La épica siempre ha ejercido de anestesia balsámica en Chamartín, pero hay victorias cuyo brillo en el marcador no logra tapar el hedor a avería estructural. El agónico 3-4 arrancado en el Olímpico frente a la Roma, rescatado sobre la campana gracias al arrebato juvenil de Espí y Endrick junto al cabezazo providencial de Antonio Rüdiger tras el doblete de Donyell Malen, dejó un regusto amargo entre quienes miran la pizarra sin la venda de la pasión. La fragilidad defensiva y un centro del campo desbordado encendieron de nuevo las alarmas en el análisis especializado.
En los micrófonos de El Larguero de la Cadena Ser, Álvaro Benito desmenuzó con bisturí la actuación del conjunto que dirige José Mourinho, despojando al resultado de cualquier halo triunfalista. Para el exjugador blanco, el calvario vivido en la capital italiana no representó ninguna anomalía fortuita: «Es crónica de una muerte anunciada. Si no se cambian las cosas se reproducen los mismos problemas. El partido del Madrid no pilla por sorpresa a nadie. Les cuesta mucho robar la pelota contra rivales que tienen buen trato de balón. Si permites a los rivales llegar con tanta facilidad alguna te van a acertar».
El comentarista incidió en que el socavón táctico no responde únicamente a carencias de diseño en los despachos o a un planteamiento desafortunado desde el banquillo, sino a una dejadez de funciones imperdonable en la élite. Benito subrayó que la implicación física sin balón es un requisito elemental que ningún profesional puede negociar: «Tus vecinos, con los que te tienes que jugar las habichuelas tanto en España como en Europa, lo hacen. Todos vemos cuáles son los problemas del Real Madrid, cómo no lo van a ver los jugadores y Mourinho. Podría tener un mediocentro de mejor pie, pero el Real Madrid tiene una pedazo de plantilla».
Bajo esa premisa, el analista apuntó directamente a la necesidad de intervenir con mano firme en la gestión de los minutos para frenar la sangría colectiva. «Habría que tomar decisiones drásticas que no sé si se van a dar», deslizó con escepticismo, remarcando que el asalto en Roma dejó al descubierto que el equipo solo respira cuando la primera línea muerde con rabia: «A veces cumplir con los servicios mínimos es indispensable para poder ganar contra rivales de nivel. Fue un punto de inflexión, se vio que cuando presionan, le echan garra y aprietan obtienen resultados».
El diagnóstico profundizó asimismo en las contradicciones que atenazan a la sala de máquinas cuando los de arriba desconectan del esfuerzo solidario. Las reflexiones públicas de Mourinho al término del choque dejaron entrever el dilema que martiriza al técnico luso, obligado a blindar el eje central con músculo por temor a un colapso generalizado: «Sabe que tiene a jugadores que no son animales defensivos, por eso piensa que si no pone a Tchouaméni y a Valverde en el doble pivote, el equipo se le cae. Pero para controlar el juego lo tiene que hacer a través de futbolistas como Bernardo o Güler. No da puntada sin hilo en los mensajes que quiere dar».
El laberinto de la medular y la exigencia ética con Endrick
La crudeza del veredicto de Benito alcanzó su punto culminante al evaluar el techo competitivo del equipo frente a los grandes aspirantes de la Champions League. «Si los de arriba no hacen su función, con Valverde y Tchouaméni contra equipos buenos no te da», aseveró, señalando que la falta de implicación defensiva de dos o tres piezas arriba condena cualquier equilibrio: «Igual en liga te da en el 80% de los partidos, pero en Champions te van a pintar la cara». Un aviso demoledor que cuestiona la sostenibilidad del dibujo en las noches de máxima exigencia.
Dentro de ese esquema disfuncional, el comentarista lanzó una lectura reveladora sobre el rol óptimo del Halcón uruguayo, a quien situó lejos de la sala de máquinas para proyectarlo en el carril diestro. Benito no dudó en afirmar que Federico Valverde es hoy por hoy el mejor lateral derecho que tiene el Real Madrid en nómina, sosteniendo incluso que, de consolidarse en esa demarcación con continuidad semanal, posee las cualidades idóneas para erigirse en el número uno del planeta en ese costado, resolviendo de paso un dilema histórico en la retaguardia.
El tramo final de su alegato se transformó en una encendida defensa de la meritocracia, personificada en la figura del joven Endrick tras su impacto colosal saliendo desde el banquillo en el Estadio Olímpico. Para el exfutbolista merengue, el atacante brasileño destrozó los debates en apenas un cuarto de hora de voracidad competitiva, exhibiendo una potencia y un hambre que dejaron en evidencia la parsimonia de los teóricos intocables de la vanguardia.
«Se ha ganado jugar el domingo. Está muy bien físicamente para lo poco que ha jugado. En 15 minutos dio una exhibición, derribó la puerta», proclamó Benito, emplazando a Mourinho a romper jerarquías por imperativo moral. Mantener al joven ariete en el ostracismo supondría un golpe devastador para la salud del grupo: «Si no le pone el domingo, el que no cumple con las obligaciones dice ‘yo puedo hacer lo que quiera porque no hay penitencia’ y el que no juega habitualmente va a pensar ‘haga lo que haga no va a valer de nada'».
La pelota descansa ahora en el tejado del técnico portugués, colocado frente al espejo de sus propias convicciones tácticas antes de la siguiente reválida liguera. Proteger los galones de las estrellas a costa de dinamitar la cultura del esfuerzo o abrir paso a la rebeldía de quienes muerden el pasto marcará la frontera del proyecto blanco; en el fútbol de élite, esquivar las decisiones drásticas suele ser la antesala del descalabro. @mundiario
