La política húngara vuelve a hablar de tribunales, Constitución y separación de poderes. El Gobierno de Péter Magyar, llegado al poder tras la contundente victoria de Tisza en las elecciones de abril, ha propuesto al jurista András Baka como próximo presidente de Hungría. La elección parlamentaria está prevista para el martes y, dada la mayoría de Tisza, su designación parece prácticamente asegurada.
La importancia de la elección presidencial no reside tanto en las competencias del jefe de Estado —que la Constitución húngara de 2011 (Ley Fundamental) define como mayoritariamente ceremoniales y de representación del Estado—, sino en la carga simbólica y el peso institucional que representa la figura del magistrado András Baka. Su biografía jurídica es, en sí misma, una pieza clave de la historia democrática reciente de Hungría.
Baka fue presidente del Tribunal Supremo y terminó abruptamente apartado de su cargo en enero de 2012 debido a las reformas judiciales y constitucionales impulsadas por el segundo Gobierno del primer ministro Viktor Orbán. Años después, en una sentencia histórica de junio de 2016, la Gran Sala del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) dictaminó en el caso Baka v. Hungary que Budapest había vulnerado sus derechos a la libertad de expresión y al acceso a un tribunal, confirmando que su destitución anticipada fue una represalia directa por las críticas públicas que el juez realizó contra las reformas legislativas del Ejecutivo.
Por eso, para Magyar, Baka no es simplemente un jurista de prestigio. Es también una señal política: la persona que fue desplazada por el sistema que ahora pretende desmontar podría regresar al centro de las instituciones para contribuir a reconstruirlas.
András Baka desarrolló buena parte de su carrera en el ámbito académico y judicial antes de convertirse en una figura internacional. Entre 1991 y 2008 fue juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos en Estrasburgo y en 2009 el Parlamento húngaro lo eligió presidente del Tribunal Supremo.
Su llegada al máximo órgano judicial coincidió, sin embargo, con el cambio político que llevó nuevamente a Viktor Orbán al poder en 2010. El nuevo Ejecutivo impulsó una profunda transformación institucional y modificó, entre otras cosas, la estructura del Tribunal Supremo. Baka perdió el cargo en 2011, antes de que terminara su mandato.
El partido Tisza ha destacado precisamente su defensa de la independencia judicial y del principio de separación de poderes como ejes centrales para desmantelar el sistema político de Viktor Orbán. La formación sostiene que la incorporación de juristas con una trayectoria institucional intachable puede contribuir a establecer las bases del «nuevo orden constitucional» o «Tercera República Húngara» que el movimiento de Magyar quiere impulsar.
Este proyecto busca derogar de forma quirúrgica la controvertida Ley Fundamental de 2011, disolver la concentración de poder en el Tribunal Constitucional y reincorporar a Hungría a la Fiscalía Europea (EPPO) para desbloquear de forma definitiva los miles de millones de euros en fondos de la Unión Europea que Bruselas mantiene congelados por las deficiencias en el Estado de derecho.
Tisza ha destacado precisamente su defensa de la independencia judicial y del principio de separación de poderes. El partido sostiene que su experiencia puede contribuir a establecer las bases del nuevo orden constitucional que Magyar quiere impulsar.
Un presidente con poco poder, pero con mucho significado
La paradoja es evidente. El presidente húngaro dispone de poderes limitados y su función es esencialmente institucional y representativa. Pero en una transición política, incluso un cargo de competencias reducidas puede convertirse en un poderoso instrumento simbólico.
Durante los años de Fidesz, la Presidencia estuvo generalmente ocupada por figuras próximas al partido o por personalidades que mantuvieron una relación cooperativa con el Ejecutivo. Magyar pretende cambiar esa lógica. Tras la salida de Tamás Sulyok, antiguo presidente vinculado políticamente al sistema de Orbán, Tisza buscó primero una figura independiente y ajena a la política partidista.
La oferta inicial fue para la campeona mundial de ajedrez Judit Polgár. Su negativa obligó a Magyar a replantear el movimiento. Polgár argumentó que no se sentía preparada para asumir la responsabilidad histórica de unir a una sociedad dividida. El episodio dejó además una primera advertencia para el nuevo Gobierno: la voluntad de ruptura no siempre puede sustituir a la búsqueda de consenso.
La candidatura de Baka tiene una lógica distinta. No es un personaje ajeno al conflicto institucional, sino precisamente alguien cuya trayectoria está vinculada a uno de los enfrentamientos más significativos entre el poder político y la judicatura durante la etapa de Orbán.
Aquí está el verdadero alcance de la candidatura. Magyar no ha presentado su proyecto como un simple cambio de Ejecutivo. Desde su llegada al poder sostiene que Hungría necesita modificar el sistema político construido durante los 16 años de hegemonía de Orbán. Tisza obtuvo 141 de los 199 escaños del Parlamento en las elecciones de abril, una mayoría de dos tercios que le proporciona una capacidad extraordinaria para impulsar reformas constitucionales.
Magyar ha utilizado esa mayoría para acelerar la salida de figuras institucionales designadas durante la etapa anterior. También ha planteado la elaboración de una nueva Constitución y ha abierto incluso el debate sobre una futura elección directa del presidente de la República.
La reforma aprobada para sustituir a Sulyok establece que el nuevo jefe del Estado permanecerá en el cargo hasta la entrada en vigor de una nueva Constitución o, como máximo, durante cinco años. Esa disposición muestra que la Presidencia actual se concibe como parte de una transición y no necesariamente como una solución institucional definitiva.
Baka, por tanto, podría ser el presidente de una Hungría entre dos Constituciones: la que heredó del periodo de Orbán y la que Magyar pretende construir.
El riesgo de sustituir un sistema por otro
Pero precisamente aquí aparece la principal cuestión política. Desmantelar una estructura de poder no equivale automáticamente a construir instituciones independientes. El argumento de Tisza es que numerosos altos cargos heredados de Fidesz podrían utilizar sus posiciones para bloquear al nuevo Gobierno. Fidesz, por el contrario, acusa a Magyar de utilizar su mayoría para aplicar una política igualmente autoritaria.
La acusación merece ser observada con atención, aunque no sea suficiente por sí misma para establecer una equivalencia entre ambos modelos. La diferencia fundamental estará en lo que ocurra después de la ruptura: si las nuevas reglas reducen la concentración de poder o simplemente cambian de manos a quienes controlan las instituciones.
La candidatura de Baka ofrece una primera pista. Su pasado judicial y su enfrentamiento con Orbán pueden convertirlo en una garantía de independencia para Tisza, pero también pueden dificultar su papel como figura capaz de representar a todos los húngaros. Precisamente porque fue crítico con el antiguo sistema, Fidesz difícilmente lo percibirá como un árbitro neutral.
La elección de András Baka debe entenderse, por tanto, dentro de una operación mucho mayor. Magyar no está buscando solamente un nuevo presidente para sustituir a un aliado de Orbán. Está intentando cambiar la arquitectura institucional de un país que durante más de una década y media estuvo dominado por una misma fuerza política.
El resultado dependerá menos de quién ocupe el Palacio Sándor que de la nueva Constitución que Tisza pretende promover a partir del otoño. Allí se decidirá si Hungría entra realmente en una etapa de mayor equilibrio entre poderes, si se recuperan mecanismos de control institucional y qué papel tendrá la Presidencia en el futuro.
Baka puede convertirse en el rostro jurídico de esa transición. Su historia personal ofrece a Magyar una ventaja política evidente: conoce desde dentro el funcionamiento del Estado y, al mismo tiempo, fue víctima de una reforma institucional impulsada por Orbán. Pero esa misma historia le impone una dificultad: para convertirse en presidente de una nueva Hungría tendrá que demostrar que su regreso no es una revancha, sino una pieza de la reconstrucción institucional que Tisza ha prometido. @mundiario
