuvo marcada por las interrupciones de manifestantes pacifistas, por un duro interrogatorio de senadores demócratas y republicanos y por una cuestión que sobrevoló toda la audiencia: si la Casa Blanca aseguró hace meses que la ofensiva había cumplido sus objetivos, ¿por qué resulta necesario aprobar ahora uno de los mayores incrementos extraordinarios de gasto militar de los últimos años?
Hegseth reconoció ante los legisladores que el coste directo de la guerra asciende ya a 37.500 millones de dólares, una cifra sensiblemente superior a las estimaciones oficiales presentadas durante los primeros meses del conflicto. Sin embargo, ese dato constituye únicamente el punto de partida.
La Administración Trump solicita ahora otros 67.000 millones de dólares para sostener el esfuerzo militar, una cantidad que prácticamente duplica el gasto ya realizado y que se integraría dentro de un presupuesto de defensa aún mayor para los próximos ejercicios.
La petición responde, según el Pentágono, a una necesidad inmediata de reconstruir capacidades militares consumidas durante meses de operaciones intensivas. Durante su intervención, Hegseth evitó centrar su discurso exclusivamente en Irán. En cambio, habló de la necesidad de responder a «las nuevas exigencias» de las Fuerzas Armadas y de acelerar la reposición de capacidades militares utilizadas en operaciones recientes. El lenguaje empleado buscó presentar la solicitud presupuestaria como una inversión estructural para la defensa estadounidense y no únicamente como financiación para una guerra concreta.
¿En qué se gastaría ese dinero?
Aunque la Administración no ha publicado un desglose completo de las partidas, distintos responsables del Pentágono han explicado durante los últimos meses cuáles son los principales capítulos de gasto.
Una parte muy importante corresponde a la reposición del enorme volumen de armamento empleado durante la campaña. La guerra ha obligado a utilizar cantidades significativas de interceptores Patriot, sistemas THAAD, misiles Standard Missile-3, misiles de ataque de precisión y otras municiones de alta tecnología cuyo reemplazo resulta especialmente costoso y cuya fabricación requiere largos periodos de producción.
A ello se suma el mantenimiento de aeronaves, buques y sistemas logísticos sometidos a un ritmo operativo muy elevado durante varios meses de operaciones continuadas. El presupuesto solicitado también contempla recursos destinados a entrenamiento, salarios del personal militar, reparación o sustitución de equipos dañados, incremento de la producción industrial de defensa y refuerzo de las reservas estratégicas estadounidenses.
En otras palabras, no se trata únicamente de financiar nuevas operaciones sobre Irán, sino de reconstruir el inventario militar estadounidense tras un conflicto que ha consumido una parte importante de sus arsenales, sin aparentes beneficios para Washington.
Diversos análisis especializados sostienen que determinadas municiones estratégicas presentan actualmente niveles muy inferiores a los existentes antes del comienzo de la guerra. Esa circunstancia preocupa especialmente al Pentágono porque Estados Unidos mantiene compromisos militares simultáneos en Europa, Oriente Próximo y el Indo-Pacífico.
Desde esa perspectiva, la financiación extraordinaria no solo pretende sostener la campaña actual, sino evitar que el país pierda capacidad de respuesta ante otras posibles crisis internacionales. El secretario de Guerra llegó a advertir ante los senadores de que, sin esos recursos adicionales, podrían producirse carencias que afectarían tanto al abastecimiento de municiones como al funcionamiento ordinario de las Fuerzas Armadas.
La comparecencia estuvo lejos de convertirse en un simple trámite presupuestario, ya que las protestas obligaron a interrumpir la sesión en varias ocasiones. Al mismo tiempo, numerosos senadores aprovecharon la audiencia para expresar su creciente preocupación por la evolución del conflicto.
Uno de los reproches más repetidos fue la ausencia de una estrategia claramente definida para finalizar la guerra. Algunos legisladores cuestionaron que el Pentágono solicitara casi 70.000 millones adicionales cuando meses atrás la Administración había presentado la campaña como un éxito militar. Otros reclamaron explicaciones más precisas sobre la evolución del conflicto, el incremento del coste económico y los resultados realmente obtenidos.
Las preguntas procedieron tanto de senadores demócratas como republicanos, una circunstancia que refleja que las dudas sobre el conflicto ya no responden exclusivamente a la tradicional división partidista.
El coste va más allá del presupuesto militar
La factura económica de la guerra no se limita al gasto del Departamento de Guera, ya que el conflicto ha contribuido a aumentar la tensión en los mercados energéticos internacionales debido a la incertidumbre generada alrededor del estrecho de Ormuz, una de las principales rutas del comercio mundial de petróleo. De hecho, este encarecimiento del crudo ha afectado directamente a los precios del combustible y ha añadido presión a la inflación estadounidense, lo que a su vez incrementa los costes financieros soportados por empresas y familias.
El saldo de bajas estadounidenses en la guerra contra Irán asciende a 18 militares fallecidos y cerca de 430 heridos, lo que ha encendido las alarmas en el Pentágono tras los recientes ataques perpetrados en suelo jordano. El recuento oficial del Comando Central de EE UU (CENTCOM) confirma que las pérdidas —las más severas sufridas por Washington en un único frente desde el inicio de las hostilidades el 28 de febrero de 2026— han dejado de ser un simple reporte castrense para transformarse en un lastre político de cara a las elecciones legislativas de mitad de mandato.
Un reciente sondeo de The Washington Post e Ipsos revela que el 68% de los ciudadanos norteamericanos rechaza la continuidad de la campaña militar en el estrecho de Ormuz, un desplome en el respaldo popular que presiona a la Administración de Donald Trump mientras la oposición demócrata capitaliza el descontento para fracturar el control republicano en el Congreso.
La petición presupuestaria formulada por Hegseth trasciende el propio conflicto con Irán. Su aprobación supondría consolidar uno de los mayores presupuestos de defensa de la historia reciente de Estados Unidos y reforzar la apuesta de la Administración Trump por incrementar el gasto militar como instrumento central de su política exterior. @mundiario
