La Liga ha convertido las inscripciones en el verdadero mercado de fichajes

Durante décadas, el mercado de fichajes terminaba cuando un futbolista firmaba su contrato y posaba con la camiseta de su nuevo equipo. Hoy eso ya no es suficiente. En el fútbol español existe un segundo mercado que, en muchas ocasiones, acaba siendo más importante que el primero: el de las inscripciones. Porque fichar a un jugador ya no garantiza poder utilizarlo.

Los datos vuelven a reflejar una situación difícil de normalizar. A fecha de 4 de agosto, los clubes de Primera División habían cerrado al menos 61 incorporaciones sin contar los futbolistas que regresaron de una cesión. Sin embargo, el registro público de La Liga solo mostraba doce nuevas altas y una de ellas correspondía a Akor Adams, inscrito por el Sevilla antes de completar su salida al Venezia. En la práctica, únicamente once de esos jugadores estaban disponibles para disputar la competición.

La diferencia es enorme. Más de medio centenar de futbolistas han sido anunciados, presentados y puestos a las órdenes de sus nuevos entrenadores, pero todavía no aparecen habilitados para jugar en La Liga. La competición no comenzará hasta mediados de agosto y muchos clubes suelen retrasar estos trámites, por lo que no todos los casos implican necesariamente un problema económico. Aun así, la fotografía resulta demasiado llamativa como para considerarla únicamente una cuestión administrativa.

El problema tampoco afecta solo a los fichajes. Las renovaciones, las ampliaciones de contrato, las mejoras salariales y determinadas modificaciones de las condiciones económicas también deben encajar en el límite de coste de plantilla deportiva. Un jugador puede llevar años en el mismo equipo y encontrarse pendiente de una nueva inscripción si su contrato ha sufrido cambios relevantes.

Conviene dejar una cosa clara. El control económico de La Liga ha tenido efectos positivos. Desde su implantación, la competición ha reducido de forma drástica las deudas con las administraciones públicas y los impagos a futbolistas. La idea de fondo resulta difícilmente discutible: ningún club debería poner en peligro su futuro por gastar mucho más de lo que puede generar.

El debate aparece cuando esa protección se convierte cada verano en un cuello de botella que condiciona directamente la planificación deportiva. Los directores deportivos pueden negociar durante meses, alcanzar acuerdos, cerrar traspasos y presentar jugadores, pero la operación no está realmente terminada hasta que La Liga valida su inscripción.

El fútbol español tiene ahora dos mercados. El primero es el que todos conocen: clubes, agentes y futbolistas negocian contratos y traspasos. El segundo comienza después de la firma, cuando las entidades deben liberar masa salarial, vender jugadores, reducir contratos o esperar nuevos ingresos para poder utilizar las incorporaciones que ya anunciaron públicamente.

Los clubes con mayor capacidad económica suelen encontrar soluciones. Una venta de última hora, una cesión, una reducción salarial o un nuevo ingreso pueden desbloquear la situación. Los equipos con menos margen, en cambio, pasan buena parte del verano pendientes de hojas de cálculo y autorizaciones administrativas mientras intentan completar sus plantillas.

La temporada 2024-25 dejó uno de los ejemplos más evidentes. El Getafe comenzó La Liga en San Mamés con únicamente once futbolistas del primer equipo disponibles y tuvo que completar la convocatoria con jugadores de la cantera. Pese a esas limitaciones, el conjunto de José Bordalás consiguió empatar frente al Athletic Club. La imagen, sin embargo, resultó impropia de una de las grandes competiciones europeas.

Lo más preocupante es que esta situación ha terminado por normalizarse. Los aficionados ya no celebran un fichaje sin preguntarse inmediatamente si podrá ser inscrito. El anuncio de una incorporación no garantiza tranquilidad, sino que abre una segunda espera que puede prolongarse durante varias semanas.

En la Premier League también existen normas de sostenibilidad financiera. Desde esta temporada, sus clubes deben respetar un sistema que limita el gasto de plantilla en relación con los ingresos, además de cumplir las reglas para registrar una lista máxima de 25 jugadores. La diferencia es que el debate habitual no gira alrededor de si decenas de futbolistas ya presentados podrán disputar la primera jornada.

Algo similar ocurre en Alemania o Italia. Sus clubes están sometidos a controles financieros, requisitos de licencia y normas de inscripción, pero no resulta habitual que el comienzo de cada temporada quede marcado de forma tan generalizada por jugadores contratados que todavía no pueden competir. Ese grado de incertidumbre se ha convertido en una particularidad recurrente del fútbol español.

Tebas puede defender con razón que quedan días para el comienzo del campeonato y casi un mes para el cierre del mercado. También es cierto que muchas inscripciones se realizan durante la última semana y que la mayoría de los jugadores terminarán siendo habilitados. Pero ese argumento no elimina el problema de fondo: los clubes anuncian operaciones que todavía no pueden completar deportivamente.

Probablemente el sistema necesita una reflexión. Nadie debería plantear la eliminación del control financiero ni el regreso a una época marcada por deudas, impagos y entidades al borde de la desaparición. Sin embargo, también conviene preguntarse si el modelo actual ha llevado la supervisión hasta un extremo que perjudica la planificación, la imagen de la competición y la propia experiencia del aficionado.

Porque cuando una liga convierte la inscripción en una noticia casi tan importante como el fichaje, quizá sea el momento de revisar algunos de sus mecanismos. El fútbol necesita clubes saneados, pero también una competición en la que el mercado termine con los jugadores sobre el césped y no con sus nombres pendientes de aparecer en una página web. @mundiario