La salida de Siria de la lista estadounidense de Estados patrocinadores del terrorismo constituye mucho más que una decisión administrativa. Tras 47 años de permanencia, Washington ha retirado oficialmente a Damasco de una categoría que había condicionado durante décadas sus relaciones económicas, financieras y diplomáticas con Occidente. El movimiento supone uno de los cambios más significativos en la política estadounidense hacia Siria desde la caída de Bachar el Asad en diciembre de 2024 y puede convertirse en una pieza esencial para la reconstrucción de un país devastado por casi catorce años de guerra.
La decisión entró en vigor este lunes, después de que concluyera el periodo de revisión de 45 días del Congreso estadounidense iniciado tras la notificación formal de Donald Trump el pasado 8 de julio. El secretario de Estado, Marco Rubio, justificó el cambio por las medidas adoptadas y los compromisos asumidos por el Gobierno de Ahmed al-Sharaa para alejar a Siria del terrorismo internacional.
Siria estaba incluida en esta lista desde 1979, cuando Washington acusó al Gobierno de Hafez al-Assad de respaldar organizaciones consideradas terroristas. La designación sobrevivió al relevo entre Hafez y su hijo Bachar y permaneció durante toda la guerra civil. Ahora desaparece en un escenario completamente diferente: el régimen que justificó aquella clasificación ya no existe y el hombre que dirige Siria fue, hasta hace relativamente poco, considerado por Estados Unidos un dirigente yihadista enemigo.
La clasificación de Estado patrocinador del terrorismo no es simplemente una etiqueta diplomática. Impone importantes restricciones sobre la ayuda exterior estadounidense, las exportaciones y ventas relacionadas con defensa, determinados productos de doble uso y numerosas operaciones financieras. También introduce un elevado riesgo jurídico y de cumplimiento para bancos y empresas que quieran operar con el país.
Precisamente este último elemento explica por qué la retirada puede ser tan importante para la inversión extranjera en Siria.
Incluso después de que la Administración Trump terminara en 2025 con el programa general de sanciones estadounidenses contra Siria, la permanencia en la lista terrorista seguía funcionando como una barrera adicional. Para una entidad financiera internacional, trabajar con un país sometido a ese régimen exige controles extraordinarios, análisis legales y garantías frente a posibles sanciones. En consecuencia, muchas operaciones potencialmente rentables pueden resultar demasiado costosas o arriesgadas.
Washington ya había autorizado que las instituciones financieras estadounidenses prestaran determinados servicios a Siria, procesaran pagos relacionados con bancos sirios y establecieran relaciones de corresponsalía, siempre que no intervinieran personas o entidades sancionadas. La retirada de la lista elimina ahora una de las principales fuentes de incertidumbre que permanecían.
El verdadero objetivo: conectar Siria con el sistema financiero internacional
El ministro de Exteriores sirio, Asaad al-Shaibani, había señalado que la retirada permitiría reconectar el país con el sistema financiero y económico internacional y estimular las inversiones. Su declaración resulta significativa porque refleja cuál es la prioridad inmediata del nuevo Gobierno: conseguir capital, reconstruir infraestructuras y normalizar las relaciones comerciales.
El interés empresarial ya empieza a manifestarse. El Ministerio de Finanzas sirio informó de contactos con ejecutivos de Bank of America sobre una posible cooperación y la reintegración de Siria en el sistema financiero internacional. Mastercard, por su parte, trabaja con QNB Group y el banco central sirio para preparar infraestructuras que permitan operaciones internacionales con tarjetas.
La reconstrucción siria requiere cantidades enormes de capital en sectores como energía, electricidad, transporte, vivienda, telecomunicaciones, banca y construcción. Sin financiación internacional, la recuperación difícilmente podrá avanzar al ritmo que necesita una población que ha sufrido una destrucción económica y física extraordinaria.
El actual presidente sirio fue durante años conocido como Abu Mohamed al-Julani y estuvo vinculado al Frente al-Nusra, antigua filial de Al Qaeda en Siria. Estados Unidos llegó a ofrecer una recompensa de hasta diez millones de dólares por información que condujera a su captura. Su posterior ruptura con Al Qaeda, la transformación de su movimiento y, finalmente, la ofensiva que terminó con el régimen de Bachar el Asad modificaron radicalmente su posición.
El acercamiento entre Trump y Al-Sharaa se ha acelerado durante los últimos meses, debido a que Washington valora especialmente la cooperación de las nuevas autoridades sirias contra el Estado Islámico y su disposición a modificar determinadas orientaciones de política exterior.
De hecho, entre las negociaciones que precedieron a la retirada de la designación, estuvo incluso el compromiso sirio de reducir drásticamente las importaciones de petróleo ruso, según fuentes citadas por Reuters. El mensaje estadounidense es, por tanto, bastante claro: la normalización económica se está utilizando como un instrumento directo para consolidar una nueva relación política con Damasco.
Sin embargo, la retirada de la lista no significa que todas las sanciones estadounidenses hayan desaparecido ni que Siria haya quedado completamente integrada en la economía mundial.
Washington mantiene sanciones específicas contra personas vinculadas al antiguo régimen de Asad, responsables de abusos, narcotraficantes, miembros del Estado Islámico y Al Qaeda y determinados grupos y actores respaldados por Irán. La desaparición de la designación estatal elimina una barrera especialmente importante, pero no convierte automáticamente a todas las empresas y ciudadanos sirios en socios habilitados para cualquier operación. Pero, tampoco desaparecen los problemas internos.
Siria continúa teniendo una estructura económica profundamente deteriorada, infraestructuras destruidas y una situación de seguridad todavía frágil. La transición política tampoco está completamente consolidada. En las últimas semanas, además, las tensiones con Israel han vuelto a aumentar, con ataques israelíes contra objetivos en territorio sirio y esfuerzos estadounidenses para reactivar las conversaciones de seguridad entre ambos países. Para los inversores, estas variables pesan casi tanto como las sanciones.
El precedente de la caída de Asad
El antiguo presidente heredó el poder de su padre en 2000 y gobernó hasta la ofensiva rebelde que terminó con su régimen en diciembre de 2024. Posteriormente huyó a Rusia. La nueva Siria intenta ahora sustituir décadas de aislamiento por una política de apertura hacia Estados Unidos, Europa y los países del Golfo.
Washington está retirando una de las principales sanciones contra un país cuyo nuevo presidente fue anteriormente uno de los adversarios que Estados Unidos perseguía.
No se trata de que el pasado haya desaparecido, sino de que el cálculo estratégico estadounidense ha cambiado. Para la Administración Trump, la oportunidad de estabilizar Siria, limitar la influencia iraní y rusa y favorecer su reintegración económica parece pesar ahora más que la continuidad de una política de aislamiento diseñada para el régimen de Asad.
Con Siria fuera, la lista estadounidense de Estados patrocinadores del terrorismo queda reducida a Irán, Cuba y Corea del Norte. La diferencia ilustra la magnitud política de la decisión.
Para Damasco, la prioridad será convertir la eliminación de la etiqueta en financiación real, contratos, comercio y reconstrucción. Para Washington, el desafío consistirá en mantener mecanismos de presión sobre los actores que sigan sujetos a sanciones sin cerrar nuevamente el espacio económico que acaba de abrir. @mundiario
