Meloni rompe la baraja con España: usa el polvorín de Ceuta para reflotar su Gobierno

Giorgia Meloni había construido buena parte de su fortaleza política sobre una ecuación aparentemente sencilla para la convulsa política italiana. Una mayoría parlamentaria, la oposición fragmentada y el control casi absoluto del espacio electoral de la derecha. Durante buena parte de la legislatura, esa mezcla de factores le permitió gobernar con una estabilidad poco frecuente en Italia y proyectarse en Bruselas como una de las dirigentes conservadoras con mayor capacidad de influencia.

Pero esa fotografía empieza a cambiar. A menos de un año del tramo decisivo de la legislatura y con las elecciones generales de 2027 cada vez más presentes, la primera ministra afronta un escenario menos cómodo. Su reforma electoral ha encontrado resistencias dentro de su propio bloque de investidura; sus socios reclaman cada vez más protagonismo; el proyecto migratorio de los centros de deportación en Albania continúa lejos de los resultados prometidos; y la irrupción del general retirado Roberto Vannacci con su nuevo partido de ultraderecha, Futuro Nazionale, amenaza con abrir una nueva batalla por el electorado más radical.

En ese contexto, la inmigración vuelve a ocupar el centro de la estrategia política de Meloni. Y la crisis provocada por la llegada masiva de migrantes a Ceuta le ha proporcionado un escenario inesperado para recuperar una de sus banderas más reconocibles. La inmigración ha sido uno de los principales instrumentos políticos de Meloni desde antes de llegar al Palazzo Chigi. Fronteras, expulsiones, lucha contra las mafias de tráfico de personas y exigencia de una mayor implicación europea forman parte del núcleo ideológico con el que Hermanos de Italia conquistó el poder.

La primera ministra ya comprobó en 2023 el rendimiento político de convertir una emergencia migratoria en un asunto europeo. La llegada masiva de personas a Lampedusa permitió a Meloni escenificar junto a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, la necesidad de una respuesta comunitaria más contundente y reforzar su posición como interlocutora de referencia en materia migratoria.

Tres años después, Ceuta ha vuelto a colocar el debate en el terreno que más beneficia a la mandataria italiana. Meloni ha presentado la entrada masiva desde Marruecos como una advertencia para Europa de que lo ocurrido en la ciudad autónoma podría repetirse en otros puntos del continente si la Unión Europea no endurece el control de sus fronteras exteriores y no refuerza las políticas contra la inmigración irregular. El problema para Roma es que esta vez el escenario no es Lampedusa, sino España. Y la estrategia italiana ha terminado abriendo un frente bilateral que puede resultar mucho más costoso de lo previsto.

El pulso con España se convierte en un problema europeo

Italia decidió mantener controles extraordinarios para los pasajeros procedentes de España después de la crisis de Ceuta. Roma ha tratado de justificar la medida apelando a una eventual nueva oleada migratoria y a la necesidad de extremar la vigilancia. Madrid ha cuestionado esa interpretación. El Gobierno español sostiene que la situación está siendo monitorizada y que, en estos momentos, no aprecia indicios que permitan anticipar una repetición de las entradas masivas del 30 de julio.

El choque ha ido a más hasta desembocar en una respuesta española equivalente. El resultado es precisamente el contrario del que pretendía proyectar Meloni, la inmigración ha vuelto a situarse en el centro del debate, pero también ha generado una crisis diplomática con uno de los principales socios de Italia en la Unión Europea.

La oposición italiana ha aprovechado inmediatamente el episodio para atacar a la primera ministra. Nicola Fratoianni, líder de Alianza Verde e Izquierdas, ha acusado al Ejecutivo de convertir la política migratoria en propaganda y ha reclamado retirar los controles. Laura Boldrini, del centroizquierdista Partido Demócrata, ha definido el enfrentamiento con España como una crisis diplomática sin fundamento que se ha vuelto contra el propio Gobierno italiano.

Y Giuseppe Conte, líder del populista Movimiento 5 Estrellas y antiguo primer ministro, ha utilizado la comparación con Lampedusa para cuestionar la coherencia de Meloni, para denunciar lo que “considera propaganda estéril de un gobierno que ha fracasado en los desembarcos y las repatriaciones”. “En estos cuatro años de gobierno, hemos tenido 150.000 desembarcos más que España, por lo que deberían haber suspendido Schengen (…) cuando Meloni se encontró con un número récord de desembarcos, escribió a Ursula von der Leyen, quien viajó a Lampedusa y pidió solidaridad a toda Europa. Cuando te ocurre a ti, pides solidaridad europea; si le ocurre a España, ¿suspendes Schengen?”, criticó el diputado y ex primer ministro italiano.

Meloni necesita volver a hablar de fronteras

La cuestión es que el episodio de Ceuta no puede analizarse únicamente como una reacción a una emergencia migratoria. También encaja en un momento especialmente delicado para Meloni. La primera ministra mantiene una posición dominante en los sondeos, pero el Gobierno ya no transmite la misma sensación de invulnerabilidad que durante sus primeros años.

La reforma electoral ha revelado discrepancias entre Hermanos de Italia, la Liga y Forza Italia. Una rebelión de parlamentarios oficialistas provocó incluso una derrota inesperada del Ejecutivo en la Cámara de Diputados, algo especialmente significativo para una primera ministra acostumbrada a imponer disciplina dentro de su mayoría. A ello se suma el desgaste de algunas de sus grandes apuestas.

El modelo de centros para migrantes en Albania, presentado como uno de los símbolos de la nueva política migratoria italiana, continúa prácticamente vacío y ha encontrado obstáculos judiciales. La pretensión de extender este tipo de mecanismos a otros países tampoco ha conseguido hasta ahora el respaldo europeo que Roma esperaba. Y, por si fuera poco, Meloni tiene un nuevo problema a su derecha.

Vannacci abre otra batalla por el voto conservador

Vannacci, general retirado y figura política cada vez más conocida entre los sectores más radicales de la derecha italiana, ha comenzado a construir un espacio propio con Futuro Nazionale. Su estrategia consiste, precisamente, en cuestionar a quienes llegaron al poder prometiendo una ruptura con las políticas anteriores y que, según su relato, han terminado moderando algunas de sus posiciones.

Inmigración, seguridad, identidad nacional y soberanía son terrenos en los que Vannacci puede intentar disputar a Meloni parte de su electorado. Para la primera ministra, eso supone un cálculo arriesgado. Si endurece demasiado su discurso, puede tensionar todavía más sus relaciones con Bruselas y con sus socios europeos. Si lo modera, deja espacio para que Vannacci presente a su formación como la auténtica alternativa de la derecha radical.

Volver a la inmigración permite a Meloni ocupar de nuevo el terreno político que mejor conoce y cerrar parcialmente ese flanco. Pero el precio puede ser elevado. La estabilidad del Gobierno italiano no está en peligro inmediato. Meloni conserva una mayoría sólida y Hermanos de Italia continúa siendo la fuerza dominante de la coalición. Lo que ha cambiado es el comportamiento de sus socios.

Forza Italia intenta reforzar su identidad conservadora moderada y europeísta. La Liga del ministro del Interio Matteo Salvini busca recuperar espacio en un momento en que Vannacci amenaza con disputar parte de su electorado. Y las diferencias sobre defensa, gasto militar y acceso a mecanismos europeos como SAFE han mostrado que el Ejecutivo ya no funciona con la misma uniformidad de sus primeros meses. Cada partido comienza a pensar en el día después. La cercanía de las elecciones de 2027 acelera esa dinámica. El Gobierno entra en su último año político con la campaña electoral ya instalada en el horizonte y con menos incentivos para aceptar decisiones que puedan beneficiar exclusivamente a otro socio. Meloni necesita, por tanto, volver a liderar la agenda. @mundiario