Por: Héctor E. Contreras.
Daniel 9:4-9, I-Samuel 1:16-18.
La enseñanza del profeta Daniel para nosotros en este tiempo, es que la oración es el único instrumento para la Iglesia de Cristo Jesús, para toda la humanidad que se ha atrevido a confesar que Jesucristo es el Señor, gloria de Dios Padre. La oración tiene el poder de cambiar, de trastornar, transformar cualquier adversidad que hoy nos constriñe, nos aflige y nos abate. No existe un ejemplo más contundente que el de Ana, en 1 Samuel 1:16, ella se presentó en el templo y derramó su alma ante el Único que podía darle la respuesta a su alma, a su espíritu abatido. Ella fue ante el Altar de la esperanza, con la convicción plena de que obtendría una respuesta de parte de Dios a su petición. En la segunda parte del verso 16 dice: “Porque por la magnitud de mis congojas y de mi aflicción he hablado hasta ahora”. ¿Cuántas personas han vivido esta misma carga por años en su corazón, en su alma, en su espíritu? La magnitud de mis congojas y de mi aflicción, dijo ella. ¿Qué es la congoja? Es una pena intensa e incontenible que se exterioriza con llantos y lágrimas; también produce quejarse muchas veces. Es angustia que nos puede llevar a la derrota. Dios tiene los medios para llevarnos al pedestal más alto que podamos alcanzar y el mejor método que podemos tener es la ORACIÓN.
Cuando Daniel dobló sus rodillas ante el Dios del cielo y de la tierra, fue para interceder ante Él en favor de su pueblo y da inicio a su oración así: “Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos; hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas”, Daniel 9:4-5. Es una confesión donde el hombre de Dios declara todo cuanto somos delante de la presencia del que nos creó. Aunque Daniel intercede en su oración en favor del pueblo, podemos notar que él mismo se incluía en ésta, porque él no dice ellos, él dice: “hemos”. Muchas veces creemos ser lo mejor en todo, desde ser un creyente ferviente y creer que no existe nadie más con las características que muchos poseemos; ¡Craso error mis amados del Señor!
A los ojos de Dios todos somos pecadores, por ello sus palabras: “Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes y por último, nos hemos apartado de tus ordenanzas y de tus mandamientos”. Existen muchas personas que interceden día y noche por propósitos en favor de la familia, de los pueblos, como lo hacía Daniel en tiempos antiguos. Dios busca gente así, que le amen a Él y a su pueblo, gente que entienda que Él tiene la respuesta a nuestras necesidades e inquietudes, porque Dios no ha cambiado, es por ello que Daniel, en el inicio de su oración dice: “Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia”. El pacto de Dios con el mundo no tiene fin, porque en este pacto está incluido su Hijo, su Único Hijo, Jesucristo. Su misericordia es desde la eternidad hasta la eternidad; es decir, no tiene fin. ¡Bendito y alabado sea el nombre de Dios!.
Después de hablar en su oración acerca de nuestra desobediencia a los que, antes de Jesucristo había enviado, inclusive a nuestros padres, verso 6, él añade: “Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro, como en el día de hoy lleva todo hombre de Judá, los moradores de Jerusalén, y todo Israel, los de cerca y los de lejos, en todas la tierras donde los has echado a causa de su rebelión con que se rebelaron contra ti. Oh Jehová, nuestra es la confusión de rostro, de nuestros reyes y de nuestros príncipes y de nuestros padres; porque contra ti hemos pecado”, Daniel 9:7-8. La confusión de rostro no es solo en Judá, no solo en Jerusalén e Israel, llega hasta nosotros hoy. Recordemos que la Biblia dice: “Todos hemos pecado”, según Romanos 3:23. Pero todos podemos dejar la confusión en el pasado y adentrarnos en lo que está por delante, que es Jesucristo el Señor. ¡Aleluya! ¡Gloria a Dios! y ¡Amén!. Solo debemos confesar nuestros errores, nuestros pecados delante de
Su presencia, en el nombre de Jesús, cuando al final del verso 8 Daniel dice: “Porque contra ti hemos pecado”. El apóstol Santiago escribió: “Someteos, pues a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones”, Santiago 4:7-8. La declaración del apóstol aquí debe conducirnos a una renuncia total a todo lo que, en lo personal se refiere, es aprender a ceder, cuando cedemos, encontramos paz con los demás, dándoles preferencia antes que a nosotros mismos.
Es renunciar a la rebelión y someternos a Dios; es renunciar al diablo y rechazar todas sus insinuaciones que a diario nos presenta. Resistir al diablo y a sus demonios, nos da la capacidad y la fortaleza para vivir una vida plena en Cristo Jesús. Debemos volver a la cita de I-Samuel. Después de Ana haber recibido la respuesta de su intercesión ante Dios en el templo, por un hijo, ella, en gratitud al Señor dijo: “Mi corazón se regocija en Jehová. Mi poder se exalta en Jehová; Mi boca se ensanchó sobre mis enemigos, Por cuanto me alegré en tu salvación. No hay santo como Jehová; Porque no hay ninguno fuera de tí, Y no hay refugio como nuestro Dios”, I-Samuel 2:1-2. Todo esto es un cántico de gratitud a Dios por todo cuanto le había concedido. Ella se entregó en alabanza, al decir que mi corazón se regocija, es decir, mi fuerza te alaba, Dios mío. Por último ella dice: Mi poder se exalta en Jehová. Nuestra oración, nuestra intercesión, nuestros ruegos delante del altar de Dios, con estos debemos alabar y glorificar siempre el nombre de Dios, nuestro Creador, nuestro hacedor. ¡Amén!. Daniel alabó a Dios, cuando dijo: Dios es grande y digno de ser temido, porque él, como profeta y hombre de Dios, conocía la magnitud de su magnificencia en favor del pueblo por el cual clamaba ante su presencia. Por último en cuanto a Ana, debemos decir que su intercesión aquel memorable día delante de Dios, no solo le dio a Samuel como hijo, sino que le concedió tener cinco hijos más, según I-Samuel 2:21, para que se cumpla lo dicho por el apóstol Pablo cuando escribió: “Y aquel que es poderoso para hacer cosas mucho más abundantemente de lo que creemos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén”, Efesios 3:20-21. El universo, nosotros, nuestra salvación y todo lo demás, todas son cosas de Dios y obran sostenidas por su poder y en último término, para su gloria. La respuesta apropiada de toda la creación es brindar a Dios gloria, honra y honor por los siglos de los siglos.
Les bendigo grandemente en el nombre de Cristo Jesús.




