Irán ha identificado el punto de presión que puede llevar a Donald Trump de nuevo a la mesa de negociación bajo sus términos: el estrecho de Ormuz. El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, asegura que Teherán ha transmitido a Washington, a través de mediadores, una propuesta según la cual el tráfico por el estratégico paso marítimo podría reabrirse en aproximadamente seis días, mientras las negociaciones sobre el programa nuclear comenzarían al día siguiente. A cambio, Irán exige el levantamiento de las sanciones que bloquean sus exportaciones de petróleo, el final de la guerra en todos los frentes —incluido Líbano— y el desbloqueo de parte de sus activos congelados.
La propuesta recupera la arquitectura del memorando de entendimiento alcanzado en junio entre Washington y Teherán, pero intenta acelerar precisamente aquello que quedó pendiente: pasar de un alto el fuego temporal y de una reapertura limitada de Ormuz a una negociación política más amplia. El problema es que aquel acuerdo duró apenas unas semanas y terminó encallando por las diferentes interpretaciones sobre las obligaciones de ambas partes.
La importancia de la propuesta iraní se entiende por la posición del estrecho. Ormuz conecta el golfo Pérsico con el océano Índico y constituye una de las principales vías mundiales para el transporte de petróleo y gas. Durante la guerra, su cierre o las restricciones al tráfico han alterado los mercados energéticos y aumentado la presión sobre los precios.
El jueves, el petróleo Brent llegó a superar temporalmente los 110 dólares antes de moderar parte de la subida, mientras las noticias sobre las conversaciones entre Washington y Teherán introducían expectativas de una eventual reapertura. Finalmente, el Brent cerró en 106,60 dólares, un 3,4% más.
Para Irán, Ormuz tiene un valor que va más allá de los ingresos derivados del tránsito. Es una herramienta de presión. Los analistas citados por agencias internacionales han descrito el estrecho como el principal instrumento de negociación de Teherán porque permite al régimen vincular la cuestión marítima con las sanciones, el petróleo y la política de seguridad regional.
Pero precisamente ahí aparece uno de los mayores obstáculos. Estados Unidos y los países del Golfo no quieren aceptar que Irán convierta el control administrativo del estrecho en una forma permanente de capacidad de coerción. Teherán, por su parte, considera que renunciar a esa capacidad sin obtener concesiones equivalentes sería entregar su principal instrumento de negociación.
¿Está Irán aprovechando la necesidad de Trump?
La propuesta descrita por Araghchi contiene cuatro elementos principales: la reapertura del estrecho de Ormuz en un plazo aproximado de una semana, el comienzo acelerado de las conversaciones sobre el programa nuclear, el levantamiento de las restricciones estadounidenses a las exportaciones petroleras iraníes y la liberación de determinados activos de Irán congelados en el exterior.
A ello se suma una cuestión mucho más compleja: el final de las operaciones militares en todos los frentes, incluido Líbano. Irán asegura que estas condiciones ya estaban contempladas en el memorando de junio. El documento establecía un alto el fuego de 60 días, la reapertura del tráfico marítimo, el levantamiento del bloqueo estadounidense de los puertos iraníes, la flexibilización de sanciones y la descongelación de activos. También incluía compromisos relacionados con el programa nuclear.
La diferencia ahora está en el calendario. El acuerdo anterior concedía un periodo de 60 días para negociar una solución más permanente. Teherán pretende comenzar antes las conversaciones nucleares y utilizar la reapertura de Ormuz como primer paso de una secuencia negociadora.
Trump ha afirmado que considera posible un acuerdo después de las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre. Irán, en cambio, está diciendo exactamente lo contrario: quiere recuperar el memorando antes de esa fecha. El presidente Masoud Pezeshkian declaró en Nueva York que Teherán no quiere que el conflicto llegue hasta las elecciones y que desea que Washington regrese al entendimiento alcanzado en junio.
La guerra ha elevado el coste energético internacional y los precios de los combustibles estadounidenses están sometidos a presión. Actualmente, los precios del diésel en Estados Unidos habían alcanzado niveles récord y que el encarecimiento energético constituía un problema especialmente sensible antes de los comicios de noviembre.
Eso no significa que Trump esté obligado a aceptar las condiciones iraníes. La Administración estadounidense sostiene precisamente la posición contraria: que las sanciones y el bloqueo han debilitado severamente a Irán y que Washington dispone de una posición negociadora favorable. La Casa Blanca ha insistido en que Trump está dispuesto a hablar bajo las condiciones adecuadas y mantiene como objetivo impedir que Irán obtenga un arma nuclear.
La oportunidad para Teherán está, por tanto, en la existencia de intereses coincidentes pero no de objetivos coincidentes. Irán necesita aliviar la presión económica; Trump tiene incentivos para reducir las consecuencias energéticas y estratégicas de una guerra prolongada. Pero ninguno quiere aparecer ante el otro como quien cede primero.
¿Será diferente del acuerdo que fracasó en junio?
El memorando de junio logró algo considerable: detener temporalmente la guerra, reabrir parcialmente el tráfico marítimo y crear un periodo de negociación. Pero dejó sin resolver los asuntos más difíciles. Entre ellos estaban la interpretación del control de Ormuz, las sanciones, el programa nuclear, las actividades regionales de Irán y la situación en el Líbano.
La experiencia dejó además un problema de confianza. Washington considera que las concesiones económicas deben estar vinculadas a compromisos verificables de Irán. Teherán sostiene que no puede renunciar a sus principales instrumentos de presión antes de recibir garantías de que Estados Unidos cumplirá sus compromisos.
La nueva propuesta intenta solucionar precisamente ese problema mediante una secuencia de acciones simultáneas. Irán abriría Ormuz y Washington levantaría determinadas restricciones. Después comenzarían las negociaciones nucleares. El objetivo es evitar que una de las partes entregue toda su capacidad de presión al principio del proceso.
Incluso el conflicto sobre los posibles peajes en Ormuz podría quedar desplazado a una fase posterior. En junio, Irán llegó a aceptar temporalmente la ausencia de tasas durante el periodo de negociación, aunque mantuvo su interpretación de que conserva competencias administrativas sobre el paso.
A esto se suma una dificultad que no depende exclusivamente de Washington y Teherán: Israel. La exigencia iraní de que termine la guerra en todos los frentes, incluido Líbano, introduce en la negociación un elemento que puede resultar mucho más difícil de controlar para Trump. De hecho, el memorando de junio tampoco consiguió cerrar definitivamente la cuestión libanesa, y las diferencias sobre Israel y Hezbolá fueron una de las fuentes de tensión durante aquellas conversaciones.
A todo esto se suma el factor de Yemen. Los ataques de los hutíes contra Arabia Saudí han transformado el conflicto en un sistema regional interconectado, por lo que, para los países del Golfo, la reapertura de Ormuz resulta insuficiente si el mar Rojo y Bab el Mandeb continúan bajo amenaza. Ante este escenario, los Estados de la región han exigido garantías sobre el objetivo final de Washington, buscando evitar que una tregua temporal desencadene una nueva escalada que termine afectando sus rutas comerciales e infraestructuras energéticas. @mundiario
