La izquierda de los demócratas estrecha el cerco a los moderados mientras prepara la batalla contra Trump

Las arengas que Abdul El-Sayed lanzó durante la campaña de las primarias demócratas de Michigan se ha instalado como uno de los dilemas centrales del Partido Demócrata. La respuesta de los votantes llegó el martes, el candidato progresista derrotó a la congresista Haley Stevens, respaldada por buena parte del aparato demócrata, y se hizo con la candidatura al Senado en un Estado bisagra.

La victoria no fue holgada ni permite dar por resuelta la guerra interna. Pero sí cambia las tornas. El-Sayed tendrá que enfrentarse en noviembre al republicano Mike Rogers en una carrera que puede resultar determinante para el control del Senado. Y, al mismo tiempo, su triunfo demuestra que el establishment demócrata ya no tiene garantizado imponer sus candidatos en unas primarias cada vez más disputadas por una izquierda que quiere cambiar las reglas, el lenguaje y las prioridades del partido.

La batalla tiene, además, una segunda dimensión. Mientras los progresistas presionan desde dentro, Donald Trump y el Partido Republicano esperan fuera. La pinza es política y electoral, la izquierda exige a los demócratas que rompan con el statu quo y el trumpismo intenta presentar ese viraje como una prueba de que el partido se ha desplazado demasiado hacia la izquierda.

El resultado de Michigan concentra buena parte de las tensiones que atraviesan a los demócratas. El-Sayed, médico y antiguo responsable de salud pública del condado de Wayne, construyó su campaña sobre un mensaje de ruptura con la política convencional sobre el coste de la vida, poder de las grandes empresas, servicios públicos y movilización popular. Stevens, en cambio, representaba una candidatura asociada a la experiencia parlamentaria y a una aproximación más centrista, que recibió 30 millones de dólares en donación por AIPAC (Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos).

La estructura de poder del partido se inclinó hacia Stevens. El líder demócrata en el Senado, Chuck Schumer, fue uno de sus apoyos. El-Sayed recibió, por el contrario, el respaldo de figuras emblemáticas del ala izquierda, entre ellas el senador socialista Bernie Sanders y la diputada neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez. Esta última convirtió la contienda en una prueba particularmente visible de su creciente influencia dentro del partido.

El resultado ofrece una lectura en clave nacional. El mensaje de los votantes progresistas no es necesariamente que quieran convertir al Partido Demócrata en una formación socialista. Es, sobre todo, que una parte de sus bases considera insuficiente la estrategia de limitarse a presentar las elecciones como un referéndum sobre Trump. Ahí está otra de las claves de la insurgencia progresista.

El argumento de la izquierda: algo más que votar contra Trump

Durante meses, los moderados han advertido de que el principal objetivo debería ser recuperar a los votantes independientes y de centro que resultaron determinantes en las derrotas demócratas frente a Trump. Los progresistas responden con otra tesis de que el partido no perdió porque fuera demasiado de izquierdas, sino porque dejó de ofrecer una alternativa suficientemente contundente al orden político y económico existente.

El debate aparece especialmente ligado a la asequibilidad y el Estado de bienestar. Vivienda, salarios, sanidad, educación, deuda estudiantil y poder de las grandes corporaciones forman parte de un discurso que pretende convertir la economía cotidiana en el eje de la oposición a Trump. Algunos analistas han tratado de dar con la tecla de este auge izquierdista, aunque terminan asumiendo que parte de ese despegue en las primarias pueda deberse a que los candidatos progresistas están ofreciendo a determinados votantes “algo por lo que votar”, y no solamente algo contra lo que votar.

La distinción es importante. Durante buena parte del ciclo posterior a la victoria de Trump, el Partido Demócrata ha construido buena parte de su movilización alrededor de la resistencia al presidente. Ahora, el ala izquierda quiere transformar esa resistencia en un proyecto político propio.

De Mamdani a El-Sayed: una cadena de victorias

El fenómeno no comenzó en Michigan. La victoria de Zohran Mamdani en Nueva York se convirtió en un símbolo para una izquierda que había encontrado una fórmula electoral capaz de combinar movilización de bases, discurso económico y una fuerte identidad política. Después llegaron victorias de candidatos progresistas en primarias de la Cámara de Representantes en distintos estados, entre ellos varios militantes de los capítulos territoriales de la organización satélite Socialistas Democráticos de América (DSA). En junio, ese movimiento asociado a Mamdani consiguió derrotar a varios candidatos respaldados por el establishment demócrata neoyorquino, incluido el veterano congresista Adriano Espaillat o la diputada Nydia Velásquez, que hasta ese momento era conocida por ser una de las dirigentes liberales más a la izquierda.

La pugna en Michigan también cambió el mapa electoral de cara a noviembre ya que esa circunscripción en un estado políticamente competitivo y con potencial para influir en la mayoría de la Cámara alta. La izquierda demócrata ha demostrado, por tanto, que puede competir también allí donde el argumento de la “electabilidad” debería tener más peso.

Sería prematuro interpretar estos resultados como una capitulación del centro demócrata, ya que la propia elección de Michigan lo demuestra. Stevens llegó hasta el final de una carrera que durante meses estuvo muy abierta y que reflejó la existencia de una base moderada considerable.

Ocasio-Cortez aparece en el horizonte de 2028

Y el resultado de Hawái del sábado supuso un toque de atención para el ala progresista: el congresista Ed Case derrotó con claridad al aspirante izquierdista Jarrett Keohokalole, 57%-34%. La conclusión es más compleja que una simple sustitución del centro por la izquierda, especialmente en una región insular tradicionalmente progresista y muy periférica a Washington, donde el sentimiento de agravio territorial e histórico se da por descontado.

Los progresistas están ganando capacidad para desafiar al aparato; los moderados conservan una estructura política y electoral formidable. El problema es que ambos sectores tienen diagnósticos diferentes sobre la razón de las derrotas demócratas. Para los centristas liberales, Trump es el principal argumento electoral y el riesgo consiste en presentar candidatos que puedan asustar a los independientes. En cambio, los progresistas insisten en que la irrupción de Trump es precisamente la evidencia de que el modelo político anterior fracasó y que regresar al statu quo previo a su regreso a la Casa Blanca no basta.

En medio de esta disputa aparece una figura con capacidad para alterar el equilibrio interno: Alexandria Ocasio-Cortez. La congresista neoyorquina ha ganado influencia mediante sus apoyos a candidatos progresistas y ha respaldado explícitamente a El-Sayed en Michigan. En las últimas semanas también ha dejado abierta la posibilidad de explorar su futuro político más allá de la Cámara de Representantes, con la mira fija en la Casa Blanca para 2028 o, como premio de consolación, intentar disputar el liderazgo demócrata en el Senado.

Su dilema es similar al del conjunto del movimiento ya que intenta demostrar que la izquierda puede ampliar su electorado sin renunciar a su identidad. La cuestión ya no es solamente si Ocasio-Cortez puede convertirse en una figura nacional. Es si puede ayudar a construir una coalición suficientemente amplia para transformar el Partido Demócrata sin provocar una reacción electoral que favorezca a los republicanos. Por ahora, ella misma insiste en que su prioridad son las elecciones de medio mandato. @mundiario