La campaña presidencial brasileña ya está en marcha y, como tantas veces en la última década, el punto de partida vuelve a ser una confrontación entre dos nombres que representan proyectos políticos difícilmente reconciliables. Luiz Inácio Lula da Silva ha elegido São Bernardo do Campo, el lugar donde nació políticamente como dirigente sindical, para iniciar su carrera hacia un cuarto mandato presidencial no consecutivo. En el otro extremo, Flávio Bolsonaro ha escogido Copacabana para presentar una candidatura que pretende conservar el voto de la derecha y prolongar el apellido Bolsonaro más allá de su padre.
La fotografía electoral, sin embargo, no es la de un Lula arrollador. Las últimas encuestas muestran que el presidente parte con ventaja, pero también que su principal adversario ha conseguido reducir distancias. El escenario que se dibuja para octubre es, por ahora, el de una elección muy competitiva y con una segunda vuelta prácticamente inevitable.
A sus 80 años, Lula intenta transformar esa historia personal en argumento electoral. Su discurso combina tres elementos: continuidad de las políticas sociales, recuperación económica y seguridad pública. El estadio Primero de Mayo de São Bernardo do Campo está estrechamente ligado a su trayectoria como líder sindical y al nacimiento del Partido de los Trabajadores. Allí construyó buena parte de la identidad política que posteriormente le llevó hasta la Presidencia.
El presidente reivindicó la creación de más de diez millones de empleos formales durante sus años de Gobierno y defendió la inversión pública en sanidad, educación y vivienda. Pero también introdujo un asunto que puede resultar decisivo en las urnas: el crimen organizado.
Su propuesta consiste en atacar las estructuras financieras de las organizaciones criminales. “Quitándoles el dinero es como vamos a acabar con el crimen organizado”, sostuvo, situando la lucha contra las redes criminales en el centro de su estrategia. La seguridad pública ha dejado de ser un territorio exclusivo de la derecha brasileña. Lula necesita demostrar que la izquierda también tiene una respuesta para un problema que preocupa especialmente a las clases populares y a los habitantes de las grandes ciudades.
El presidente también habló de violencia de género, programas sociales y soberanía nacional. En materia económica y geopolítica, puso especial énfasis en la explotación brasileña de minerales críticos. “No quiero a EEUU, ni a Rusia, ni a China, ni a nadie… Nosotros vamos a explotar los minerales críticos en beneficio del pueblo brasileño”, afirmó.
Esta retórica encierra una doble lectura de cara a las elecciones presidenciales, donde compite contra la oposición liderada por Bolsonaro. Por una parte, proyecta a Brasil como una potencia autónoma capaz de procesar sus propios recursos; por otra, capitaliza el sentimiento nacionalista frente a las presiones externas. No obstante, este discurso de autosuficiencia colisiona con las críticas de los sectores ecologistas, quienes le reprochan que, mientras celebra la histórica reducción del 37% en la deforestación ilegal de la Amazonía, su gobierno sigue impulsando megaproyectos de exploración petrolera en el margen ecuatorial del bioma.
La relación con Estados Unidos es especialmente delicada. El Gobierno brasileño ha acusado a Washington de interferir en asuntos internos y Lula ha criticado públicamente los intentos estadounidenses de influir en cuestiones relacionadas con las elecciones y el sistema electoral.
Las encuestas: Lula delante, pero con una carrera abierta
En Copacabana, Flávio ha planteado el contrapunto. Su candidatura tiene una dificultad evidente: debe ser lo suficientemente bolsonarista para conservar el núcleo duro de la derecha y, al mismo tiempo, suficientemente propia para no quedar reducido a ser simplemente el hijo de Jair Bolsonaro.
Su padre sigue siendo la principal referencia emocional del electorado conservador, pero su situación judicial y su inhabilitación han obligado al movimiento político a buscar un nuevo candidato. Flávio intenta ocupar ese espacio con un discurso basado en seguridad, reducción del peso del Estado, reforma institucional y una relación más estrecha con Estados Unidos.
El senador presenta a Lula como representante de un modelo agotado y promete mano dura contra el crimen organizado. Su discurso recupera buena parte de las señas de identidad del bolsonarismo, aunque busca construir una candidatura con personalidad propia. La incógnita consiste en saber hasta qué punto el apellido sigue teniendo la misma capacidad de movilización sin Jair Bolsonaro en la papeleta.
La encuesta de Quaest publicada el 14 de agosto situó a Lula en el 38% de las intenciones de voto en primera vuelta, frente al 31% de Flávio Bolsonaro. En una eventual segunda vuelta entre ambos, el presidente obtendría el 43% y el senador el 40%. Con un margen de error de dos puntos, esa diferencia entra en el terreno del empate técnico.
Otra encuesta, la de CNT/MDA publicada el 11 de agosto, otorgó a Lula un 42,4% en primera vuelta frente al 28,7% de Flávio. En su escenario de balotaje, la diferencia era también mayor: 48% frente a 39%. (UOL Notícias) La evolución reciente, sin embargo, confirma que el candidato de la derecha ha avanzado. Reuters señaló que una medición anterior de Quaest situaba a Lula en el 44% y a Flávio en el 39% en segunda vuelta, después de que en julio la distancia fuese de 45% a 37%.
La elección puede terminar dependiendo de un electorado que todavía no se posiciona claramente en ninguno de los dos bloques. Al respecto, la encuesta de Quaest —difundida por Folha de S.Paulo— registra niveles elevados de rechazo hacia ambos candidatos: un 52% declara rechazar a Lula y un 54% a Flávio Bolsonaro, mientras que el 53% de los entrevistados considera que Brasil marcha en la dirección equivocada. Estos datos son relevantes porque indican que la campaña no tendrá que convencer únicamente a los simpatizantes propios, sino reducir el rechazo entre votantes indecisos que pueden terminar definiendo el balotaje.
En ese espectro clave aparecen las mujeres, las clases medias, los independientes y una parte creciente de trabajadores alejados de las estructuras sindicales tradicionales; un último grupo que plantea un problema particular para Lula. El Partido de los Trabajadores nació en un Brasil industrial, sindicalizado y con una relación mucho más directa entre empleo y organización colectiva. Ese Brasil ha cambiado.
El crecimiento del trabajo mediante plataformas digitales ha creado un nuevo perfil laboral que no encaja fácilmente en el discurso tradicional del PT. Según los datos aportados en las informaciones de partida, el número de brasileños que trabajan a través de plataformas digitales alcanzó unos 2,1 millones, después de crecer un 170% entre 2015 y 2025. Al mismo tiempo, la tasa de sindicalización se ha reducido de manera considerable durante la última década.
El trabajador de una aplicación que valora la flexibilidad puede no identificarse con el modelo sindical que convirtió a Lula en una figura nacional. La izquierda se enfrenta así a una paradoja: presume de haber creado empleo, pero una parte creciente de ese empleo se desarrolla fuera de las estructuras laborales tradicionales.
La seguridad puede convertirse en la elección dentro de la elección
Flávio Bolsonaro tiene aquí una ventaja narrativa. La derecha lleva años asociando su identidad política a la seguridad y al endurecimiento de las políticas contra el crimen. Lula intenta apropiarse ahora de ese terreno desde otra perspectiva: atacar financieramente a las organizaciones criminales, reforzar la coordinación institucional y combatir la violencia en las zonas más vulnerables.
Si Lula consigue convencer a una parte del electorado moderado de que su Gobierno puede controlar la inseguridad sin abandonar su agenda social, tendrá una vía para ampliar su base. Si Flávio logra convertir el crimen en el principal criterio de voto, puede movilizar a sectores que rechazan al PT y que no necesariamente se identifican con el conjunto del programa bolsonarista.
El arranque simultáneo de las campañas confirma que la política brasileña continúa atrapada en una fuerte polarización. Ambos candidatos han regresado a sus territorios simbólicos, pero la diferencia es que esta vez la batalla no será exactamente la misma que enfrentó a Lula con Jair Bolsonaro. @mundiario
