No, esto no pretende ser aquella frase que aparece escrita en determinadas pancartas ultras. Poco o nada tengo que ver con ese mundo más allá de defender la animación dentro de una grada y rechazar todo lo que la sobrepase. Este «odio eterno al fútbol moderno» es otra cosa. Es un alegato sentimental, probablemente contaminado por la nostalgia, contra todo aquello que está transformando el deporte con el que muchos crecimos en un producto cada vez más artificial, globalizado y alejado del aficionado que lleva toda la vida queriendo los mismos colores.
Crecí entre los años noventa y los primeros dos mil viendo un fútbol que seguramente tampoco era perfecto. Había dinero, intereses, presidentes todopoderosos, política, derechos televisivos, polémicas arbitrales y despachos. Claro que los había. Quizá también exista una parte de romanticismo tramposo cuando uno mira hacia su infancia y piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero cuesta quitarse de encima la sensación de que entonces el fútbol todavía pertenecía un poco más a quien lo veía y bastante menos a quien descubrió que podía convertir cada minuto del calendario en una nueva fuente de ingresos.
Era el fútbol de Ronaldo Nazário, Zidane, Rivaldo, Figo, Raúl, Ronaldinho, Henry, Maldini, Totti, Del Piero o Shevchenko. Para otros sería el de Cruyff, Maradona o Van Basten y para quienes vienen detrás será el de Messi y Cristiano. Para mí también era sentarme en Riazor y contemplar al Flaco Valerón hacer cosas con un balón que parecían tremendamente sencillas precisamente porque las hacía él. Era el Deportivo campeón de Liga en el año 2000 y aquella noche de 2004 en la que un equipo de una ciudad del noroeste de España levantó un 4-1 al vigente campeón de Europa y destrozó al Milan por 4-0. Pandiani, Valerón, Luque y Fran. La UEFA todavía recuerda aquella remontada como la primera en la historia de la Champions en la que un equipo levantó tres goles de desventaja de la ida.
Era también Rivaldo controlando con el pecho y sacándose una chilena en el minuto 87 contra el Valencia para meter al Barcelona en la Champions; Cañizares sentado sobre el césped de San Siro después de perder por penaltis ante el Bayern aquella final de 2001; la volea imposible de Zidane en Glasgow en 2002; o aquellas noches en las que un partido podía convertirse en un recuerdo para toda una vida sin necesitar una campaña de marketing que nos explicase previamente que estábamos ante un acontecimiento histórico.
Porque eso es quizá lo más maravilloso del fútbol: recordar. No acordarte únicamente del resultado, sino de dónde estabas. Con quién. Qué edad tenías. Quién estaba sentado a tu lado. La camiseta que llevabas. La llamada que hiciste después de un gol. Tu padre entrando por la puerta. Tus amigos saltando encima de ti. Una radio encendida. Un bar. Una grada. Una cocina. Yo todavía puedo viajar mentalmente a casa de mis padres, sentarme delante de un ColaCao con galletas y escuchar a Andrés Montes narrando el partido del sábado a las diez de la noche en laSexta. Y aquello existió de verdad: desde 2006 la cadena ofrecía aquel partido liguero en abierto a las 22.00, con Montes, Julio Salinas y Kiko convirtiendo muchas noches normales en algo especial.
Ahora parece que alguien ha decidido que todo eso no es suficiente. Una Champions de 32 equipos y seis partidos iniciales ya no bastaba: ahora son 36 y ocho. El Mundial tampoco podía quedarse como estaba: la edición de 2026 se amplió hasta 48 selecciones y 104 encuentros. Y entre medias apareció un nuevo Mundial de Clubes con 32 equipos y 63 partidos, colocado al final de una temporada interminable. Siempre hay espacio para otro torneo, otra jornada, otra ventana comercial y otro partido que vender. El fútbol moderno ha descubierto una máxima peligrosísima: si algo produce dinero, todavía puede producir un poco más.
Y quienes pagan parte de esa factura son precisamente los mismos que mantienen vivo el espectáculo. Sí, los futbolistas cobran cantidades con las que el resto solo podemos soñar. No cobran el salario mínimo y nadie pretende presentarlos como trabajadores explotados de una fábrica del siglo XIX. Pero ganar millones no convierte el cuerpo humano en una máquina. FIFPRO lleva años alertando del riesgo de los calendarios congestionados y reclama períodos mínimos de descanso entre temporadas. Su último seguimiento sostiene que la acumulación de encuentros, viajes y recuperaciones insuficientes amenaza la salud y la carrera de los jugadores. Incluso las organizaciones de ligas europeas y los sindicatos de futbolistas llevaron ante la Comisión Europea su enfrentamiento con la FIFA por la configuración del calendario internacional.
Pero el problema no termina en el número de partidos. Es una Supercopa de España que dejó España para jugarse en Arabia Saudí, que en 2027 viajará a Estambul y que regresará posteriormente al país saudí. Es La Liga intentando trasladar un Villarreal-Barcelona oficial a Miami —un proyecto que llegó a anunciarse y posteriormente fue cancelado— mientras los argumentos giraban alrededor de expansión internacional, mercados estratégicos y generación de ingresos. Es una FIFA que adjudicó por aclamación el Mundial de 2034 a Arabia Saudí pese a que organizaciones como Amnistía Internacional han advertido de riesgos graves en materia de derechos humanos relacionados con la organización del torneo. Todo puede explicarse económicamente. Precisamente ese es el problema: últimamente casi todo en el fútbol puede explicarse económicamente.
¿Quién se está cargando el fútbol? Sería demasiado sencillo señalar únicamente a Infantino, Ceferin, Tebas, la RFEF, los fondos de inversión, los propietarios multimillonarios, las televisiones o los Estados que han descubierto en una pelota una maravillosa herramienta de influencia internacional. Probablemente lo estamos permitiendo entre todos. Los organismos crean más competiciones, los clubes aceptan porque necesitan más ingresos, las televisiones pagan porque nosotros seguimos mirando y los aficionados protestamos el lunes para volver a sentarnos delante del televisor el martes. El fútbol se queja de estar saturado mientras continúa buscando el siguiente espacio libre del calendario para saturarlo un poco más.
No quiero un fútbol detenido en 1998. No quiero campos ruinosos, violencia en las gradas, dirigentes sin control, futbolistas sin protección o volver atrás en todos los avances que han mejorado el deporte. El pasado tampoco fue aquel paraíso que algunas veces construimos en nuestra cabeza. Lo que echo de menos es otra cosa. Echo de menos que una Copa de Europa pareciese una Copa de Europa porque no se jugaba cada tres días; que levantar un título significase llevárselo a tu ciudad y no disputarlo a miles de kilómetros de quienes siguen a ese equipo durante todo el año; que el calendario tuviese domingos; que los estadios tuviesen aficionados antes que clientes; y que cuando alguien hablase de hacer crecer el fútbol no estuviese hablando casi siempre de hacer crecer una cuenta de resultados.
Quizá dentro de veinte años un niño recuerde con exactamente la misma emoción a los futbolistas de hoy y piense que nosotros fuimos unos viejos empeñados en idealizar una época que nunca existió. Ojalá sea así. Pero yo seguiré añorando a Valerón recibiendo entre líneas, aquella chilena de Rivaldo, a Cañizares llorando, a Zidane esperando que cayese aquella pelota del cielo de Glasgow, el 4-0 al Milan y una voz de Andrés Montes saliendo del televisor mientras mojaba unas galletas en un ColaCao. Porque al final el fútbol nunca fueron los mercados estratégicos, los nuevos formatos, el hospitality, los algoritmos de los sorteos ni las cuentas de explotación. El fútbol siempre fueron los recuerdos. Y tengo la desagradable sensación de que, preocupados por vendernos cada vez más partidos, algún día quienes gobiernan este negocio descubrirán demasiado tarde que se olvidaron de fabricar momentos. Y entonces sí: odio eterno al fútbol moderno. @mundiario
