Por: Héctor E. Contreras.
Hechos 16:13-15 y 40.
Su nombre, puesto por sus padres al nacer fue: Arminta Ross y llegó al mundo en el año 1820. Al crecer, ya mujer, su cuerpo era frágil y diminuta, le faltaban los dientes del maxilar superior y además, era de color negro. A simple vista no aparentaba gran cosa. Su nombre cambió cuando se casó y entonces pasó a ser llamada: Harriet Tobman. Luchó por la libertad de los suyos durante la guerra civil de los Estados Unidos de América. Después de escapar a la libertad, realizó trece misiones de rescate en las que liberó cerca de sesenta esclavos, utilizando la red antiesclavista conocida como “El Ferrocarril Subterráneo”. En una ocasión dijo: “Nunca perdí un pasajero durante mis viajes”. Nació siendo esclava en el Condado de Dorchester, Maryland. Durante su niñez fue apaleada y golpeada con látigos por varios de sus propietarios. Siendo adolescente sufrió una fuerte herida en la cabeza cuando uno de sus amos la alcanzó accidentalmente con un objeto pesado que había lanzado contra otro esclavo. Como consecuencia de la herida recibida, sufrió ataques de apoplejía, fuertes dolores de cabeza, visiones y episodios de hipersomnia a lo largo de su vida. Fue una ferviente mujer de fe y atribuía sus visiones y sueños a la Providencia divina. Providencia ésta que tú puedes conocer hoy.
La Biblia dice: “Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía”, Hechos 16:14. Dios abre el corazón de esta mujer para que prestara atención a las palabras pronunciadas por su siervo Pablo. Ella no era de Israel, por tanto se hallaba fuera de su tierra, de su patria. Había llegado a esta ciudad con toda su familia, donde entregó su vida al Señor al recibir y aceptar el mensaje de la Palabra de Dios en labios del apóstol Pablo. Al tú leer estas líneas, Dios también puede abrir tu corazón en esta hora, no escuchando, sino leyendo las palabras plasmadas en este mensaje. Tan fuerte fue su llamado al servicio del Señor que fue bautizada junto a su familia y dijo a Pablo y a Silas las siguientes palabras:
“Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa y posad”, Hechos 16:15. Esta mujer es una forjadora de fe y ejemplo de vida para tí hoy. Lidia es un ejemplo vivo de madre, porque ella, siendo vendedora de la ciudad de Tiatira, invitó a Pablo y a Silas a posar en su casa. Dios te llama a tí, mujer forjadora de vidas a que recibas a Cristo en tu corazón; pero también a tí, hombre, para ser forjador de vidas, de caracteres y que estés en disposición de agradar a Dios con lo que Él te ha dado. Entrad en mi casa y posad. Es lo que Dios pide de ti hoy, que le permitas entrar en tu casa, en tu vida y posar en el centro de tu corazón. Abre tu corazón al Dios de la salvación ahora. Convierte tu vida en un hogar, un lugar de reposo para el Señor.
El ejemplo de Lidia es igual a los hombres de Emaús, cuando el Señor Jesús, después de haber resucitado, se dirigía a ese lugar acompañado por hombres de aquella región, quienes, abriendo sus puertas invitaron a Jesús a que entrara a su casa, cuando dijeron: “Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado”, Lucas 24:29. Fue esta invitación al Salvador que llevó a estos hombres a que también, como la hermana Lidia, después de sentarse a la mesa con sus invitados, la Biblia registra que nuestro Señor tomó el pan, lo bendijo y dio a comer a sus anfitriones. ¡Qué bella es la Palabra de Dios! Al comer el pan, sus ojos fueron abiertos y fue entonces que reconocieron a su Salvador. Después de esto, ellos dicen: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” Lucas 24:32. Como ellos, la hermana Lidia, su corazón estaba igual al de estos hombres, ardiendo y este ardor es el que produce sed de Dios y al tener sed, abren sus corazones al dador de la vida, aceptando a Jesucristo a que more en el centro de todo lo que son.
El verso 40, citado en el encabezamiento de este mensaje, dice que, al salir de la cárcel de Filipos, volvieron a entrar en la casa de Lidia, donde consolaron a los hermanos que allí se encontraban.
Cuando Harriet Tobman recibió la herida en su cabeza, fue en el momento cumbre de su vida como mujer creyente en Jesucristo. Era totalmente analfabeta y sus conocimientos de la Biblia los había adquirido gracias a las historias que su madre le había contado en su niñez. Recibía visiones y sueños, los cuales consideraba como signo de la presencia de Dios en su vida.
Esta perspectiva de mujer creyente en Jesucristo, influyó profundamente en toda su vida. El 2 de Junio de 1863, guió tres barcos de vapor a través de las aguas confederadas y minadas hasta tierra firme. Una vez en tierra, abrieron fuego, destruyendo varias estructuras e incautando miles de dólares en comida y provisiones. En esa operación, cientos de esclavos fueron liberados al escuchar el silbato de los barcos, corriendo hacia donde estos se encontraban.
El Dios de la hermana Lidia de Tiatira, el Dios de la hermana Tobman, el Dios de los hombres de Emaús, es el Gran Yo Soy de nosotros hoy. Dios quiere forjar mujeres como estas, pero también hombres que sepan escuchar su voz y convertirse en servidores de Él; que abran las puertas de sus corazones, permitiendo la entrada del Señor en sus vidas. Les invito a forjar un futuro mejor para nuestra nación, para nuestros pueblos; pero lo más importante de todo: Nuestra propia familia.
Como estas mujeres, debo añadir a otra mujer de ejemplo a seguir, me refiero a Ana, la madre de Samuel. Como Tobman, quien fue instruida por su madre, Ana rogó a Dios por un hijo con la promesa de que lo dedicaría toda su vida para el servicio en el Altar de Dios. Ella cumplió su promesa contestada por Dios en el altar del templo. Ana, cuando llevó a su hijo ante el sacerdote Elí le dijo: “¡Oh, señor mío! Vive tu alma, señor mío, yo soy aquella mujer que estuvo aquí junto a tí orando a Jehová . Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí. Yo, pues, lo dedico también a Jehová, todos los días que viva, será para Jehová”, I-Samuel 1:26-28. Ese niño fue Samuel, el profeta de Dios. Como la madre de Tobman, Ana también demostró ser una madre de gran valor a los ojos de Dios y del mundo. Al celebrar este domingo 28 de mayo 2023 el día de las madres en nuestro País, ruego a Dios que bendiga grandemente a cada mujer, cada madre y que sean ejemplo de vida a seguir en todo cuanto emprendan.
Al dedicar su único hijo a Dios, Ana estaba dedicando su vida entera y su futuro a Él. La vida de Samuel era de Dios. Ana no estaba renunciando a él, sino que se lo estaba regresando a Dios, quien se lo había dado a ella. La dedicación de Ana de su único hijo, es una demostración de la ofrenda más preciada de una madre a Dios. Años más tarde, Ana, la mujer esteril, tuvo cinco hijos más. Que tu ofrenda sea siempre la mejor para Dios.
Que Dios bendiga grandemente a cada madre de nuestra Nación.




